Tres Tristes Tigres, de Raúl Ruiz
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25 de julio de 1941
Puerto Montt, Chile

Nada más lejano del cine de Raúl Ruiz que la perfección. Hoy cuando el dominio técnico lo ha refinado al extremo del formalismo, continúa a escapar del guión bien construido, de la linealidad narrativa y del conformismo visual. Pero eso viene de antaño, desde la Edad Media de nuestro ser nacional, de nuestro origen mestizo, de un paisaje demasiado excesivo como para domarlo y de nuestros transitorios apetitos que disimulan la carencia de aspiraciones. Con todo ello en la batea, Ruiz construyó su imaginario y lo fijó en unas películas precarias y definitivas, erráticas, etílicas, algo sórdidas, no muy bonitas, melancólicas, pero sazonadas de humor, como los personajes que las habitan.

Tres tristes tigres sigue siendo una obra arriesgada, difícil, temeraria incluso, pero es innegable que constituye un hito radical en el cine chileno. Hay un antes y un después de los Tigres.

Lejos de estar lograda en todos sus aspectos, más lejos todavía de intentar seducir a sus espectadores, su agresividad e ironía no han sufrido mella. Y es que Ruiz se supo aprovechar del pretexto de una meritoria obra teatral de Alejandro Sieveking para construir un mundo urbano sólido en su espesor, a medio filo entre el esperpento y lo patético, lo coloquial y el delirio, el realismo social y el humor negro. Ni la más mínima concesión al adornito postal que satisfaga nuestro ego nacional, ni tampoco la esperanza de que ese mundo sea sólo la torcida visión de su autor. Por el contrario: pierdan cualquier esperanza los que entren a verla. ¿Por qué habría que verla entonces?

Quizás porque esa película sea capaz de contener intacto aquello que la modernidad ha buscado disfrazar con las sedas sintéticas del artificio, del disimulo, de la importación indiscriminada. Cuando somos exitosos, consumistas y mejor vestidos, resulta más importante recordarnos de lo que en buena medida todavía somos: apenitas saliendo de la oscuridad del subdesarrollo y del sometimiento colonial, todavía torcidos por una tristeza alcohólica que nos mata más rápido que antes, cuando era la cirrosis, hoy son los accidentes. Por eso hay que asomarse a ver este retrato de nuestro lumpen urbano, que a diferencia del que hoy nos propina el feísmo televisivo en boga, el de Ruiz sabe seleccionar sus materiales, sabe darle dignidad a sus personajes, aunque eso mismo los haga más patéticos. Sabe principalmente que la cámara tiene una intencionalidad y no es la mera receptora de lo que pasa por delante de ella. La de Ruiz (en estricto rigor la de Diego Bonacina, extraordinario camarógrafo argentino, ya desaparecido), es una visión indagatoria, antropológica quizás, pero más que nada, juguetona, sobre una realidad nada de agradable, aunque ciertos elementos la puedan rescatar para el catálogo de lo pintoresco y del cuadro de época. Pero en ningún caso será para colgarlo en el salón oficial, ni en el living de ninguna casa. Esto porque Tres tristes tigres no admite todavía la calificación de “clásica”, aunque debamos cuidarla como tal.

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De partida posee el mejor reparto que ha habido en nuestro cine. Todos los actores parecen tocados por la gracia de la verdad interior, con la excepción vistosa de Delfina Guzmán. El trío protagónico de Nelson Villagra, Luis Alarcón y Shenda Román construyen una complicidad de medios tonos, de cosas no dichas y de acciones erráticas de tal verdad como para refundar las convenciones de la actuación cinematográfica chilena. Ella jugueteando constantemente con objetos, intruseando en un departamento y subiéndose y bajándose de autos para la venta, parece el bajo contínuo de un concierto barroco que llega a borrar la idea de que la suya es una actuación. Mientras que Villagra y Alarcón constituyen la dupla de borrachos más entrañables que se pueda imaginar, un verdadero compendio entre la añoranza infantil y provinciana y las tradiciones de nuestra poesía urbana, combatiendo una subterránea angustia a fuerza de perniles y chuicos. Jaime Vadell construye su habitual burgués enfático y deshonesto con solvencia, aunque a veces cargado hacia una caricatura que choca con el naturalismo tan bien conseguido por los demás actores. El resto el reparto secundario mantiene el tono justo y el ritmo verosímil del errabundo vagar del relato. Esto está indicando el manejo maestro que ya Ruiz tenía en la dirección de actores, algo inédito en el cine chileno y que aun hoy suele ser un problema no bien resuelto por las nuevas generaciones. Ya por eso podríamos colocar esta película como un punto de referencia ineludible en la historia de nuestras artes de la representación.

Pero no se agotan ahí los hallazgos de la película. Como ninguna otra antes, la de Ruiz es una obra que solo puede existir en la pantalla. La obra teatral de Sieveking ha sido devorada, con todos sus diálogos, por una imagen temporal que más se expresa por lo que sugiere que por lo que explicita. Nada parece completo en este recorrido por un mundo sucio y carente del menor brillo, en el que todo pareciera componerse de cojeras verbales, dobles sentidos y alusiones erráticas. Es como si ese mundo no admitiera para su definición más que bocetos incompletos y brochazos truncos, sin ilusiones ni misiones últimas, sin sicología, pero con las emociones básicas indispensables para conectar con las vivencias de sus personajes. Ninguno busca nada, sino el pasar el momento con la mayor integridad posible, pero si no es posible tanto entonces toman lugar los desahogos, como la sorda violencia de la pelea con pausa en el departamento, o como el plano-secuencia final que pareciera resumir el objetivo vago de todos los personajes: ir hacia la nada. Filmar eso, sí que es un desafío de los mayores.

Hoy la película carga con el peso de su ritmo monótono y su rusticidad técnica, de su inexorable realismo y de su explícita voluntad testimonial, que incluye más tomateras de las indispensables y más digresiones que razones narrativas para justificarlas. Todo lo cual la hace ardua, pero igualmente indispensable.

Nada igual se ha vuelto a ver desde entonces en el cine chileno. Ya sólo por eso Tres tristes Tigres debiera ser declarada Monumento Nacional.