Vivan los cóndores; Carlos & Viktor
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2 de junio de 1972
Santiago, Chile

Viktor Kossakovsky, el director del documental ¡Vivan las Antípodas! (co-producido por Aplaplac, entre otros), y recientemente exhibido en Cine//B_5, ha desarrollado una suerte de decálogo para principiantes con diversos axiomas bastante útiles acerca de la realización (aplicables a muchos otros rubros, también), pero donde el último es el mejor: “No siga mis reglas. Encuentre las suyas propias. Siempre hay algo que sólo usted puede filmar y nadie más”.

Convenientemente eso hace (justificándose, en definitiva) con este último documental; no cuenta historia alguna, ni desarrolla ningún personaje de la manera convencional y su búsqueda, sin ser abstracta ni excesivamente formal, enfrenta cuatros lugares en el mundo con sus respectivos antípodas, generando (o aspirando evocar) significados que –como los toques de una sociedad secreta– no pueden/deben ser escritos ni dichos y cuyo efecto final es, para bien o para mal, puramente sensorial e incomunicable (es decir, codificadamente cinematográfico). Y tal como reza otra de sus reglas (que exige que si algo se odia o se ama demasiado no merece ser filmado), su documental también provoca igualmente ambos sentimientos tanto por todo lo que logra como por todo lo que farfulla.

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Luego de una larga investigación (que www.antipodemap.com hoy facilita) Kossakovsky llega a determinar que tan solo un puñado de lugares en el planeta tienen antípodas en tierra firme, habitada y (lo más importante) interesantes –según el imaginario cultural que le guía–, dado que el orbe esta mayoritariamente cubierto de agua. Entre estos lugares se encuentra una zona de la Patagonia chilena, cuyo antípoda está en las inmediaciones del lago Baikal, al sur de Siberia. Con este pie forzado –asociar lugares diametralmente opuestos–, el ruso comienza a relacionar espacial y sonoramente otros territorios opuestos que, además del mencionado, incluyen un apacible hogar campesino ubicado en la zona de Entre Ríos (Argentina) con la bullente Shangai (China), España con Nueva Zelanda, y Hawai con Botswana, pero no en ese orden necesariamente, he ahí parte de seductora promesa que, eso si, cada espectador debe autogestionar.

Pedirle conexiones evidentes, historias con desarrollo clásico o ideas previamente cocinadas a ¡Vivan las Antípodas! es una pérdida de energía y una insensatez. Y por otro lado, intentar siquiera verbalizar con solemne –y engrupida– convicción lo que el documental supuestamente entrega a modo de revelación mística tampoco parece ser una alternativa saludable. Sin tener que llegar al desafortunado calificativo de “experimental”, el último largometraje de Kossakovsky se inventa y valida conforme se presenta, a la vez que se evapora mientras progresa. Luego lo que parecen (o son) arbitrariedades previamente craneadas, logran de alguna manera estimular asociaciones útiles no sin antes, claro está, tener que digerir de buena gana aquella fusión de sofisticada hipérbole con la exótica rusticidad de los soportables 106 minutos de duración. Aunque se tenga la tentación persistente o acomodaticia de comparar la película (instintivamente, y para no desesperar de insustancialidades) con la totémica trilogía Qatsi, de Godfrey Reggio, la apología a los opuestos que enuncia el cineasta ruso conviene asirla a partir de lo que ofrece dentro de sus propios márgenes, y por ello, tanto mejor es enfrentarla irremediablemente con el reciente ganador de Cine//B, Donde vuelan los cóndores, del chileno Carlos Klein (cuyo premio será estar al menos dos semanas en la cartelera nacional).

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“Si pudieras combinar el lenguaje cinematográfico de Tarkovski y la energía y la vida de Chaplin en una sola persona obtendrías un realizador brillante. Pero no hay ninguno”. (Kossakovsky en entrevista a Reservoirdocs.blogspot.com)

Kossakovsky, retórica y conscientemente, se proyecta en esta -no tan humilde- sentencia, pues efectivamente se permite con desfachatez chaplinear en el documental de Klein, incluso en los momentos donde debemos creer que siente hasta las lágrimas lo que captura. Donde vuelan los cóndores no solo es un making-of construido como una pieza autárquica e individualmente sólida por cómo se desenvuelve, que aun en su dinámica de automofa y ligereza no renuncia a transmitir una serie de experiencias y –por qué no–  lecciones sobre el ejercicio constante de performance bien financiado que protagoniza Kossakovsky, mientras repta y caza de país en país en la busca de momentos invertebrados.

