Gatos Viejos, de Sebastián Silva y Pedro Peirano
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9 de abril de 1979
Santiago, Chile

Isadora (Bélgica Castro), está sola en casa y ha dejado abierta la llave del lavamanos con ropa dentro. Olvidada de eso, da vueltas por casa poseída por alucinaciones que la llevan a diálogos con personajes imaginarios, mientras el agua rebalsa y el piso está todo mojado. Al volver al baño se mira frente al espejo y se da cuenta de algo más terrible que el suceso mismo: su vejez está llegando al último nivel, a ese punto donde la mente vacila por caminos extraños y trágicamente inevitables.

A partir de esta notable escena, en donde Bélgica Castro deslumbra por su rostro trágico que ha tomado conciencia de un camino sin retorno, Gatos Viejos comienza a trazar duramente las líneas por donde se moverá: la pesadez de la vejez, el dolor de enfrentar los años que cargan y, sobre esto, la proximidad de la muerte. Pero además, un pasado que pesa más que nunca. Ese pasado encierra la razón de la fría relación de Isadora con su hija fracasada y drogadicta (Claudia Celedón) que llega ahora con la idea de obtener su firma para hacerse cargo del departamento donde vive Isadora con su compañero Enrique (Alejandro Sieveking), con el pretexto de que de esta manera ella, con el poder de la propiedad, les buscará un lugar más cómodo y acorde a sus dificultades para moverse.

Esta es otra línea dura que conforma a la película, la de una relación llena de aristas y resentimientos enterrados, pero que llegan a cuentagotas a través de recias miradas, pequeñas frases puntiagudas que van en alza. Todo envuelto en una fotografía claroscura que acentúa el agotamiento del departamento, uno con espacios cortos y paredes decoloradas, donde los personajes se ven más atosigados y angustiados por estas ataduras de un lugar desgastado.

Así, tal como en La Nana, Silva y Peirano construyen un conflicto doméstico, puertas adentro -bastante común y transversal en este caso-, pero es a través de la toma de conciencia de las fisuras internas de las protagonistas (la vejez, la fractura madre-hija) donde todo se torna tan cercano como emotivamente potente. Porque en Gatos Viejos, si bien predomina el ritmo acompasado de los personajes viejos, con tintes de descontrol de la hija y de su pareja (un cómico y refrescante rol a cargo de Catalina Saavedra), todo siempre se mueve al borde de un duro y doble horror. Porque primero por dentro transitan angustias y culpas que nadie se hace cargo, y segundo, porque el afuera (el mundo exterior, la calle) es tan hostil tanto para Isadora (es un mundo que la rechaza con sus escaleras y calles en desnivel) como para su hija Rosario (desesperadamente buscando un lugar en ese mundo). Así se llega a un punto donde nada puede solucionarse del todo, aunque exista una calma final donde todos tienen alguna oportunidad. El problema es que a esta altura nada puede ser del todo verdadero. El frágil equilibrio final sólo se sustenta en la hipocresía.

Esta es una apuesta arriesgada porque con estas premisas es fácil de caer en desbordes y barroquismos (que los hay, sobretodo con los personajes de Celedón y Saavedra), pero la coherencia final del guión y la calidad actoral que todos despliegan terminan delineando (con una intensidad y una madurez poco común en nuestro cine) relaciones rotas y enfermizas por las culpas y las rabias, pero al mismo tiempo, todas estas fracturas tienen razones más que entendibles. Esto es lo que finalmente hace de Gatos Viejos una película pequeña en movimientos, pero grande en lo que busca transmitir: una historia intensamente humana, tanto en sus duros momentos como también en aquellos entrañables.