La última noche de Raúl Ruiz
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25 de julio de 1941
Puerto Montt, Chile

El testamento de Raúl Ruiz no podía ser una simple película, tenía que ser compleja, densa, divertida, a ratos tediosa y a menudo brillante. No podía faltar la referencia autobiográfica, ni las alusiones a su cercana muerte que comienzan en el título, ya elegido antes de su enfermedad y que son la columna vertebral del relato.

Es que el motivo de la muerte lo había acompañado siempre y está obsesivamente presente a lo largo de su extensa filmografía, la que es un síntoma más de su conciencia de la finitud y de su vocación cinematográfica. Después de todo la muerte es la principal generadora de las imágenes estéticas.

Celso el protagonista (Sergio Hernández) sabe que lo vendrán a matar y eso lo lleva a prepararse revisando el pasado y ordenando el presente para el no futuro. Pero lejos de ser una tétrica o triste despedida, la película parece una luminosa exploración de algunos hitos vitales personales y una última muestra de virtuosismo cinematográfico, como hay pocos en la historia de nuestro cine.

La noche de enfrente puede ser leída como un relato laberíntico en el que cabe de todo, como un ejercicio de cine cerrado sobre sí mismo y como una vuelta de tuerca sobre la identidad chilena. Puede ser también varias cosas más y lo mejor para situarse ante ella es dejar que la propia película y nuestra percepción de ella nos guíen en uno de los derroteros posibles. Exigir una explicación de esto o de aquello puede echar a perder el goce amplio que puede depararnos y que puede variar según los espectadores. Corremos el riesgo del “plop” de Condorito, es cierto, pero es mucho mejor irse de espaldas con la deliciosa sensación que la tomadura de pelo nos ha despeinado muchas de nuestras certezas racionales, aquellas que el cine menos arriesgado busca confirmar majaderamente.

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La película deambula por los meandros de la memoria sin aparente rumbo fijo. Desde el profesor de literatura francesa (Christian Vadim) a la aparición de Beethoven, nada se explica y sin embargo todo se mueve en un sentido vital y a ratos no carente de emoción. ¿Puede no serlo un recuerdo de infancia? Al igual que el protagonista RR creció en Quilpué y amó la música desde siempre, pero bien se guarda el cineasta de hacernos ver su infancia con la impudicia de Fellini. Por el contrario, Ruiz pareciera intentar disimular en todo momento que el hijo único que él fue sea alguno de los infinitos niños juguetones o desdichados que pueblan sus películas. Todo el cine de Ruiz podría ser entendido como el enmascaramiento de su biografía, de la cual quería mantener distancia a costa de una sobredosis intelectual, que encontró en Francia la mejor escenografía para desarrollarse. Entonces empieza a entenderse la necesidad de las referencias y citaciones que cruzan la película.

Pero el niño Raúl seguía existiendo en el cineasta Ruiz. Tal vez por eso los piratas recurrentes a lo largo de tantas películas. Aquí es directamente Long John Silver, interpretado con la enjundia entrañable de Pedro Villagra, quien parece simbólicamente encarnar la figura paterna poetizada, asociable a la aventura vital y a la trasgresión de todo lo institucional. Padre, abuelo y bisabuelo de Ruiz habían sido marinos. La madre era chilota.

Claro que como espectadores no tenemos que ir a verla con un manual para poder entender la película, pero tampoco podemos hacerlo sin preguntas, ni respuestas. Quizás si el diseño del relato considere suficientemente al espectador medio y sea en vez “una película para los amigos” como solía justificarse Ruiz. Si así fuera ¿por qué tendría que interesarnos?

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Por la forma en que la presenta. Después de todo esa es la clave que valida cualquier obra artística, es decir la percepción sensorial debe guiar nuestra curiosidad más que las razones posibles de tal o cual cosa puestas en pantalla. En eso Ruiz tenía un dominio envidiable, una auténtica maestría en las formas, que le permitían componer elementos contradictorios que aparecían perfectamente ensamblados en un todo. Lo endemoniado es que después de combinar agua con aceite negaba eso en la siguiente secuencia. ¿Por qué? Concepción barroca del mundo, respondía él. En realidad parecía que el suyo fuera el combate contra el exceso de realismo figurativo que poseen las imágenes cinematográficas. “Hay que negar lo que se a-filma”, decía chilenamente Ruiz para justificar su cine.

Esplendorosa la fotografía de Inti Briones, imaginativa la puesta en escena (ese túnel que parece citar el que precede las películas de James Bond), cuidada dirección de arte y actores tocados por la gracia, como el excelente Sergio Hernández, contribuyen a elevar a La noche de enfrente a los más altos niveles de densidad estética, lo que no contradice la deliciosa sensación de ingenioso juguete infantil que acompaña todo el relato.