Entrevista a Bárbara Pestán: Directora de “Joselito”
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(2014)
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La película está inspirada en la historia real de un parricida en Chiloé. Quería preguntarte por este cruce entre la isla y los crímenes, ¿qué fue lo que te llamó la atención? 

– Llegué a Chiloé porque quería hacer una obra de teatro sobre un libro de Foucault que se llama «Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mis hermanos». En ese libro Foucault ocupa todo el expediente de un caso real de parricidio que ocurre en el norte de Francia en 1800 y lo interesante es que en ese libro está la memoria del joven de 18 años que cometió esos crímenes. 

La memoria era bien interesante porque mostraba la contradicción en la mente de esta persona. Me parecía un muy buen material. Entonces, yo llegué a Chiloé buscando signos chilenos con los que pudiera cruzar esta historia en Francia. 

Se me ocurrió que Chiloé era un lugar interesante porque coincidía con el de la historia original en que era un lugar aislado, bien rural, con harto bosque. Estando en Chiloé encontré el caso de este parricida, empecé a investigar y me pareció que tenía mucho que ver con lo que me interesaba. A diferencia del caso francés, este tipo nunca tuvo la oportunidad de escribir su memoria, pero hacer la película era una forma de reescribir esa historia de alguna forma. Tomé el libro como un pie y rescaté algunas cosas de la memoria como los lazos afectivos, y empecé de lleno a meterme en la película con el parricidio real.

Es interesante el cruce que tú haces en Joselito respecto de este aislamiento doble, la soledad del espacio y la soledad interna. ¿Cómo fue que junto a Javiera Véliz, directora de fotografía, pudieron generar visualmente estos aislamientos?

– Visualmente el espacio te lo da de frentón. Nosotras estuvimos viviendo un año en Chiloé para hacer esto. El caso yo lo conocí el 2007, desde ese año viajé todos los veranos y ya cuando salí de la universidad, salí con ganas de hacer esto al tiro y nos fuimos un año a vivir para allá. 

Más que el aislamiento, lo que más nos llamó la atención fue la incomunicación que había en los espacios rurales y en las islas. Es bien interesante porque la gente va a Chiloé, se encariña con la parte turística y la mitología, pero no ve la otra parte. Los turistas rara vez van a los lugares rurales o van las islas más asiladas. Estando en una isla nos dimos cuenta que era muy brutal la incomunicación que había al interior de las familias en los hogares. Esa imagen fue la imagen de partida para construir la atmósfera de la casa y este imaginario desde la soledad o desde el aislamiento interno. El aislamiento externo está presente naturalmente, una casa está muy lejos de la otra y así. 

La gente está acostumbrada a no hablar.

– Eso es lo otro interesante que en realidad la incomunicación es más fuerte cuando son dos hombres… El punto de que no hubiera una mujer me parecía lo más fuerte o interesante, y bueno, eso es parte de la historia real. La madre muere y se quedan estos dos hombres solos, y empecé a hacer un análisis observando cómo se comportaban los hombres. Ahí fue construyéndose este aislamiento como principal motor de la película. Fuimos mirando muy intensamente lo que pasaba en estos lugares, durante harto tiempo y viendo este aislamiento.

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Otro elemento central dentro de la película es la religión, cuéntanos que papel jugó la religiosidad de propia de estas comunidades en la creación de los personajes y en la narrativa de la película. 

– Estuvimos mucho rato en Aituy, que es  de donde era el criminal. 

Ahí filmaron la película… 

– Aituy es una parte rural que queda un poco más allá que Queilen, y ahí precisamente se celebra la procesión del nazareno año a año y no es como la Procesión del Nazareno de Caguach que es más efervescente y más turístico. Acá es una celebración más íntima y la gente de verdad es muy religiosa. Aunque uno no lo quiera, la religión católica es algo que está muy muy instaurado en nuestro país. Me parecía un tema interesante a tratar. No quería quedarme sólo en las relaciones afectivas o en las relación con su padre o la falta de la madre. También quería ver que pasaba más allá de su entorno y socialmente. El pasar por un crimen era un tema bastante imponente socialmente como para entender si él era católico y cuál era su punto de vista sobre la religión. 

También me parecía importante sumar la religión porque pasa mucho en el campo que las personas que son muy católicas y todos los años le piden cosas al Nazareno y hacen todo lo posible para que se cumplan. Metafóricamente también tiene que ver con que son personas marginales en todos los sentidos, incluso en la «ley de Dios», por decirlo así. 

Después que la madre se muere, la promesa al Nazareno no se le cumple y el padre se aleja de esta fe que tienen ellos. Es también sobre la pérdida de la fe y, para llevar la película a planos más existencialistas, la película habla del luto de una familia. 

Otra cosa interesante que hiciste en Joselito fue trabajar sólo con dos actores profesionales: uno de ellos debutando, Cristián Flores, y otro el reconocido, José Soza y los secundarios son personas del lugar, ¿cómo trabajaron eso?

– Desde el principio quería trabajar con José y con Cristián, y el resto de las personas siempre quise que fueran de allá porque le daba realismo. En algún momento estuve con la duda si trabajaba todo con las personas de allá u ocupaba dos actores. Finalmente terminé decidiendo por los dos actores por un tema de dramatismo y grabación. 

