Tráiganme la cabeza de la Mujer Metralleta, de Ernesto Díaz
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1978
Santiago, Chile

Dándole un respiro a las artes marciales y retomando liviana pero eficazmente cierto imaginario gangster, el nuevo largometraje de Ernesto Díaz (exhibido en el cierre del Festival Cine//B) continúa desarrollando los géneros con un esquema habitual. Personajes llenos de frescura, desfachatez y virtuosismo a la hora de aplicar cada uno el ajusticiamiento alternativo que lo caracteriza, y donde naturalmente las consecuencias de cada carnicería son tan líquidas e inocuas que no parecen necesitar búsqueda alguna de solidez o coherencia de tales aventuras de explotación.

Che Longana es un gañán argentino con un próspero sucucho tanguero que al parecer aburrido de tanta prosperidad producto de sus invisibles negocios, acepta con sarcasmo, por ocio o sadismo, que Santiago, el DJ enclenque y fisgón de su boliche, haga el trabajo que ninguno de sus esbirros más virtuosos ha logrado y que supone 300 millones de recompensa: atrapar (viva o muerta) a la sensual dominatrix descarriada, ex-amante, conocida en el turbio ambiente como “La Mujer Metrallera” (mismo seudónimo de la célebre –y aún viva en Italia– combatiente del MAPU Lautaro, Marcela Rodríguez).

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El insignificante DJ, hostigado recurrentemente por su madre por los míseros pesos de sueldo que recibe en el club, emprende un acelerado periplo por la capital para cumplir con la misión. Primero con el objeto de dar con el paradero de la Mujer Metralleta y, luego, disciplinadamente, reuniendo el armamento idóneo para completar la misión como tal. Todo este hiperbólico proceso es estilizado mediante una iconografía de videojuegos (GTA, por ejemplo) y un diseño sonoro que incluye un pegajoso funk, entre muchos otros detalles que atrapan y distraen a la vez.

El Dj –que no calma su anfetamínico vaivén en todo el metraje– llega en un determinado momento a una armería donde lo recibe un equilibrado y sorpresivamente escrupuloso vendedor, interpretado por el comediante Felipe Avello, quien en sus breves segundos de participación esboza el acaso único personaje con alguna pizca de sensatez y conexión con la realidad, que igualmente logra ser gracioso y sobresaliente justamente por eso.

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El concepto que rige la película –que es anunciado y reiterado para que no quede duda– es el LatinXplotation, término que en sí no requiere mayor explicación y que es ilustrado, entonces, con huasos sádicos, chinchineros creativamente armados, y otros personajes criollos convertidos en ingeniosos, pero poco efectivos caza-recompenzas, donde para fortuna de todo aquel desfile de bandoleros infames, la justicia ordinaria, o al menos la fuerza pública, no existe.

Como pasa en todas las entregas de Díaz, prácticamente todo este metraje es un ir y venir de logradísimas escenas de violencia gráfica producto de balaceras y algunas torturas circunstanciales acordes al híbrido género asumido, donde los ejecutores gozan, necesariamente, de la mencionada impunidad en función al tópico central de la película: matar o morir. Y, en menor medida, intentar someter por la fuerza a una mujer dura, sensual e igualmente despiadada, que –a diferencia de la aludida guerrillera chilena de los ‘80–, no tiene ideales, proyectos, pasado ni futuro, ni causas de ningún tipo, sino, únicamente lo esencial y lo único que al parecer cuenta en el imaginario femenino planteado: deambular en lencería sado, ser ansiosamente deseada y nunca dejarse penetrar (por las balas).