Efectos Especiales, de Bernardo Quesney
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1989
Santiago, Chile

Pocas veces el cine chileno mira al mismo cine como temática. Tal vez, el ejemplo más emblemático hasta hoy es Escándalo, injustamente olvidada película de Jorge Délano. Pero si en esta película el cine era tomado como una inocente estrategia para tramar un juego argumental (engañar al espectador con un final falso, porque finalmente todo era parte del rodaje de un film), en Efectos Especiales de Bernardo Quesney, se toma al cine como instalación de una farsa que se ríe directamente de las estrategias actuales de ese cine chileno que pareciera operar bajo ciertas recetas festivaleras.

En la película es el mismo Quesney quien se interpreta a sí mismo, haciendo de un pedante e incompetente director que intenta que sus dos actrices (Paola Lattus y Fernanda Toledo) se sumerjan en el papel de dos amigas que se reencuentran en el “campo” (un espacio recurrente de cierto cine chileno actual), el lugar donde crecieron. Jamás dando en el tono correcto, la escena del reencuentro se repite muchas veces hasta que Quesney decide que se saluden con un beso en la boca (y con lengua)… es la gota que rebalsa el vaso. Desde ahí, toda la coherencia se pierde y mientras el personaje de Paola saca en cara su experiencia como actriz de comerciales, Quesney busca seguir con una película que no tiene nada claro.

Es ahí, desde esa búsqueda sin sustento, de donde nace el buen humor de la película y también una fuerte ironía. De ahí nacen, por ejemplo, frases como “yo he hecho toda una investigación sobre el campo”, lo que lleva a que Quesney a obligar a Paola a usar un horrible chaleco, porque “así se viste la gente del campo”. Esa búsqueda absurda de lo auténtico, del cineasta que trata de reflejar una realidad que desconoce pero cree poder metaforizar y volverla “poética”, se vuelve luego aún más absurda cuando Quesney señala que el campo es la metáfora de la dictadura porque esto es “la identidad nacional”, algo que dice conocer gracias a los reportajes de la TV. Así, cada una de las actrices represente a la izquierda y a la derecha, dejando a Lattus como la comunista, porque es “negra”. Ahora tanto lo metafórico como lo político aparecen usados burdamente, como un conflicto vacío y caricaturesco, todo en pos de un prestigio cinematográfico que Quesney dice saber cómo conseguir.

De esta manera, Efectos Especiales juega con una doble faz. Porque si por un lado, el absurdo de por sí es bastante chistoso por los diálogos y las actuaciones (sobretodo la de Quesney y sus instrucciones), por otro, está esa oscura y burlesca mirada hacia el cine chileno festivalero, que a veces usufructúa de la miseria, de lo autóctono y lo político sin muchas profundidades, siendo más espectacular que analítico. Y la cámara, inteligentemente, refleja esto, siendo la misma que encuadra buscando un plano “bonito” del campo, como también la que suciamente muestra los conflictos entre el equipo de rodaje. La misma que hacia el final se dice que basta con estar quieta, encuadrando un gran paisaje, con sus personajes posando, para encantar, para ser trascendente, para ganar un festival. Una ironía directa al callo, que parece bastante tonta, pero para nada lo es.