ENTREVISTAS
Entrevista a Marcela Said, co-directora de "El Mocito"
Por Antonella Estevez
11 de agosto de 2012

El documental El Mocito, continúa dando que hablar mientras su protagonista Jorgelino Vergara se transforma en un testigo clave en numerosos casos de derechos humanos. En el contexto del Ciclo de Cine de la Escuela de Cine UDD, la editora de CineChile.cl, Antonella Estévez, conversó con la realizadora Marcela Said sobre su más reciente trabajo El Mocito.

La directora de los documentales I love Pinochet y Opus Dei, esta vez co dirige junto a su marido, el también realizador Jean De Certeau para adentrarse en un retrato psicológico de un hombre complejo, fracturado por ejercer, en la adolescencia, como ayudante de los agentes de la DINA en uno de los más crueles centros de exterminio de los aparatos de represión de la dictadura.

A: ¿De dónde nace hacer este documental?

M: La idea motriz fue encontrar agentes de la DINA para mostrar su punto de vista sobre los hechos,  porque ya existe mucho relato de las víctimas de la dictadura. Me propuse el desafío de encontrar a un torturador, alguien que contara esa verdad desde el otro lado. Para eso contacté a Javier Rebolledo (periodista y posteriormente autor del libro "La danza de los cuervos") y encontramos a muchos ex agentes. Pero ninguno sirvió porque son bien cobardes, se esconden todavía. Jorgelino en cambio era diferente, un tipo raro, vestía tenida militar con camuflaje y nos pido el carnet cuando lo conocimos. Y a mí me encantó la idea de que fuera un mocito, un tipo que no es agente, sino algo mucho más complejo: un muchacho del campo, sin educación básica, que circunstancialmente conoce a Contreras y al que después de muchos años lo encuentra la justicia.

A: ¿Cómo lo convencieron de participar en el proyecto?

M: Le dijimos que estaría más protegido con nosotros con cámaras a su alrededor que escondido por ahí, porque nos contó que después de dar su testimonio al juez Montiglio lo seguía el DINE. Por otro lado se había convertido en un hombre alcohólico y lo había dejado la señora. Estaba solo y empezamos a generar vínculos.

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A: La idea del vínculos con una persona así suena complejo. Hablamos de un personaje dañado, no es ni bueno no malo. Pero ustedes eligen situaciones para dar cuenta de esa complejidad, los encuentros con su ex jefe y luego con familiares de un detenido desaparecido…

M: Fuimos definiendo qué tipo de película queríamos. Lo más interesante era lo que nos pasaba con él: a veces le creíamos, otras no, lo odiábamos, nos daba miedo. Entonces decidimos hacer un retrato psicológico para que el espectador se confrontara a lo mismo que nosotros y tomara sus propias decisiones. He conversado con mucha gente, hay desde quienes quieren matarlo hasta quienes lo quieren mandar al psiquiatra.

A: Hay diferencias con tus anteriores trabajos, en El Mocito hay más espacio para ese desarrollo de este personaje tan complejo, de este otro de moralidad tan distinta ¿Hay un intento de acercarse desde una mirada un poco más neutra?

M: Uno siempre emite juicios, no es tan inocente. Yo tengo la pura cara de inocente. Lo que yo hago, en Francia se llama filmar al enemigo, al otro. En I Love Pinochet sentía que estaba filmando al pinochetismo políticamente incorrecto. En el año 2000 había mucho más espacio para eso. Hoy no. En Europa no puedes defender al nazismo o defender a Hitler y Chile se está acercando un poco a eso. Por eso ya no vale la pena discutir con Hermógenes Pérez de Arce. Yo sabía que íbamos a llegar a esto, entonces quise que quedara un registro del pinochetismo. Nació porque me costaba explicarle a mis amigos franceses que mucha gente estaba con Pinochet, necesitaba mostrar las personas detrás para que pudieran entenderlo. Opus Dei es bastante más opinante desde el autor. Pero El mocito parece menos opinante, pero le estamos dando más poder al espectador para que se enfrente solo a este personaje.

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A: La relación de esta película con la historia de Chile reciente es muy fuerte y hubo reacciones a la película, luego con el libro de Rebolledo y va a quedar para la historia el retrato de un hijo de la dictadura…

M: Hay muchos mocitos dando vuelta por ahí. Uno trabaja en la inmediatez, no sé como será visto en 30 años. Sé que es importante que quede el documento. Creo que ayudará a tener jóvenes más reflexivos.

A: Te ha tocado presentar El Mocito ha sido exhibida en Chile y el extranjero muchas veces. En esas nuevas miradas que le das, ¿qué cosas has encontrado?

M: Me ha gustado mucho la recepción, es la  que queríamos. Quedamos contentos con la película, hicimos lo mejor que pudimos. La he visto varias veces y me pasa siempre que la última escena me produce mucha tensión, la escena de Jorgelino con los Palma (hijos de Daniel Palma, cruelmente asesinado según Jorgelino).

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A: Esa escena final, de los Palma es muy intensa, pareciera que no hubiesen cámaras. ¿Cómo se hace para ellos se olviden un poco de que hay un equipo de varias personas filmando ahí?

M: Esa escena la preparamos al principio. Jorge Palma me llama porque sabía que estábamos con Jorgelino y quería contactarse con él. Entonces le dije que le conseguía una reunión pero que me tenía que dejar filmarla. Él me dice que los hermanos también quieren estar pero no quería que fuese en su casa. Nos pusimos de acuerdo en el lugar y llegaron ellos primero. Eran 5 hermanos pero una no pudo ser parte, se quedó llorando detrás de los muros. Jorgelino llega con el director de foto y el sonidista. Y adentro aprieto rec nomás. Éramos 4 del equipo con Jean (De Certeau, co-director). Todo iba bien, nadie veía la cámara, era algo muy especial, muy fuerte, la cámara se hace más invisible en la escena, no estaban preocupados. Pero cuando Jorgelino saca el bolso y el papel y se pone a escribir en silencio, me di vuelta, no pude mirar. Pasa el papel, se termina la toma. Los Palma tienen una dignidad increíble. Jorge es psicoanalista, un hombre muy preparado. Es una escena histórica, porque es muy violento lo que pasa ahí. Pero la película no buscaba resultados ni cosas preparadas. Antes hay escenas como la de la pistola plástica, que parece maqueteada. O su ropa, parecía que hubiera director de arte. Pero todo es así y en eso tiene que ver la ingenuidad y locura de Jorgelino de mostrarse como es en su cotidianeidad.