El cielo está rojo, de Francina Carbonell
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La propuesta de este documental -debut de Francina Carbonell y que ha tenido un gran recorrido festivalero- es doblemente arriesgado, como dificultoso. La cinta que tiene su estreno en salas y en paralelo participa de ANTOFACINE, primero, enfrenta el desafío de  cómo poner en imágenes el terrible incendio de la cárcel de San Miguel del año 2010, producido a partir de una pelea de internos, que finalmente derivó en la muerte de 81 de ellos, principalmente, debido al negligente accionar de gendarmería. ¿Cómo, frente a tal horrendo suceso, se evita lo fácil, se hace un quite al impactar por impactar y de paso perjudicar la dignidad de las víctimas y sus familiares, sin, por otro lado, no dar cuenta de ese horror? Todos cuestionamientos que claramente la televisión casi nunca se hace, por lo demás. En este caso, la resolución de este primer desafío está respondido por el segundo: usar los archivos judiciales (audiovisuales y escritos) como base de una representación de ese horror. Pero el nuevo desafío entonces es cómo hacer de esa representación algo verosímil y, además, representativo de ese horror.

Así, El cielo está rojo es una representación en base a representaciones, usando principalmente los registros audiovisuales de la investigación del fatal suceso, realizados por la Policía de Investigaciones. Ahí se ven encarados los gendarmes que esa noche no actuaron rápido y que guardan silencio a las preguntas más directas, tales como: ¿Usted veía las llamas? ¿Por qué bloqueó las cámaras de seguridad y no registró el incendio? Entre otras. También se ven puestas en escena de bomberos incendiando camas y viendo la capacidad de combustión para así entender como el fuego se extendió tan rápido.  También audios que evidencian el lento accionar de quienes llamaron a los bomberos y luego de la atención médica, donde, por ejemplo, en un momento se escucha alguien del hospital Barros Luco que no se toma para nada en serio la llamada de auxilio, o más bien la desdeña por venir de la cárcel.

Pero Carbonell no estructura estos registros junto a los documentos judiciales, donde se leen testimonios de convictos sobrevivientes y de familiares de los muertos, con la mera intencionalidad de evidenciarlos. Los reúne con la clara intención de justamente armar una representación posible de ese horror que difícilmente el cine podrá poner fidedignamente en pantalla. Consciente de ello, va uniendo imágenes, ralentizándolas, buscando ciertos detalles y deteniéndose en otros por largos segundos; montando paralelamente sonidos envolventes y a veces instalando quebrantes silencios. Existe, en resumen, una clara conciencia de lo cinematográfico (el de creer en las imágenes buscando construir nuevos sentidos), que mantiene a la película siempre activa, motivando la reflexión, removiendo el ojo.

Va así configurando un relato en donde el horror se asoma paulatinamente en medio de esta acumulación, dónde se va armando eso que no se ve directamente, pero que todos estos materiales van levantando: un verdadero infierno. Y este calificativo no sólo se instala por la figura del fuego, sino porque acá se aprecia lo peor de ciertas conciencias: el desear lo peor para quienes parecen no tener ya derecho a nada, sin ningún perdón, más aún si son pobres. 

El documental en ese sentido es intenso, inevitablemente violento y sumamente doloroso al recordarnos hechos horrendos que no pueden seguir barriéndose debajo de la alfombra, ni de la memoria. Carbonell, con muy buenas armas, nos recuerda que al menos hay cine como parte de esa lucha.