Tres Tristes Tigres (comentario)
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25 de julio de 1941
Puerto Montt, Chile

La mejor película que se haya filmado hasta la fecha en Chile y una de las más interesantes que hayamos visto en idioma castellano. “Tres Tristes Tigres”, fue retirada de la cartelera de los cines céntricos después de una semana lánguida en espectadores. El público muestra la deformación que le ha creado el cine comercial. Quiere pasar el rato y olvidarse de sus problemas. No desea hacer esfuerzo alguno, no intenta desplegar su inteligencia, su imaginación o su intuición. Busca reírse con cualquier payasada o llorar con un drama grosero por sus lugares comunes y su esquematismo. La fórmula sexo, violencia, canciones y almíbar es la que ceba la taquilla y mientras se mantenga el actual status las cosas serán así, mal que nos pese a los que nos interesa el buen cine.

Para nosotros “Tres Tristes Tigres” representó una sorpresa que no imaginábamos. Es – entre otras cosas – el retrato más auténtico y descarnado de los “curados” chilenos. Raúl Ruiz ha conseguido captar como nadie sus reacciones, sus conversaciones, sus frustraciones. Ahí están los borrachos que dicen discursos y se les suelta la lengua cuando el alcohol les apaga las inhibiciones. Los borrachos sentimentales y fraternales que cantan en coro “Río Río” o “Borrachita me voy”. Los pantagruélicos que hablan de manjares y sus fórmulas de preparación a la chilena. Los pantagruélicos que hablan de manjares y sus fórmulas de preparación a la chilena. Los políticos que arreglan el país o proclaman su importancia diciendo que son del gobierno. Los sensuales, los solitarios, los pendencieros, los generosos. No recordamos ninguna obra literaria que haya captado con tanto acierto todo este mundo familiar a cada cual. Y no se queda ahí Raúl Ruiz. También esta película es todo un documento de los hoteles tristes y pobres del amor y de la real fisonomía de las calles de Santiago: del lenguaje, la sicología y las reacciones chilenas. Un lingüista que vea esta película se encontrará con todas las gamas del “idioma chileno” en todos sus estratos: la clase popular, los siúticos, los seudoaristócratas. Todo esto acompañado de las más fieles reacciones ante acontecimientos que la literatura o el embellecimiento estereotipado ha revestido de otros ropajes. El mérito de autenticidad certera, exacta, a ratos magistral no se puede negar a esta película de aciertos inauditos.

Pero sus hallazgos no terminan en una fiel reproducción del folklore ciudadano ni en la sintonía de los ebrios nacionales. Raúl Ruiz penetra hondo. Los personajes que en la obra de Sieve King estaban al servicio de una anécdota epidérmica aquí son desgarradores representantes de la alienación, la soledad, el hastío, el no saber qué hacer en el mundo. No es esta una película alegre y se le podría reprochar un pesimismo cerrado, una complacencia en el humor negro. No obstante nadie podría negar – ni con todas las recetas del realismo socialista a mano – de que estos seres existen y son más frecuentes de lo que calculan los pensadores alegres. Decir que con esta primera película el joven director Raúl Ruiz “promete” o es “una figura promisoria” sería una majadería rutinaria. Esta película revela una madurez, un manejo del lenguaje del cine que es todo un asombro en una cinematografía que aún balbucea sus temas y ofrece apenas el poco vuelo de la chabacanería o la indigencia artística. 

Artículo publicado originalmente en:
Las Noticias de Última Hora, Santiago, 29 de noviembre de 1968.