Estrenos: Ciao, amore, ciao
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Juan Ramón y Erika Wallner, Director: Diego Santillan. Argentino-chilena. 1968.

Bambina (Erika Wallner) es bibliotecaria, y Yiyi (Juan Ramón) estudiante de Leyes. Ella quiere ser actriz de cine, y él cantante. El libreto (bien puede ser su único acierto) promueve a Bambina mediante su matrimonio con un productor. Sugerir que lo logró merced a su talento habría sido demasiado grotesco. Así el amor de Bambina y Yiyi se frustra por sus respectivas carreras y cuando el productor reaparecer como jurado de un Festival de la Canción y Yiyi pierde, el cantante se mata. El color da lugar al blanco y negro durante la fatídica escena; Raúl Matas, animador del festival, pide un minuto de silencio en memoria de Yiyi, pero los fans estiman que el mejor homenaje sería cantar “Ciao, amore”.

El defecto fatal de la película es que, como melodrama, su libreto es pobrísimo. La historia de amor y las relaciones entre los personajes son frías y faltas de interés, aun si se las considera como simple marco para una serie de canciones. “Ciao, amore, ciao” se quedó corta frente a su propia y modesta meta.

Un argumento mal elaborado, una protagonista que no sobrepasa el nivel de tanta modelo que incursiona por el cine y un cantante como Juan Ramón, que de actor no tiene nada, fueron un hándicap muy grande para el director Santillán. Lo mejor, la fotografía de Younis y Martorell.

Coproducción.- La mayor importancia de esta película bien podría ser que apunta claramente la necesidad de reglamentar lo referente a coproducciones. Lo normal en estos casos es que haya convenios bilaterales o, en su defecto, un estatuto que determine los requisitos mínimos para que una película goce de los mismos privilegios que el film nacional (en Chile, la devolución de impuesto). En este rubro, hay que considerar y delimitar cuatro aspectos básicos: artistas, técnicos, inversión y proporción filmada en el país.

Bien entendida y manejada, la coproducción puede ser un mecanismo útil e importante. Por eso mismo no es una materia que se puede dejar al arbitrio del divino botón.

Artículo publicado originalmente en:
Revista Ercilla, Santiago, 1 de enero de 1969.