La Frontera, de Ricardo Larraín
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A comienzos de los 90 la situación del cine chileno era mejor que la de algunos años antes, pero estaba aun muy lejos de haberse recuperado de las injurias de la dictadura. No habían fondos estatales ni infraestructura proporcionales a las ambiciones de un puñado de porfiados cineastas que, a punta de publicidad, habían mantenido funcionando la tecnología cinematográfica y las ilusiones creativas.

Ricardo Larraín, uno de ellos, obediente a su ancestro vasco, logró sacar adelante un proyecto muy sentido, que con la inestimable colaboración del guionista argentino Jorge Goldenberg, narraba una historia de porfía que parecía el retrato de sus propios esfuerzos.

Pocas películas nacionales han sido tan unánimemente aplaudidas como La frontera, tanto dentro como fuera del país. Pasado ya el tiempo de su estreno podemos revisar cuanto de entusiasmo circunstancial contenía dicha visión y cuánto de reales méritos cinematográficos contiene todavía.

Hay de ambas cosas. Es indudable que su aparición fue oportuna y que mucho de lo que la película mostraba era lo que todos queríamos ver en pantalla: la crítica a la dictadura, la lucha del individuo contra un sistema, la esperanza de una renovación, la belleza del paisaje. Eso al nivel de la lectura más explícita, que es la que la película mejor admite. Tal honestidad de las intenciones sigue siendo uno de sus puntales que le permiten ser vista todavía con interés. Su claridad no admite grandes símbolos, sino aquellos que surgen de la verdad directa de sus personajes: el español que añora el regreso, el amor maldito de los protagonistas, el sacerdote extranjero, el buzo. Cada uno representa una actividad y una actitud frente a la vida que tendrá modo de expresarse a plenitud dentro del relato, más que en la posterior imaginación del espectador.

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Puede que a estas alturas tales personajes ya hayan dicho todo lo que contenían y que el final resulte evidentemente impuesto desde fuera de la lógica narrativa del resto de la película. Puede que el profesor de Patricio Contreras nos parezca unidimensional y que la melancolía general de la atmósfera resulte fechada en el pasado, principalmente porque no nos despierta ninguna nostalgia. Puede que más de alguna ingenuidad se asome en los intersticios del relato y que el tiempo no haya pasado en vano.

Pero siguen resultando inolvidables pasajes enteros, como la celebrada escena de los hombres bailando, la de la balsa suspendida en el río o la machi en citroneta, o ese terremoto filmado en absoluta economía de medios reemplazada con una creatividad que todavía causa efecto. Intensa y conmovedora sigue siendo la actuación de Gloria Laso, la mejor que ha hecho en cine. Como también Patricio Bunster, que encarna con sobriedad la tragedia española, o Aldo Bernales, que le entrega la cuota justa de inocencia al buzo, un personaje que fácilmente pudo ridiculizarse. Notable también la estilizada fotografía del veterano Héctor Ríos, que logra captar un paisaje sobrecogedor ofreciendo algunas de las más bellas imágenes del relato.

Puede afirmarse que La frontera fue la película que le quitó al cine chileno su complejo de inferioridad técnica y narrativa, colocándolo en el difícil terreno de la competitividad internacional, lo que quedó demostrado con el Oso de Plata conseguido en el Festival de Berlín, el premio más importante obtenido por el cine chileno hasta ese momento. A eso se sumaron otros muchos que la harían una de las películas más premiadas en el mundo el año 92.

Que ya no sea exactamente lo que fue es inevitable, pero también un índice positivo del progreso global de nuestro cine, el que se puede perfectamente sentir deudor de esta honesta y bella película.