Lautaro Murúa, el actor chileno que se hizo leyenda en Argentina
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29 de diciembre de 1926
Chile

Todo libro sobre historia del cine argentino en su índice de nombres tiene el nombre de Lautaro Murúa como uno de los más citados. Uno de los actores más importantes de la segunda mitad del siglo XX, con alrededor de 60 películas en el cuerpo, es además uno de los directores más destacados de su historia, con cinco películas que marcaron hito en su momento. Un currículo notable para un artista que era chileno y que nunca dejó de serlo, pero igualmente su nombre aquí es cada vez más ignorado en los libros y, sobretodo, en la memoria colectiva.

Romper esta tendencia es la misión principal que se planteó el 19º Festival de Cine de Valdivia, programando una retrospectiva con cuatro de los filmes que Murúa notablemente dirigió: Shunko (1960), Alias Gardelito (1961), La Raulito (1975) y Cuarteles de invierno (1984). Las dos primeras, cintas que marcaron un antes y después en Argentina, donde se les considera fundadoras de la denominada “Generación del 60” que modernizó el lenguaje y las temáticas del cine trasandino, con historias centradas principalmente en personajes marginales y golpeados por un país en decadencia moral y económica. Es esa lucha del hombre común frente a un entorno hostil la marca más fuerte de su trabajo autoral. Una búsqueda de comprensión por el humilde y el desplazado que está plasmada de manera magistral en Shunko y Alias Gardelito. Películas de un sentido social casi inusual en el cine latinoamericano de entonces, algo que Murúa no abandonaría hasta su última realización, Cuarteles de invierno, adaptación de una novela de Osvaldo Soriano, la cual realizó a los pocos años del retorno a la democracia en Argentina. Un filme adelantado, que tocaba directamente ya los tempraneros traumas de los cruentos años dictatoriales.Fue justamente en el rodaje de su último filme donde Murúa quiso trabajar junto a otro chileno que se había radicado en Argentina: Patricio Contreras, quien personifica uno de los personajes secundarios. “Conocí a Lautaro en 1976 en el rodaje de la primera película que hice en mi vida, No toquen a la nena”, recuerda el actor. “Me trató entonces de forma muy paternal y afectuosa, conmigo cultivaba un juego de hablar en chileno, con términos y pronunciaciones, así encontró en mí un motivo para hablar en chileno”, agrega.

El lejano Chile y la gloria trasandina

Nacido en 1926 en Tacna (por entonces ciudad chilena), según Contreras: “recordaba siempre Chile, se enorgullecía de su amistad con Neruda, por ejemplo, y nunca dejó de ser chileno”. Aún así, Murúa nunca volvió a trabajar en Chile tras su partida en 1955. Lo más cercano fue un inconcluso cortometraje que realizó junto a Raúl Ruiz, quien admiraba su trabajo y que lo consideraba iniciador del Nuevo Cine Latinoamericano. Llamado El regreso, la película mostraba a Murúa por las calles de Buenos Aires a bordo de su auto, un pequeño Wolkswagen. Según una entrevista que Ruiz dio en abril del año 2004 al diario Página 12, durante el viaje “lo envolvían microelementos, era casi una historia de Bioy Casares. Pero no se pudo hacer porque hubo un accidente muy tonto y se quemó el auto. Quedó algo filmado de esa experiencia, pero desde entonces me quedé con ganas de rehacerla…”. Unos pocos años después, siempre conectado con círculos intelectuales chilenos, Murúa fue uno de los invitados internacionales al cambio de mando que llevaría al poder a Salvador Allende en 1970.

Pero antes de 1955, Murúa había formado parte de la fundación del Teatro Experimental de la Universidad de Chile. Previamente había estudiado en el Bella Artes escultura y pintura. “Muy pronto me derivé, casi insensiblemente, al teatro, quizá por aquello de que ‘la llama sagrada se lleva adentro’”, señaló el mismo en una entrevista a la revista argentina Tiempo de Cine, en 1963.

Sus dotes de actor y galán, debido a su estampa y estatura, destacaron fuertemente tras protagonizar el montaje teatral de Martín Rivas, dirigido por Germán Becker en 1954, una de las obras más exitosas de su época, con más de 100 exhibiciones, incluso alguna vez contó con la presencia del Presidente Carlos Ibáñez del Campo. Paralelo al teatro tenía apariciones en las pocas películas que se lograban rodar, como La Hechizada o Llampo de Sangre, filmes de poco vuelo en donde Murúa sólo podía destacar por su presencia escénica siempre poderosa.

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Fue así que llamó la atención de productores argentinos, sobretodo tras aparecer en Surcos de Sangre en 1950, película que Hugo del Carril filmó en Chile. Es así como María Romero en la revista Ecran del 17 de octubre de 1950, tras el estreno de Surcos de Sangre en Buenos Aires, visionariamente dice: “también es unánime la curiosidad e interés que ha despertado la figura de nuestro joven actor Lautaro Murúa. Llamó francamente la atención y parece ubicarse en él al galán que tanta falta hace en el cine argentino”.

Con los años, el interés se fue tornando en ofertas concretas. Fue así como Murúa dejó el país en 1950, en donde además (dado su pensamiento cercano a la izquierda) no estaba cómodo con el gobierno de Ibáñez. “Aquí las condiciones artísticas eran, con mucho, más dinámicas y existía cierta estabilidad que faltaba en Chile…”, dijo en 1963, en la misma entrevista ya citada.

