Presentación: Una década que pareció un siglo
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Una década que pareció un siglo. Tanto en la vida político-social como en la cultural, en Chile pasaron muchas cosas, quizás demasiadas. El siglo se partió en dos, también la historia, y de modo irremediable. El cine, obviamente, sufrió esos mismos avatares. El presente especial, con más de 160 artículos de prensa transcritos, da muestra clara de ello.

La producción fílmica chilena venía insuflada de gran optimismo. Una ley del cine a fines de los años 60, había abierto posibilidades financieras para invertir en cine y no salir tan trasquilado. Fue el empujón que necesitaba un grupo de cineastas ávidos por construir un cine que acompañara e impulsara los cambios sociales que, finalmente, serían los que prometía el programa de Salvador Allende. Era la idea de que era posible configurar un lenguaje cinematográfico propio.

La llegada de la Unidad Popular al poder no hizo más que aumentar los entusiasmos por esta ansia, la muestra más clara de ellos es el Manifiesto de Cineasta de la Unidad Popular, la cual fue redactada casi en totalidad por Miguel Littin. Por esto mismo, era él quien más intentaba llevar a la práctica esos planteamientos. Es justamente bajo esas ideas que comienza a producir La tierra prometida.  

Fue también Littin el primer director de Chile Films en el período, en donde también su idea era que la producción se basaran en el Manifiesto. Tras algunas reestructuraciones, terminó por dar un paso al costado, al parecer, por la profundas peleas políticas de las distintas facciones que se daban dentro de la productora. Un gallito político que nunca se tranquilizó y lo demuestra las designaciones posteriores: en 1971 la designación pasó por las manos de Leonardo Navarro y, luego, a Eduardo “Coco” Paredes. Este último, un médico que había sido antes Director de la Policía de Investigaciones por designación de Salvador Allende. Sin ninguna experiencia en cine, Paredes llegó a la productora para poder ordenarla financiera y administrativamente. Tras el golpe de Estado, sería detenido y hasta hoy se desconoce el paradero de su cuerpo. Para mayores detalles de esto, está el artículo escrito por Pablo Marín sobre Chile Films en el presente especial.

En rigor, el cine de la Unidad Popular fue más entusiasmo que producciones en concreto. Ese fue el gran karma y la prensa, año a año, esperaba que en algún momento los proyectos terminaran de concretarse. Y lo poco que se pudo ver eran filmes que daban cuenta también de ese entusiasmo. El primer año, Los Testigos, Voto + Fusil, Ya no basta con rezar y Operación Alfa llegaban a los cines y todas parecían ser obras que presagiaban otras de mayor madurez de parte de los mismos realizadores. Obras que eran especies de “pre-calentamientos” de un estilo más compensado estilísticamente e ideológicamente, aparte de más efectivos en su encuentro con el público. Al menos, eso es lo que los realizadores prometían en las entrevistas que rescata el presente especial.

Es por esto mismo que el golpe de Estado es algo tan duro para el cine chileno. Dejó trunco un proceso artístico que le faltó tiempo para concretarse. De hecho, justo en aquellos últimos meses de 1973 se esperaba el estreno de La tierra prometida, Palomita blanca, Descomedidos y chascones, Proyecto 1 (de Sergio Castilla), entre otros filmes. Mientras que realizadores como Raúl Ruiz y Patricio Guzmán estaban en constante actividad. Esto está con mayor detalle en un artículo sobre las películas no pudieron ver la luz debido al golpe.

Casi todos los cineastas se fueron. Quienes se quedaron debieron dispersarse y trabajar en un pequeño hueco: con platas mínimas y con películas que no despertaran sospechas. Era la hora de “negociar” con el contexto, para poder salir ileso. Mientras, en el exilio, la ayuda internacional hacía que los directores pudieran hacer filmes “urgentes” que dieran cuenta de la represión que se vivía en el país. Al respecto, recomendamos los textos vinculados a este tipo de casos: una entrevista a un cineasta que trabajó en la Unión Soviética, y el texto centrado en Detenidos desaparecidos, de Sergio Castilla.

En 1974 dos películas llegaron a una cartelera que debía convivir con el toque de queda. Gracia y el forastero y A la sombra del sol llegaron a los cines, como muestras finales del Nuevo cine chileno. Esta última sería, además, una terrible muestra del duro momento: Jorge Müller (camarógrafo) y Carmen Bueno (casting) eran detenidos por agentes de la dictadura y pasarían a engrosar la lista de Detenidos Desaparecidos.

Con ellos, la producción ya quedaría casi totalmente paralizada. Ni el régimen se interesaría en el cine, aunque dio en un comienzo señales de que Chile Films no moriría y se dedicaría a filmes que dieran cuenta, según ellos, del desastre de la Unidad Popular. Sólo un par de documentales bajo esta línea se realizaron. La verdad, la dictadura vio a otro medio como el mejor mecanismo para insertar sus ideas: la televisión. Al respecto, clave es la entrevista que podrá encontrar a Hermógenes Pérez de Arce respecto a Chile y su verdad, documental que justifica el golpe de Estado.

Mientras en 1979, recién cinco años después, la cartelera recibirá dos nuevas cintas: Julio comienza en Julio y El Zapato Chino. La primera, el debut de Silvio Caiozzi en la dirección, realizada con ahorros logrados con su exitosa labor como realizador publicitario. Una película de un guión bien estructurado, con personajes bien configurados, lo que dio como resultado un éxito de público y crítica inesperado. Pero los tiempos no estaban para renacimientos. Fue sólo un oasis. Mientras, El Zapato Chino era un filme hecho en los bordes, tanto cinematográficamente como financieramente. El resultado era alentador respecto a un joven cineasta criado en las ambiciones de Raúl Ruiz por configurar un cine que fuera un registro de lo chileno, pero en clave caótica y surrealista. Un filme laberíntico que eludía el reflejo convencionalmente relista y jugaba por retratar un país lleno de laberintos linguísticos y símbolos visuales. Tal como con Caiozzi, las pocas posibilidades para seguir filmando llevaba a la prensa a tomarla sólo como una sorpresa pasajera.

Así acaba la década, con ninguna perspectiva y proyección. Son días grises, pero queda la esperanza de unos pocos que se empeñan en seguir produciendo, tanto en ficción como en documental. Llegará el video y será una forma que aumentará las posibilidades. Surgen algunos filmes pequeños, pero profundamente valiosos. Es el cine chileno que se niega a morir, que se niega a no seguir reflejando y/o creando realidades.