Canta y no llores, corazón, Juan Pérez Berrocal
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25 de mayo de 1898
Málaga, España

Uno de los tres largometrajes conservado del cine mudo chileno es, junto a El Húsar de la muerte y El Leopardo, la mejor prueba de que lo que pudo ser y aún no es.

Los avatares del cine chileno son en todo congruentes con una historia cultural que en el siglo XX conoció un difícil período de maduración, a veces forzada, cuyos resultados no podían ser sino los que fueron. Con el teatro ocurrió algo similar, mientras que la literatura se encontraba más adelantada en sus intentos de dar un reflejo de nuestro ser social, por su mayor antigüedad. Con estos antecedentes y parentela narrativa, el cine chileno no podía sino ser un intento en vías de desarrollo. Y eso es lo que esta película refleja con transparencia.

Intento de melodrama, que a ratos hace involuntariamente reír. Pero nada hay de despreciable en el ingenuo material narrativo utilizado por el español Juan Pérez Berrocal, guionista, director y protagonista. No es despreciable un género con larga tradición, por el contrario, suele ser exigente, por la razón de las expectativas que crea a sus consumidores. Hoy, cuando el melodrama ha sido pasado varias veces por el cedazo postmoderno, hay que reconocerle que en su sobrevivencia se expresan sus prestigiosos pergaminos. Pero por ello mismo es que tal vez casi nadie se atreve a enfrentarlo. Quizás sea El desquite el último de los intentos locales, y tal vez no es el mejor, justamente, por el desconocimiento de la tradición popular del que proviene.

En Canta y no llores corazón, título que es ya todo un programa, estamos ante un género que se creía intensamente capaz de tragar ruedas de carreta y hacérselas tragar al espectador. Las categorías morales son drásticas, los contrastes sociales son profundos y las esperanzas de felicidad casi nulas. Ingredientes batidos a punto y servidos con bastante esmero.

Hay que reconocerle a la película que posee méritos como para resistir las injurias del tiempo. Y han pasado unos cuantos siglos de cine desde su filmación en 1925. Lo que la hace resistente es justamente su identificación con el género al que sirve: cambios de fortuna, pobres que se vuelven ricos y ricos que se vuelven pobres; amores contrariados; ciegos con huerfanitos destinados a seguir huerfanitos y finalmente un enfrentamiento dramático en lo alto del viaducto del Malleco, que es lo mejor de toda la trama. Tal contundencia en sus materiales hace que la película resulte interesante por su desmesura. Da lo mismo que la historia no nos remueva ninguna certeza moral, pero lo importante es que la acción está filmada con eficacia, sentido del ritmo y con ambientación adecuada. Algo que posteriormente escaseó bastante en nuestro cine, especialmente cuando la ingenuidad se desbordó de sus causes y cayó en el río de la flojera.

Si esta película hubiese enseñado algo a las generaciones siguientes, tal vez no seríamos tan huérfanos de géneros narrativos y se hubiera podido madurar en los intentos. Pero sabemos que el cine chileno partió de cero demasiadas veces, desconociendo una posible tradición que hoy sería oro puro para los nuevos cineastas, que ven en los géneros sólo pobreza creativa.

Es de agradecer la esforzada restauración y conservación de estos restos (no se está seguro que lo que hoy vemos sea la totalidad del metraje original), que nos traen los ecos de un cine que pudo ser, pero que tiene más de alguna enseñanza digna que ofrecer todavía, cuando la orfandad de tradición narrativa se ve como una carencia importante para nuestro desarrollo cinematográfico.