La Comunidad: “Cristo era esquizofrénico”
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“¿Quién dijo que eso es lo normal?” dice Paola Olcese (de unos 40 años, argentina), la más espiritual, y la más querida por los miembros del conglomerado que se retrata en La Comunidad. Lo que plantea Olcese, en esas pocas cuñas que quedaron de la única entrevista que concedió para esta cinta, y aun siendo abstracto, se puede vincular a esa decisión de enterrar en el mismo emplazamiento comunitario a Jocelyn Rivas luego de que ésta falleciera –tres meses después de parir– en abril de 2007. Estos hechos sumados y enredados llevaron a algunos de los miembros de esta agrupación de raigambre cristiana a los tribunales y, por las especulaciones varias, a ser la comidilla de diarios y matinales.

En diversas entrevistas que ha dado la directora de esta pieza, Isabel Miquel, pone especial énfasis en que con este largometraje se intenta conocer, comprender y ayudar a despejar algunos prejuicios instalados por los medios, de forma prematura, respecto esta agrupación: que era una secta fanática y peligrosa. Ahora, con el acceso eventualmente singular y revelador, esta síntesis que La Comunidad propone (tomó más de 3 años de realización) debería, por lo tanto, encausarse una nueva mirada sobre este asunto, una postura más receptiva aunque, claro, tan mediada y parcial como cualquier otra cobertura. El tiempo no es garante de profundidad.

Para propiciar lo antes mencionado, este reportaje de larga duración se articula a partir de dos grandes ejes: observar parte del día a día de esta comunidad (que en un momento se muda de Pirque a Lo Zárate, región de Valparaíso), escuchar experiencias y reflexiones de algunos de sus miembros en terreno y, segundo, captar algunos acotados momentos del juicio que se llevó a cabo por la muerte e inhumación de Rivas. Esto, eso sí, y desde un comienzo, lo orienta la misma directora de la pieza pero no únicamente a partir de hechos y testimonios sino con su propia voz en off, que va y viene cada ciertos tramos para tomarnos de la mano e indicarnos lo que veremos u oiremos luego. Da la impresión que se teme que supongamos que la propuesta adopta una postura condescendiente con la comunidad o sus líderes, o, por otro lado, se intenta suplir con este resabio televisivo lo que no se pudo o quiso narrar mediante esas realidades más o menos disponibles.

Si no hubiese sido por la muerte de Rivas y, particularmente, por su entierro –hecho al margen de la ley– la comunidad de Pirque hubiese continuado inmaculada con su proyecto socio-espiritual; con esa rutina comunitaria que este metraje acuña, basada en una especie de autoconstrucción sustentable; el trabajo de la tierra en amplias parcelas; la producción de alimentos que luego venden en la ciudad; produciendo al por mayor niños en esta burbuja de bondad; y, con toda clase de actividades colectivas de genuino sentido unificador (orar, cantar, bailar, intercambiar fraternalmente las inquietudes personales en asambleas).

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Respecto a lo más hermético, eso igualmente significativo, solo se pudo registrar una reunión grupal (más especulativa que deliberativa) y una entrevista a su “líder”, que genera vivo interés a pesar de sentirse demasiado concisa y calculada. ¿Cómo lograr este cometido, dónde están esos recursos prometidos para elaborar un nuevo juicio o una mirada más amplia y sosegada sobre este vasto asunto? El integrar un par de registros caseros, que necesariamente algún miembro facilitó, o con el desarrollo de algunos personajes, algunos rasgos del acogedor y atrayente ánimo reinante sí se ofrecen. Pero cierto apuro en la disposición de los elementos no permite que la propuesta adquiera su ritmo propio, su flujo natural, ese “ritmo perfecto dado por Dios”, como diría Olcese.

Esos momentos de especial fuerza interna, impreganada de ánimo dispuesto, aparecen cuando se permite que los asuntos se desarrollen de verdad, cuando se palpa el cambio y un proceso personal y descansa la vocecilla onmipresente. Por ejemplo, con ese pintor retirado, agotado o aburrido de exposiciones y viajes que acaba adjudicándole a todo aquel trajín un aura de soledad, de angustiosa soledad que tiene como eventual sanación esta opción de vida en constante actividad física. La comunidad –con su constante trabajo en función de otros– sería esencialmente un lugar de encuentro y acogida pleno, de trabajo en equipo sin mezquindad ni competencia. Un lugar donde se permite la generosidad sin reparos cuando más adelante el mismo individuo acepta ceder de buena gana la casa -que con tanto empeño y gozo estaba construyendo para él y los solteros– a una familia atiborrada de niños pequeños.

En un pasaje del largometraje otro miembro de la comunidad dice “queremos formar un pueblo”. En La Comunidad flota la idea del poder, de cómo se armoniza el poder que en todo grupo humano suele ser fuente de rencillas y sufrimiento. ¿Qué sistema político se adoptaría allí, cual sería el régimen en cuestión más propicio? Veamos. Democracia no, lo aclara Roberto Stack –ese otro supuesto líder– de frentón (no concibe a 60 personas hablando a la vez, le parece improbable o caótico). Dictadura o algún sistema totalitario tampoco, pues todos parecen gozar de derechos y voz: están ahí voluntariamente (excepto los niños, obvio, y como en todo sistema son las únicas víctimas de los proyectos de los padres que les tocaron). Más bien la organización aquí pareciera ser una especie de matriarcado con vocación teocrática, donde los hombres hace el trabajo manual duro aunque las mujeres también –incluso las embarazadas (lavar ropa a mano)–, pero, excepto, claro, la casta sacerdotal (Olcese y Stack) que medita o se dedica al estudio y la introspección para estar más cerca de “Dios” y explicar o simplificar lo que haga falta mediante éste.

Roberto Stack parece menos acomplejado con lo que pueda captar la cámara de él y es, de hecho, quien no tiene reparos al desarrollar parte de su deambular por otras agrupaciones similares durantes las últimas décadas. Stack es quien viene de vuelta, es incluso el más práctico, con un discurso nada místico. Consciente durante una charla telefónica -al parecer intentando salvar a Olcese del presidio para que acepte el fallo que la absuelve por padecer de «delirio místico»– señala: “nadie que haya creído en Dios está en su sano juicio… leí un informe sobre Cristo y era esquizofrénico”.