Voto + Fusil, de Helvio Soto
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21 de febrero de 1930
Santiago, Chile

En la última escena de la película un personaje le dice a otro que han ganado el gobierno con los votos, pero que igualmente es mejor tener cerca un fusil “por si acaso”.

La frase es significativa por lo que terminaría ocurriendo después del 73 y es lo más lúcido de una obra que ambiciosamente busca dar cuenta de nuestra historia política, vista desde la izquierda, por supuesto.

La actitud discursiva de las películas de Soto aquí llegó cerca de su cumbre (la que alcanzó definitivamente en Metamorfosis del jefe de la policía política) con los consiguientes costos narrativos que la hacen hoy una película pesada, pedante y a ratos incomprensible. Sin embargo es también una obra bastante madura formalmente y que por momentos se acerca a lo que pudo haber sido un cine profundamente político y eficaz en lo narrativo. De haber hecho prevalecer lo segundo Soto habría conseguido ser un cineasta interesante hoy en día, pero es probable que eso lo tuviera sin cuidado y que su expresa voluntad cinematográfica tenía más que ver con lo circunstancial que con lo trascendente y artístico.

El confuso relato cambia de épocas constantemente para dar cuenta de algunas décadas de historia política de la izquierda chilena, cuya culminación epifánica debía ser la elección de Allende como presidente. Todo esto requiere mucha información adicional para poder seguir el hilo narrativo, en el que el propio Soto parece enredado desde el comienzo. Intentando ordenar un poco la madeja podríamos explicar que hay tres épocas implicadas: la del Frente Popular y el gobierno de Aguirre Cerda; la persecución anti comunista de González Videla y las semanas previas a la elección de Allende con su triunfo final. Los personajes pasan de una época a la otra y hay alguno, el de Jorge Guerra, que no se sabe muy bien si es un fantasma, una idea o un recuerdo. En términos emocionales importa bastante poco, porque no hay identificación comprometida con el espectador, tampoco mucho análisis. De todos modos algunas escenas parecen bien resueltas y evocadoras de realidades plausibles, aunque todo esté envuelto en unos referentes de limitado margen, al que sólo tendrán acceso los que puedan tender puentes levadizos sobre este abismo de claves ideológicas. Un ejemplo: la actriz que interpreta Patricia Guzmán vive en el barrio Concha y Toro y por su departamento pasan todas las cosas habidas y por haber, mientras ella interpreta una obra en la que emite insultos contra la burguesía. Pero el propio personaje se burla de lo que hace, siendo que es muy similar a lo que sucede con ella en la película. Las motivaciones de todo al parecer son simplemente económicas, pero nunca se clarifica si esto debiera constituir una ironía o es un simple cabo suelto. Y es que Soto carece de humor para enfrentar su propia realidad como narrador. Por eso los personajes son todos muy serios, partiendo por el siempre mortecino Marcelo Romo, con su aire de arrogancia y frustración, que no abandona nunca. Así también cada personaje posee una sola dimensión lo que crea un conjunto plano y aburrido: la actriz siempre sonríe, su amante siempre parece dudar de todo, la prostituta siempre fuma, y así hasta el infinito.

Lo mejor de la película corre por cuenta de algunas actuaciones: María Teresa Fricke, la poetisa comunista, Jorge Lillo, el viejo militante, Héctor Duvauchelle, Jorge Guerra y algunos otros secundarios. También el montaje tiene motivos de gran lucimiento, a pesar de las dificultades que le impone el caótico guión. Se trata de uno de los buenos trabajos de Rodolfo Wedeles, quizás el más prestigioso montajista que ha tenido nuestro cine y habitual colaborador de Raúl Ruiz. Como siempre Silvio Caiozzi, dirigiendo la fotografía, resulta indemne de los cambios de coloración y época impuestos al relato.

En resumen: un conjunto de buenos colaboradores, manejados con propiedad e incluso destreza, no bastan para sacar adelante un relato que nunca se decantó lo suficiente y al que nunca se le permitió desarrollar sus propias leyes internas. Por el contrario, Soto impone lecturas dirigidas a la obtención de una sola conclusión posible: la que a él le gusta.

Este sería el camino seguido, con admirable persistencia, por todos sus trabajos posteriores, invariablemente contaminados de una voluntad ideológica que nunca dio libertad a sus materiales para constituirse en narraciones autónomas. Incluso dirigiendo una gran superproducción internacional como Llueve sobre Santiago, en la que un conjunto de estrellas internacionales dan vida a una visión sobre el golpe de estado y que constituyó el más grande fracaso de la carrera del cineasta. Una pena, porque en Voto + fusil se pueden encontrar algunos trazos de un cineasta que pudo ser un estimable intimista, un amable comediante y un narrador eficaz.