Es una decisión complicada porque hemos visto otras películas de cine chileno donde se han mezclado lugareños con actores y es muy delicado equilibrar esa verosimilitud, que efectivamente el actor se sienta como parte de este contexto. 

– Por eso nosotros trabajamos harto la actuación y Cristián Flores se fue a vivir más de un mes a Chiloé. Estuvimos una semana encerrados comiendo, viviendo, cortando la leña y haciendo la vida de estar ahí. Queríamos generar intimidad y lograr que ellos se comunicaran. Creo que se logra mucho este realismo. La gente de fuera de Chile, en los países que la hemos presentado, creen que es casi un documental y que toda la gente que trabaja es de allá. En Chile la gente reconoce a José Soza. Pero los mismos chilotes creen que es una película que no tienen ningún disfraz, es absolutamente real. 

Ustedes ganaron un fondo regional para itinerar con la película por Chiloé ¿Cómo sentiste tú la reacción de la gente al ver a los suyos y también un lado más oscuro de la realidad?

– Pasó un poco de todo. En Queilen fue más fuerte porque había gente que nos decía que había olvidado este crimen y fue duro revivirlo, pero en general la gente estaba agradecida porque el hacer esta muestra itinerante ayudó a generar una reflexión sobre esto que pasa. Es muy habitual que hayan casos así.

La mayoría de las exhibiciones eran en las capitales de las comunas, que igual eran bien rurales, y en la parte más rural que la mostramos nos pasó que llegó mucha gente y terminó la película y la gente quedó en silencio. En general generamos diálogos con los asistentes después de las exhibiciones, pero acá terminó y la gente se paró y se fue. Nos quedamos con tres o cuatro personas y nos agradecían mucho. Nos decían que la gente no se fue porque no quisieran compartir, sino porque ellos están acostumbrados a esto. Al silencio, a la soledad, a vivir así. Ellos se vieron reflejados en esto. 

Al hacer una película sobre la incomunicación y el aislamiento es bien difícil sobre todo cuando la gran mayoría de las audiencias están acostumbradas a películas con mucha acción. ¿Cómo generaron esta idea de conectar con la gente, con lo que está pasando pero sin necesariamente usar estos recursos más conocidos como la constante acción externa o los diálogos? 

– Habían dos elementos desde lo que íbamos a narrar siempre, la primera era la mirada de los actores y por otro lado el tema del sonido y el espacio de Chiloé. Fue un trabajo hacer que los actores tuvieran esa conexión sin mirarse, y el trabajo fuera de cámara también fue importante porque había que hacer que la naturaleza también tuviera un rol. 

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Como realizadora, ¿Cuál es el valor qué crees que le entrega a tu película el hecho de que tú seas mujer?

– Me han hecho varias veces esa pregunta y me da un poco de impotencia porque creo que es segregar de antemano el rol de la mujer. En el fondo, es una realidad que hay un porcentaje mucho más bajo de mujeres que de hombres dirigiendo porque esto todavía es muy machista, pero creo que todos tenemos las mismas capacidades, y eso hay que instaurarlo en la sociedad. Todos tenemos la capacidad de dirigir y me extraña pensar por qué no hay más mujeres dirigiendo. Aunque cada vez es más. 

¿Crees que tienen las mismas posibilidades o las mismas habilidades?

– Ambas… el cine de mujeres tiene una sensibilidad más sensorial que el hombre por temas naturales y eso es bonito también porque tenemos otra capacidad para dirigir y para mostrar, y ¿por qué no?

En el caso de Joselito es llamativo porque es una crisis familiar entre padre e hijo, y tiene que ver con la ausencia de la mujer que hacía de nexo entre estos dos personajes. Es interesante que sea esta mujer la que cuenta esta historia de varones. 

– La primera vez que estuve encerrada con los actores fue fuerte para mi. Nunca se los dije, pero fue raro. Me dio un poco pudor. Por primera vez me di cuenta que estaba construyendo un imaginario muy desde la ausencia femenina en dos hombres. Después de eso me dije que por algo hay esta ausencia femenina. Todo lo que hablo es desde lo femenino. 

Ahora lo interesante que aparece aquí es el cruce de esos roles, este ejercicio de sacar a los hombres de su rol hiperactivo, y a la mujer como guardiana del mundo privado. Aquí se tienen que cruzar porque no les queda otra con la crisis que se genera. 

– Sí, hay un juego de roles bien interesantes en todos los sentidos. 

La mayoría de las cosas que vemos en el cine están contadas desde el punto de vista de hombres blancos y poderosos y heteresexuales en muchos casos. Entonces es interesante la aparición de otras voces, que en el caso tuyo trabajan la marginalidad desde la marginalidad. 

– Es lo que dices, mostrar a estos dos hombres que no son poderosos. Lo interesante de Joselito es no explotar la idea del crimen de Ruben (el asesino de la historia real) sino que en el fondo es limpiar la película de lo obvio y predecible que es lo primero que uno piensa, pero el crimen es la excusa y se muestra otra cosa.