Retrato de un Antipoeta, de Víctor Jiménez

Nada menos que 11 años –entre 1997 y 2008- estuvo Víctor Jiménez filmando y juntando material para este documental sobre Nicanor Parra. Todo partió por una de esas casualidades de la vida: la familia de su pareja le vendió al poeta la casa en Las Cruces en la cual reside actualmente. De tal encuentro nace en Jiménez la admiración por Parra, por el personaje. Por aquel poeta del cual antes ni en pelea de perros había leído. Confesiones hechas por él mismo con su voz en off.

Y como un niño tras haber encontrado un tesoro en el patio de su casa, Jiménez toma la cámara y se decide simplemente mostrar a Parra. Una motivación nacida de las entrañas de su entiasmo que se plasma en una nerviosa introducción con imágenes imprecisas, borrosas, lejanas. Parra juega con su nieto, se mueve por la casa y habla del principio de incertidumbre, ese que explica la natural incomodidad ante un hombre con una cámara. O al revés, en este caso.

Primera parte «quinceañera» que Jiménez busca inflar con datos biográficos y frases que instalen la importancia de la antipoesía parriana. Se va así formando una amalgama extraña y desordenada que corona con un inexplicable clip de Colombina Parra –hija de Nicanor- caminando sola por la caleta de pescadores.

Extravío que parece llevar al filme lejos, tanto de un rumbo pedagógico como del retrato que se propone hacer. Y Jiménez recién toma conciencia de eso cuando Parra lo chasconea y le dice que esto no tiene pies ni cabeza y lo echa de la casa. Una valiosa escena de autoconciencia.

En la necesidad de continuar, como gato de espaldas, con cámaras camufladas y mostrando sus esporádicas apariciones públicas, Jiménez, paradójicamente, afina algo la puntería. Parra se ve espontáneo, más cercano y entrañable. Habla de Hamlet como si fuera su amigo del alma, de sus amores extraviados, encanta al público con sus discursos que tienen el doble filo que caracteriza a su obra. Así, el retrato prometido algo asoma y toma forma en esta última mitad, a pesar de las frases malamente cortadas o de las escenificaciones desajustadas como cuando Parra habla del huaso chileno y vemos unos emperifollados y patroniles jinetes en un rodeo…

Al final, queda más que nada un personaje que al director se le hace grande. Pudo haber sido la gran cantidad de material recabado (sólo vemos 72 minutos de 11 años de filmación) o simplemente no se supo plasmar la esencia parriana, esa que se rebalsa en una poesía más reída que reflexionada. Así, Jiménez corriendo por ese mismo carril de la lectura de reojo, termina dibujando más al “viejo choro de Parra” que al artista, al antipoeta. El resultado: una introducción aventurera, un esbozo a ratos ameno, más que un retrato… Y unas cuantas risas.