Hernán Correa partirá a Europa
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16 de diciembre de 1920
Santiago, Chile

QUIERE CAPACITARSE EN LOS CENTROS CINEMATOGRÁFICOS DE ITALIA Y FRANCIA

SI A PESAR de las dificultades y reveses que ha sufrido el cine nacional aun queda gente Con esperanzas y entusiasmo, es porque en Chile jamás se perderá la fe en nuestra industria.

Ahora tenemos otro caso, que se suma a la ya larga lista de abnegados trabajadores de la in­dustria fílmica chilena. Se trata de Hernán Correa, que hoy nos anuncia un viaje a Europa, con el fin de capacitarse en la dirección de films de largo metraje.

Correa se inició en el cine, allá por el año 1944, cuando se inauguraban, con bombos y platillos, los magníficos estudios de Chile Films. Y allí estuvo hasta el momento en que el barco se hundía. Pudo haber buscado otro tipo de trabajo, más fácil y remunerativo, pero es muy difícil que aquel que se contagió con la fiebre del cine pueda sanar de esta enferme­dad. Y Correa siguió bregando solo, contra la corriente, y asistió a los momentos más felices y más trágicos de nuestra industria. Ha rea­lizado no menos de treinta cortos y documen­tales, entre los cuales    podríamos  citar: “La Antártida Chilena”, “Jardín Zoológico”, “Concep­ción”, “La isla de Robinson Crusoe” (inédito, aún para el público chileno, pues no ha habido institución alguna que desee financiar su exhibición, a pesar de la buena calidad del corto); y «El Alimento de los Dio­ses», una historia de la elaboración de chocolates y confites en nuestro país. Poco antes de partir a Eu­ropa, Correa nos hizo interesantes declaraciones, donde señala los defectos, las causas y las soluciones que, a su juicio, afectan al cine chileno.

—Más de una vez el lector Se habrá preguntado, ¿qué le pasa al cine nacional? —comienza dictándonos Co­rrea—; y en verdad es di­fícil que alguien pueda con­testarle. Nuestro cine fué el primero en Latinoamérica, y resulta inexplicable que hoy sea el último. La si­tuación de nuestra indus­tria es incongruente. Tenemos   magníficos   y   variados escenarios naturales, a lo largo de todo el territorio nacional, que podrían aprovecharse para realizar películas de hermosos paisajes. Santiago mismo está a pocas horas del mar, rodeado de campos y de cordillera. Contamos con Chile Films, un estudio cinematográfico cuyos elementos técnicos nos permitirían reali­zar películas de primera categoría. En nuestro país hay suficientes escritores, directores, fo­tógrafos, cameramen, compaginadores, etc., que han demostrado su capacidad. Por otra parte, el Teatro Experimental y el Teatro de Ensayo disponen de una gran cantidad de actores, que podrían interpretar con jerarquía artística cual­quier clase de papeles. Entonces, ¿cuál es la dificultad que impide hacer muchas y muy bue­nas películas? Los problemas son varios, y creo que hasta se pueden enumerar. En primer lugar, aparece la dificultad que concierne a la ma­teria prima, es decir al celuloide. Este pro­ducto se interna al país en calidad de artículo suntuario, y paga fuertes derechos de aduana, lo que estimo que es un grave error. Por otra parte, una vez que las películas están realizadas, los exhibidores pagan por ellas cantidades ínfimas, y en ciertas regiones del país —donde la exhibición es un monopolio— no se proyec­tan las películas chilenas, si no se venden a precio regalado. Otro de los puntos importan­tes que hay que tener en consideración, es que nuestra escasa población, mal  puede apreciar una industria   permanente.     Como resultado de esto surge un    problema, y es que debido a   la   falta de producción continua, los técnicos chilenos han  necesitado emigrar a otros  países vecinos. Sin embargo, y a    pesar   de   esta   situación francamente caótica, quedaba una posibilidad a los técnicos chilenos, y esta era la de realizar documentales; pero ahora –y gracias a la intervención de firmas extranjeras- hasta este medio de vida se nos ha quitado. Y hay dos asuntos importantes que citar todavía: la falta de cooperación de los propios intere­sados, es decir, de los cinematografistas, que nunca han podido consolidarse en una asocia­ción respetable; y, finalmente, la poca visión de las autoridades, que no han comprendido la enorme importancia que ha alcanzado el cine en  todos  los  países  civilizados.

—A su   juicio,   ¿cuál   sería   la   solución   al   problema   del   cine   chileno? -le   preguntamos.

—Tiene   que   ser   una   solución   integral nos contesta   Hernán   Correa—.   Creo  que   el   primer paso   sería   llegar   a   la   formación    de   una   entidad que reúna a todos los elementos responsables y es­tables del cine nacional. Esta asociación debería im­pulsar la dictación de una ley de protección, que per­mita crear el Banco Cine­matográfico. También sería interesante establecer la obligatoriedad de la exhibi­ción de películas chilenas, que hayan sido aprobadas por una comisión especial­mente designada para el objeto. Por otra parte, debe promoverse el intercambio con los países que exhiben películas en Chile, de acuerdo, desde luego, con la producción del cine na­cional. Somos demasiado liberales para recibir, y nunca exigimos nada en cambio: que se exhiban películas extranjeras, pero que también exista el compromiso de que en el ex­tranjero se exhiban nuestras cintas. Otra situación que debería solucionarse es la que se refiere al celu­loide y demás elementos que necesita la industria: éstos deben internarse al país sin gravámenes. Ade­más, la prensa tiene que estimular el fomento del cine nacional, mediante comentarios cons­tructivos y redactados por personas que sepan la materia. Finalmente, el público debe con­tribuir al éxito de las películas chilenas, asis­tiendo a las salas donde las proyecten, por discretas que ellas sean. Hace algún tiempo, en Italia se extendió una campaña, mediante afiches y letreros que decían: “Vea las pe­lículas italianas, aunque sean malas. Si usted las ve, podrán mejorar.”

Correa mismo nos confiesa que él no pretende “descubrir la pólvora”, con sus declaraciones, pero que si las hace ahora es para recordar al público y a los técnicos que aún quedan esperanzas para salvar al cine chileno, Hernán Correa -ya lo dijimos- es una mues­tra de que la fe nunca se pierde. El joven director ha vendido camas y petacas, con el objeto de reunir los fondos necesarios para em­prender viaje a  Europa.

—No pienso conquistar el Viejo Continente— nos declara, con énfasis, Correa- , sino que voy a trabajar modestamente, al lado de cual­quier director que me permita asistir a la fil­mación de sus películas. Creo que para di­rigir un film de largo metraje hay que estar muy preparado. Por eso parto a estudiar, pero regresaré, pues tengo la seguridad de que en Chile tendremos muy pronto una industria estable y de calidad.

Artículo publicado originalmente en:
Revista Ecran, nº1117, Santiago, 17 de junio de 1952.