Ya no basta con rezar, de Aldo Francia
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30 de agosto de 1923
Valparaíso, Chile

El breve capítulo que le debiera corresponder al período de la UP en la historia del cine chileno, podría proponer a esta película como su proyecto realizado más ambicioso en el campo de la ficción. En realidad no existen otras obras recordables con la que se pudiera comparar. Cabría preguntarse sobre la real implicancia de tal contexto histórico en la valoración que hoy podemos hacer de todas las obras de tan álgido período.

A poco de comenzar la película se nota la gran diferencia que la separa de su predecesora, Valparaíso, mi amor. Lo que era originalidad espontánea en la primera es en la segunda cálculo premeditado, en el que se notan desde los ensayos de los actores hasta la búsqueda esmerada del encuadre hermoso y la fotografía perfecta. Todo eso podría redundar en una mayor madurez, especialmente si el tema que el argumento pretende ilustrar es el de la aplicación de la Teología de la Liberación, referente ineludible en el panorama continental de aquellos años. Pero la distancia entre forma y contenido es casi siempre lo suficientemente ancha como para impedir la auténtica conmoción, o al menos la creación de una imagen significativa que pudiera justificar la empresa. Si por un lado el cura conservador es ridículo en su insistencia por hacer ingenuas representaciones de la Pasión o del Nacimiento, por otro el cura joven es serio, melancólico y enunciador de frases conceptuales. El contraste es obvio en todo momento y se mantendrá a lo largo de todo el previsible desarrollo.

Aldo Francia no era un gran narrador. Lo suyo era lo documental y la descripción de lo cotidiano. Los actores no se le daban bien. Tal vez por eso los guionistas de la película se esmeraron por construir la historia como una suerte de ejemplo ilustrativo y didáctico de las etapas de un proceso político, en el que lo religioso es constantemente reducido y verbalizado. De este modo el proceso espiritual viene soslayado en aras de lo más fácil de representar, lo objetivable en acciones físicas. Poco puede hacer el meritorio reparto por insuflarle vida interior a unos personajes vueltos completamente hacia los diálogos y movimientos externos.

La retórica de unos años más ideológicos que pragmáticos no podía dar sino un cine más declamatorio que revelador.

Por su parte Valparaíso es de aquellos lugares en que hacia el lado que se quiera poner la cámara la composición plástica viene garantizada. Eso le ahorró al cineasta el esfuerzo por descifrar los espacios dramáticos reduciéndolos a escenografía pintoresca, a la que Silvio Caiozzi, director de fotografía, retrata con eficacia profesional de alto nivel. Y cuando hay algún logro al respecto la torpeza del guión viene a explicitar que: “esta subida es una metáfora de nuestra misión”, alejando la posibilidad que el espectador pueda relacionar acción y significado.

Los méritos principales conservados por la película se ven en la confección cuidadosa de la producción y en la autenticidad de ciertos ambientes populares, que recuerdan las mejores cualidades de Francia como cineasta. En cambio las escenas de la familia burguesa bordean la caricatura básica y no es sólo por causa de los intérpretes y de los diálogos que les tocan. ¿Por qué resultará tan difícil en Chile filmar a esa clase social? Sería un tema interesante a investigar, como también nuestra incapacidad para narrar historias de evolución espiritual en un país seria y auténticamente religioso como el nuestro. Quizás todavía no están maduras nuestras herramientas como para penetrar en ciertas zonas profundas del ser nacional. Y evidentemente no es sólo un problema del cine.

Puede que el problema que hoy presenta Ya no basta con rezar tenga que ver con una disparidad entre la voluntad y las reales capacidades disponibles para enfrentar un relato imposible de amalgamar entre lo trascendente y lo inmanente. Algo que ni la propia teología de la época pudo sintetizar del todo, como lo demuestran las diferentes respuestas que dio al problema de la injusticia social. Quizás las ambiciones de la época jugaron en contra de las reales posibilidades de realizar una película sobre un “tema importante”. No existía la distancia suficiente, ni la comprensión más profunda de la historia que se tenía entre manos, cuya tesis central ya está completa en el título. Poco quedaba por añadir en el relato.

Candidez, ilustración didáctica, fotografía esmerada, cine básico en contrastes y emociones simples, captación de una representación construida ex profeso para ser ilustración de un momento demasiado importante como para caber cómodo dentro de materiales previsibles y manejados con sólo buenas intenciones. La ingenuidad espontánea (que tan efectiva resultó en Valparaíso mi amor), aquí sacada de su envase original, suele dar estos resultados envejecidos prematuramente.

Una pena, porque esta sería la última película de Aldo Francia, un pediatra enamorado de su ciudad y de sus habitantes y cuyo amor por el cine se expresó también en la creación del Festival de Viña del Mar, primer punto de encuentro del Nuevo Cine Latinoamericano.