En la clausura del pasado Fidocs Patricio Guzmán, su presidente, fundador, pater y soberano comendador, decía, fuera de todo protocolo e imparcialidad: “Quiero pedir permiso para decir algo muy personal: me habría gustado que Carlos Klein haya podido estar con nosotros esta noche por su filme tan temerario y valiente”.

Más que temerario y menos que valiente, Donde vuelan los cóndores llega a parecer un This is Spinal Tap a conciencia pero no por ello carente de seriedad, sino todo lo contrario, tanto más serio por la chacota constante que dignamente triunfa, sumada, además, con la nula resistencia a representar satíricamente cada quien la imagen de aquella experiencia que los unió y ratificó como ilusionistas eficientes y eficaces.

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Si bien Donde vuelan los cóndores podría ser en sentido figurado una especie de antípoda (o, mejor aun, un complemento) de ¡Vivan las Antípodas!, logra incluso, de a momentos, ser algo mucho más útil al situar la mirada en el ejercicio típicamente “antipódico” por excelencia: aquel que ejerce Kossakovsky al estar e ir, de allá para acá, constantemente, provocando a su opuesto, escarbando a sus personajes y torciendo osadamente la horizontalidad de los exuberantes espacios que aborda con impresionabilidad morbosa, para convertirlos en eso que no tiene muy claro a causa del encierro a voluntad que produce el dispositivo fílmico que deja fuera todo lo que no sirve ni forma parte del orden estético (y ético) que Víctor propone con brocha gorda, pero que en Donde vuelan los Cóndores alcanza a delinear con tinta china.

Víctor ha dicho que se encantó con la apariencia de los entrerrianos que filmó y que en Shangai era prácticamente imposible elegir personajes, ya que son muchos. De las escenas en España uno recuerda más bien poco y de Nueva Zelanda solo la muerte de una ballena y su posterior funeral queda en la retina. En Hawai el recuerdo de la lava abrasadora, el perro perdido y una familia de gringos hippies se confunden al recordar, justamente ahora mismo, qué asunto se abordaba en el episodio de Botswana, y es que al fin, así comienzan a conjugarse los desvaríos sensoriales resultantes que intercala, desparrama e interconecta Kossakovsky. Hasta cierto punto uno le va pillando el sentido a esta amalgama de lugares cruzados que se convierten en una gran masa candente de recuerdos y asociaciones desafiantes al hilar e incluso considerar deseables de resolver, como si de un rompecabezas que oculta un mensaje trascendental se tratase.

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“Hoy en día Rusia está muy politizada. Incluso si haces una película sobre ‘nada’, querrán ver su parte política, querrán saber quien eres tu, de izquierda o derecha”. (Kossakovsky en entrevista a Reservoirdocs.blogspot.com)

Nació en 1961 y creció en una sociedad (la ex-Unión Soviética) que no aceptaba antípodas, cuya intransigencia doctrinal la vivió y retrató implícitamente Tarkovsky, un referente que Kossakovsky no duda en citar tanto en entrevistas como en las zonas más crípticas (las “poéticas”) de sus realizaciones. ¡Vivan las antípodas! podría ser más política y menos meramente cosmética de lo que parece si alguien se permite soberánamente rizar el rizo en la intimidad, pues en público cualquier elucubración al respecto es sinónimo de escarnio (y con justa razón). Entonces, en este callejón ideológico quedan ambos documentales, como siameses, uno como testigo y escudero de otro que al no poder ser un documental “comprometido” o frontal en sus planteamientos discursivos prefiere con no poca sensatez articularse asépticamente, tal como quedó, hasta lograr esa incomoda ingravidez que se le achaca, obteniendo, sin embargo, múltiples interlocuciones interpretativas, erráticas e inútiles de la boca para afuera. Eso si, cada una menos acertada que la anterior, naturalmente, pero brindándole el lugar que finalmente Viktor deseaba poseer cual espermatozoide en una multitud de contenidos aspirantes a fecundar la cabeza de algún espectador.