«Invierno» y el peligroso estreno de su primera parte
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(2015)

Para cualquier película chilena llegar a las salas de cine en su objetivo final, algo que a veces se hace casi imposible. Pero en el caso de Invierno, la última película de Alberto Fuguet, si bien logró estrenarse en un par de salas de la cadena Cineplanet, paradojalmente este suceso no le hace para nada justicia a la obra. Esto por su abundante duración original: casi cinco horas, un metraje que ninguna sala comercial soporta. Por ello que la solución fue estrenarla en tres partes, algo que hace que su espíritu global sea obviamente cercenado.

Es que en Invierno Fuguet pareciera que toma esa consigna literaria de que quizás sólo en esas novelas gigantescas y excesivas se pueden encontrar, con paciencia y compromiso, las desmesuras que a veces desbordan la misma realidad, o la vida de ciertos personajes. Porque el personaje que detona la trama de Invierno es justamente uno que ha sido desbordado por la vida, al punto de abandonarla.

Alejo Cortés es un típico personaje del cine de Fuguet: sexualmente opaco, apático sin razones aparentes y tiene ciertos intereses, en este caso, literarios, con un talento que no sabe cómo encauzar bien y que lo atormenta. Es también algo “engrupido” y se mueve en un círculo social acomodado, el que es igual de altanero y, a ratos, muy ingenuo.

Pero el gran golpe de novedad viene dado porque el personaje desaparece y todos son transformados, removidos por ello. Es ahí que la película comienza a acomodarse, a levantar vuelo, a resultar creíble, y a definir para dónde quiere finalmente llevarnos. El problema, es que eso acontece cuando ya la primera parte está llegando a su fin.

Esta es una primera parte en donde las piezas son puestas en juego y con demasiada poca urgencia. Además, lo que hace aún más densa esta primera parte son aquellos diálogos y escenas que suenan muy intrascendentes y anecdóticos sin ver el resto del metraje. Ello sumado a una propuesta visual que no busca mucha poesía, ni profundidad, pareciendo una apuesta más cercano a lo televisivo por su escasez de recursos. Esto último, en todo caso, es algo que forma parte de la obra total.

Quizás una solución para salvar este estreno hubiera sido armar un montaje sólo para cines y así compilar estas cinco horas en al menos dos. Porque esta es una cinta ambiciosa que surfea sobre cicatrices existenciales, pero justo todo eso, es decir, sus mejores momentos, están justamente en las otras dos partes restantes.

Y ahí está el gran peligro de ver sólo esta primera pieza de esta mega película (la más larga en la historia del cine chileno, por lo demás): puede resultar tan poco amigable que hará que uno descarte ver lo mejor, que es lo que lo que está por venir. El problema es que en estos tiempos es difícil pedirle paciencia al público. Y hay que entenderlo, no es barato ver una cinta en una multisala.