En un cine argentino aún muy activo, Murúa comenzó a trabajar junto a uno de los directores más importantes de entonces: Leopoldo Torre Nilsson. Se convirtió en su actor fetiche y en el actor más importante del momento. Un ascenso vertiginoso que la prensa chilena seguía paso a paso, ya que el cine argentino por entonces era una industria fuertemente trascendente en la región. El triunfo de Murúa, entonces, era algo comprensiblemente destacable y era algo real: entre 1955 y 1965 actuó en alrededor de 25 películas. Algunas de ellas verdaderos clásicos de la cinematografía argentina, tales como La casa del ángel, El secuestrador, Detrás de un largo muro y La Cifra Impar, entre otras.

Pero según el mismo Murúa, la dirección fue lo que siempre buscó. “Porque en el cine, el director es el único creador. Es el único que puede disfrutar mientras trabaja. Es el único que dispone de la libertad de acción necesaria para la creación”, señaló. Su primer paso en tal búsqueda fue la dirección de una secuencia del filme Aquello que amamos (1959), de Leopoldo Torres Ríos, padre de Torre Nilsson.

Fue que influido por estos dos cineastas que Murúa saltó seriamente a la dirección con Shunko, adaptación de una popular novela trasandina. La crítica lo llenó de halagos y además ganó el Festival Internacional de Mar del Plata en 1959. Repitió alabanzas luego con la oscura Alias Gardelito.

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Pero vino la crisis del cine argentino y Murúa no pudo realizar un filme hasta 1975: La Raulito. Basado en el caso real de una hincha de Boca Juniors que se hace pasar de hombre para sobrevivir en los reformatorios y cárceles que frecuenta. Violenta y dura, tal como en Alias Gardelito, La Raulito muestra un Buenos Aires de los bajos fondos que genera estos personajes maginales, unos que la misma sociedad no sabe controlar. En ese sentido fue un filme abiertamente cuestionador con su época, pero que sorpresivamente se convirtió en una de las películas más vistas de la década de los 70 en Argentina. Una popularidad que curiosamente llegó a España, en donde Murúa filmaría una olvidable secuela en 1978: La Raulito en libertad.

En el momento del estreno de La Raulito, Argentina vivía una efervescencia política fuerte. Perón había regresado en 1973 y había sido elegido nuevamente Presidente. Llegó rodeado de un halo de esperanzas que comenzarían a desinflarse, primero, con sus políticas lejanas a las aspiraciones de los grupos peronistas cercanos a la izquierda y, luego definitivamente con su inesperada muerte que dejaría el campo abierto para el golpe militar de 1976.

Reconocido peronista de izquierda, Murúa sufrió la persecución de los grupos represivos del régimen y un día una bomba explotó fuera de su casa en La Plata, por lo que decidió irse exiliado a España. “Era un tipo sin pelos en la lengua, de gran coraje cívico y cuando pasó eso en su casa se dio cuenta que tenía que irse”, dice Patricio Contreras.

Tras la caída de la dictadura, Murúa periódicamente volvería a trabajar en el vecino país. Ahí se reencontró con Contreras y forjaron una amistad más fuerte. “Tenía una idea de que yo era su heredero, una prolongación de ser el chileno que se hace un nombre en Argentina”, agrega. Fue entonces que realizaron Cuarteles de invierno, en donde Murúa llamó a Contreras para un pequeño papel. La última gran experiencia de los dos juntos fue una gira en 1992, montando la obra Tirano Banderas en Europa.

Tres años después, Lautaro Murúa moriría en ese mismo continente. Junto a su pareja de entonces, Dolores, no podría superar un cáncer al pulmón falleciendo a los 69 años en Madrid. Homenajeado en Argentina, es hora de rescatarlo en su país natal.

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Legado

“La importancia de él como cineasta se grafica en al menos tres películas, en la historia del cine de este país: Shunko, Alias Gardelito, La Raulito. Como actor están sus películas con Torre Nilsson, sobretodo. Si bien, en teatro no hizo mucho, se le recordaba mucho por algunas puestas. Su aporte como actor es principalmente gracias a una presencia impresionante. Se le recuerda como una leyenda, como un galán, con una pinta terrible. Sumado a cierto toque de soberbia. Que era más que nada un juego. Lautaro, era como un príncipe”.

Patricio Contreras

“Debemos comprender que nuestra industria es la de un país subdesarrollado. Usted me pregunta si esto crea una estética de la marginalidad y yo le respondo que sí. La hay en todo el mundo. Yo insisto en que debemos hacer filmes que nos correspondan, quizá semi documentales, y que resulten atractivos por su enorme cuota de verdad.”

Lautaro Murúa en el libro “Generación 60”

“Creemos que los aspectos más logrados de los filmes de Lautaro Murúa no están en sus análisis sociológicos, en el realismo crítico que ciertos espectadores, a principios de los ’60, le exigían a un film… La fuerza del cine de Lautaro Murúa hay que buscarla en otro lado; en la capacidad para impregnarse del medio –para captarlo mediante indicios- y en la riqueza de los procedimientos que nunca devienen en simple formalismo. El origen de su fuerza está allí, cuando cesa el discurso pedagógico y aparecen –brutalmente- las cosas: precarias, flotantes, reveladoras.

Gonzalo Moisés Aguilar, en “Los directores del cine argentino: Lautaro Murúa”