Cola de mono, de Alberto Fuguet
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Cola de mono (2018)

Cinco horas duraba Invierno, la anterior y ambiciosa realización de Alberto Fuguet que él mismo presentó como su última película. “Siento que ya estoy un poco viejo para estas cosas”, dijo en una entrevista en La Tercera por entonces. Si bien Invierno a primera vista sonaba como inabarcable, parecía ser un cierre adecuado y con momentos destacables y, para bien o para mal, era coherente con el “mundo” de Fuguet: personajes que están buscando algún rumbo emocional, en medio de un ambiente apesadumbrado y nostálgico. Era un buen testamento. La noticia de la realización de Cola de mono, en ese sentido, sorprendió y al verla sigue sorprendiendo, al ser una película que no sólo es un “renacimiento”, sino que también marca una diferencia o un cambio de tono respecto a sus anteriores películas.

Ambientado en una calurosa navidad santiaguina en la década del 80, la cinta posiciona en el centro a Borja, un joven que es un lector compulsivo (con Stephen King como centro), y que vive con Vicente, su hermano mayor, y su madre, una mujer dolida, resentida por su viudez y por ese esposo muerto que la traicionó con su homosexualidad. Es este tema justamente el centro de la película y lo que comienza a remecer a Borja y Vicente en plena nochebuena y madrugada navideña, la que se sumerge en botellas de cola de mono, películas viejas, ropa interior y hombres fibrosos y desnudos. Así, el despertar o la explosión sexual de Borja en calzoncillos en su hogar, y los encuentros sexuales de Vicente con desconocidos, agrupan gran cantidad del metraje de una película que busca justamente instalar ese despertar sexual de forma desprejuiciada, con escenas explícitas, pero sin que eso arruine una cierta compostura visual, conformada por una fotografía con tendencia a los rojos y con unas cuantas escenas que se convierten en verdaderos videoclips, con canciones del rock chileno ochentero.

Ante esto, son dos líneas las que sostienen a Cola de mono y que se distancian de sus anteriores filmes. La primera es la abierta reverencia a ciertos autores del “Nuevo Hollywood” como Brian de Palma y William Friedkin, remitiéndose claramente a filmes como Carrie y Cruising, citándolas muy claramente. Y, finalmente, coquetea con el “cine giallo” italiano, con una estética rojiza, y con una preocupación por estetizar adecuadamente los momentos más tensos y violentos que la cinta arroja sorpresivamente.

La otra línea es aquella que la posiciona como una película de una abierta intención erótica, que deja la idea de que con ella busca provocar o causar cierta remoción. Algo que busca concretar con desnudos y escenas de sexo callejero o en un sauna. Todos lugares “prohibidos” y que la película pretende subvertir con toda claridad.

Estas dos vetas quiebran claramente con la obra anterior de Fuguet, donde los personajes aparecían siempre fuertemente asexuados, reprimidos y defraudados de su presente. En Cola de mono hierven por sentir pulsiones vitales, de liberarse sexualmente. Y por el lado de la forma, hay un colorido y una ya mencionada intención genérica que contradice el estilo más ascético y visualmente naturalista de sus llamadas cintas “garage”.

El resultado es tan sorprendente como dispar. Si bien visualmente se nota un trabajo más delicado, con una intención estética que no existía en sus anteriores trabajos y que aquí reflejan claramente el calor  de la historia (del clima y de los personajes), hay también un relajo argumental, con personajes cuyas motivaciones no quedan claras, dejando una sensación de que algunas decisiones resultan antojadizas, demasiado calculadas y, finalmente, demasiado livianas.

Más allá de alguna intención autobiográfica o de reflejar con fuerza un canon cinematográfico, Cola de mono es sobretodo una película que busca provocar, que quiere plantearse como un filme orgulloso de mostrarse tan abierto sexualmente; de más pulsiones que cerebro, aunque claro, siempre de una forma controlada, es decir, bien iluminada, colorida, con cuerpos de modelo de catálogo de multitienda teniendo sexo callejero. Y de fondo, una nostalgia ochentera, pero que obvia totalmente la dictadura, una que difícilmente hubiera soportado a un par de hombres besándose en un parque de madrugada. Frente a esto, la provocación se acerca demasiado al kitsch y se vuelve más inofensiva de lo que se pretende.