Teresa, de Tatiana Gaviola
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(2009)
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El cine dirigido por mujeres es todavía una rareza en todas partes, por lo que encontrarlo en el Chile gobernado por Michelle Bachelet no puede sino despertar una estimulante curiosidad.

Teresa Wilms Montt carga con el peso de una obra y una época tan superada como opacada por otros nombres de mayor peso cultural al suyo y con los que le tocó relacionarse, Vicente Huidobro sin ir más lejos. Por lo que una narración alrededor de ella corre el riesgo de limitarse a los aspectos más melodramáticos de su existencia y quedarse atrapada en la anécdota menor.

Varios de estos peligrosos los enfrenta con coraje la realizadora Tatiana Gaviola, pero no los puede superar todos. El principal es la falta de distancia para enfrentar un personaje histórico que poco puede decirnos del presente, aunque sea significativo de un pasado muy lejano. Eso lleva a que la película no logre explicarnos ni describirnos con lucidez el proceso de sus devaneos amorosos, ni de los efectos que ellos tienen sobre los demás. Particularmente grave en el caso de su amor argentino, cuyo suicidio resulta casi ridículo. Tampoco la poetisa queda mejor descrita, lo que a la luz de la percepción presente de su obra literaria es casi mejor. Entonces el relato se limita a seguir las diversas etapas de una biografía que nada nuevo dice sobre lo que es posible leer en cualquier reseña sobre la hermosa y desdichada escritora. Podemos confirmar que ser encerrada en un convento por adúltera debió ser terrible, que los hombres de su vida son seres débiles (verdadero tópico del cine femenino) y que su clase social era oprobiosa. Lo mismo que recientemente La duquesa nos contó a todo lujo con gélido academicismo.

Al carecer de una perspectiva más amplia, el guión se limita a colocar situaciones y personajes en un orden cronológico y sometidos a brochazos de conducta impuesta sobre unos actores, algunos de ellos fogueados en el oficio, que poco pueden hacer para darles vida propia. La excepción es Francisca Lewin, cuya belleza vulnerable es suficiente como para otorgarle verdad a su trágico personaje, pero si a eso añadimos un talento dramático capaz de sugerir más allá de lo que verbaliza, el resultado es espléndido.

Bellas ambientación, fotografía y vestuario sirven de complemento fundamental para el marco necesario de un relato de época. Por aquí la película triunfa ampliamente, ya que no solo nos da los objetos, sino que también la lógica de un mundo hecho de posesiones y decorados determinantes para explicar las conductas de quienes ahí habitan. No se nota pobreza en la puesta en escena, lo que es una demostración de talento en aprovechar escasos recursos y eso en Chile es de rigor.

Teresa tiene la honestidad de sus límites. Nunca busca ir más allá de ilustrar una biografía pretérita, no se guarda significaciones por descubrir ni juega a lo que no es. Todo lo cual explica la sensación algo didáctica que produce y que hace sospechar que el formato televisivo debiera potenciar sus virtudes formales y diluir sus debilidades narrativas.