La pasión de Michelangelo, de Esteban Larraín
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Santiago, Chile

Tal como en su anterior película, Alicia en el país, Esteban Larraín reconstruye un hecho real y noticioso en La pasión de Michelangelo. Pero si en aquella película el filme tenía un pulso altamente contemplativo y reflexivo, además de un ansia realista reforzado en que la protagonista actuaba de sí misma, en este nuevo filme apuesta por un ritmo cercano al cine de género (de un thriller policial), con actores de experiencia y un estilo visual clásico (y técnicamente muy pulcro), como estrategia para conectar con un público más extenso.

El hecho que motiva al filme es recordado: las supuestas apariciones de la Virgen en el pueblo de Peñablanca, en plena dictadura militar. Un montaje a cargo del mismo régimen para apaciguar un ambiente que cada vez más adverso, usando a un joven huérfano y a la deriva en un contexto que nunca lo acogió debidamente. El filme instala esto, a través de la mirada de un sacerdote que llega al lugar para verificar si los hechos son realmente divinos o si en verdad la dictadura metió la cola. Es este personaje el que lleva al espectador hacia una investigación plagada de giros y descubrimientos, siguiendo eficientemente el ritmo de una cinta de detectives.

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Pero paralelamente, la película tiene otros propósitos no menores. Esteban Larraín además busca explicar el contexto levantando y recargando a sus personajes como ciertas metáforas. Así, el niño “huacho”, abusado por un sacerdote de pocos escrúpulos y por un siniestro agente del régimen (de una maldad a ratos casi caricaturesca), es un poco el reflejo de un país también huérfano, ambiguo y confundido en búsqueda de alguna esperanza, el que también encierra en sí mismo una doble cara que a veces se torna terrorífica. Mientras que el sacerdote sufre de una crisis de fe empujado por ese mismo contexto en donde las esperanzas están apagadas. Es la mirada pesimista sobre un país que no parece tener vuelta en las injusticias.

Y aunque el interés de la película no decae en casi todo su metraje, cumpliendo con sus ansias genéricas y con miras a un público amplio, apoyado además de un elenco avezado y de calidad (con el siempre cumplidor Patricio Contreras y la revelación que resulta ser el joven Sebastián Ayala), tanta ambición simbólica termina a veces volviéndola tosca y chocando con esas mismas intenciones genéricas, sobre todo cuando esta ambición bebe de una contraposición entre buenos y malos bien remarcadas. Es así, que ya habiendo instalado esos criterios firmemente, ciertos rasgos metafísicos que buscan instalar una ambigüedad o indefinición final, son más bien incómodos y hasta casi inverosímiles.

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Finalmente, no es casualidad pensar acá en Ya no basta con rezar, el filme de Aldo Francia, donde un sacerdote entra en dudas frente al accionar de la iglesia frente al contexto social. Uno de los guionistas de ese clásico filme era José Román, que ahora en La pasión de Michelangelo comparte crédito con Larraín. Si bien en esta nueva película la cuestión religiosa no es el centro del conflicto, si persiste aquella idea en que las instituciones (ya sea la iglesia, el estado y los medios de comunicación) moldean realidades y reprimen abiertamente para sus intereses ideológicos y de clase (ahora se suma la represión sexual). Pero si en Ya no basta con rezar aún todo eso era posible de enfrentar, e incluso quebrar, algo que se hace evidente con esa escena final del sacerdote tomando un proyectil y sumándose a la revolución, en La pasión de Michelangelo ya no queda otra que la frustración y el silencio. Ya no hay rebelión posible cuando ya no existe ningún escrúpulo humanista en esas instituciones y cuando, además, toda esperanza ya fue más que pisoteada. Una mirada oscura e interesante que hubiera sido más redonda sin esa conclusión que casi deshace toda esa definición previa.