Lunes 1º, Domingo 7, de Helvio Soto
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21 de febrero de 1930
Santiago, Chile

La ingenuidad persistente por largos períodos de nuestra historia fílmica da para pensar en la posibilidad de que no se trate simplemente de un ingrediente propio de una cierta época, o de algunos realizadores locales, sino que también de la sociedad que los acunó. Podríamos pensar que, al menos parte, de nuestro ser nacional posee un ingrediente inocente, que hoy de puro desarrollados que nos creemos lo tendemos a ver con profundas sospechas.

Revisar este largometraje de Helvio Soto puede resultar desconcertante a primera vista, especialmente a la luz de la obra posterior del realizador, invariablemente cargada de ideología política. Se trata de una candorosa comedia romántica, cuyos presupuestos son evidentes a lo largo de todo su desarrollo. Opción riesgosa por su obviedad y por los resultados previsibles que obtiene. Por eso hay que reconocerle cierto arrojo, cierta valentía en el intento, que puede no entregar grandes hallazgos, ni aventurarse más allá de lo que pretende, pero que le otorga cierto encanto anticuado, que el tiempo ha acentuado hasta hacerla completamente inofensiva. Y lo que es peor: prescindible.

En realidad nada habría sucedido en nuestra historia fílmica si esta película no se hubiera realizado o se hubiera perdido definitivamente. Pero como existe debemos reconocerla en la modestia de sus ambiciones, las que justamente terminan jugando a favor de ella. Podríamos afirmar que la candidez paga. Y no sería una lección desechable, en tiempos en que todo parece señalar otro camino, más espinoso, lúgubre y torcido, con resultados que aun son discutibles.

El cine de género, tan mal visto por nuestros realizadores, dista mucho de ser esa fábrica de salchichas que la crítica intelectual demonizó sin cuartel a partir de los años sesenta. Más bien ha tendido a mantener en el tiempo sus prerrogativas, utilizando una actitud ecléctica que ha ido renovando formas y convenciones con mayor sabiduría que la que se le sospechaba.

La comedia ha sido uno de esos géneros que en Chile ha permanecido con mayor porfía, no así el ingrediente romántico, más esquivo y dosificado. Soto no le teme en absoluto y se le nota desde la primera hasta la última escena. Toda la historia está centrada en los mínimos avatares de dos universitarios de provincia, cuyos obstáculos habitan en ellos mismos, sin que la realidad intervenga mucho para dificultarles las cosas. Por ahí comienzan las debilidades del relato, que carece de materiales de algún espesor como para producir algo más que tenues emociones. Los personajes están hechos de una dimensión única y eso los hace tan transparentes que los actores que los interpretan ven agotados los recursos para hacerlos descubrir algo nuevo que nos pueda interesar. Afortunadamente para Soto sus protagonistas poseen la gracia suficiente como para resistir los abundantes primeros planos que el cineasta insiste en propinarles. Patricia Guzmán y Jorge Guerra pueden ser las únicas razones valederas para mantener el interés de la película. No ocurre lo mismo con los secundarios, casi siempre pasados de tono, exceptuando el siempre eficaz Mario Montilles, que en una sola aparición a la entrada de un motel logra construir una presencia sólida.

La escenografía urbana, con su naturalismo cotidiano, no aporta nada de real significado, cuando pudo ser uno de los elementos fundamentales para complicar la expresión amorosa de los provincianos. En este sentido la mejor escena se da cuando los protagonistas bailan un cortado ritmo moderno mientras intercalan frases a la moda intelectual de la época. Los intentos por parecer insertos en una realidad que les debiera ser completamente ajena, crea una cierta tensión cómica que no se aprovecha de llevar a sus últimas consecuencias.

Pero la modestia del relato termina por favorecer sus intentos más evidentes: la amabilidad con los personajes, la ternura de las emociones simples y la amenidad del conjunto. Nada muy ambicioso, pero de todos modos mucho mejor logrado de lo que pudiera suponerse. Y es que la ingenuidad en sí no es un material despreciable creativamente hablando, más bien puede ser la plataforma para alcanzar lo poético y maravilloso.

No es el caso de Lunes 1º, domingo 7, pero habría que revisar más acuciosamente sino será este un síntoma de nuestra irremediable inocencia narrativa. En una de esas hacer cine naïf en Chile podría ser una veta a explorar con seriedad.