Villagra & Contreras: dos caras del cine chileno
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Una de las cosas que más me intriga en relación al cine chileno, es cómo no ha existido hasta ahora una película que reúna en su elenco a Nelson Villagra y Patricio Contreras, quizás los dos actores de cine más representativos de las últimas décadas en nuestro país. Me cuesta creer que algún realizador, de los antiguos o de los nuevos, no haya pensado en darle el palo al gato con una cinta protagonizada por esta dupla, que seguramente tendría en una escena compartida por ambos, al estilo de la de Robert de Niro y Al Pacino en Heat (Michael Mann, 1995); un momento de culto dentro de la cinematografía nacional. Tan de culto como aquellas escenas que han entregado Villagra y Contreras por separado, en películas que se han vuelto clásicos para el público local.

Esto último no es fácil en Chile. Soy de los que cree que al espectador chileno le cuesta mantener la fidelidad del gusto. Lo que gustó ayer ya no gusta tanto, lo que se fue lejos tampoco. Pasa en la música, también en la literatura. En el cine se suele hablar de películas que envejecen bien y otras que envejecen mal. Es subjetivo, por cierto. Pero claramente hay películas que no resisten de buena manera el paso del tiempo. El esfuerzo debe ser mayor para que aquellas características que la atan a su año de realización, no alteren la noción del espectador frente al principio de credibilidad que debe tener el filme. Por eso es necesario enfatizar en el contexto, ver y analizar el filme en su contexto. Es la forma para que un espectador de estos tiempos, sacudido por la temporalidad de las series y la estética de la inmediatez, no sienta los clásicos del cine como una tortura y pueda sobrepasar esa barrera del tiempo. Es un ejercicio difícil. La música, los tratamientos visuales, el vestuario y sobre todo la figura del actor, entran en juego a la hora de enfrentarse a este ejercicio. Es en este punto en que quiero detenerme a reflexionar sobre el trabajo de Villagra y Contreras, que tienen en común varias cosas interesantes, dentro y fuera de la pantalla.

Ambos actores están radicados fuera del país. Villagra en Canadá, Contreras en Argentina. Ambos tienen en el dominio vocal una de sus principales herramientas a la hora de conformar sus personajes. El habla, el tono y la fuerza de la voz, se suman a un manejo preciso del cuerpo y el movimiento, provocando el predominio de la presencia por sobre la idea de la actuación. El Chacal de Nahueltoro (Miguel Littín, 1969) es ejemplo certero de esto, en el caso de Villagra. La Frontera (Ricardo Larraín, 1991) y Sexo con Amor (Boris Quercia, 2003) lo son en el caso de Contreras.

Ser y estar en cuadro, anulando la idea de un actor interpretando a un personaje. Ver El Chacal de Nahueltoro y anular la idea de Nelson Villagra haciendo de José del Carmen Valenzuela Torres. Ver Sexo con Amor y anular la idea de Contreras haciendo de Jorge, el apoderado infiel que tiene amoríos con la profesora.

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Nelson Villagra en El Chacal de Nahueltoro (1969)

Con El Chacal de Nahueltoro asistimos a una performance de Villagra única, que no tiene comparación en el cine contemporáneo. La idea de un cuerpo profesionalizado en el teatro, que se deforma para dar paso a la errancia del no actor en el cine, y que genera a su vez la duda del espectador. Se suele decir que en esa época muchos se preguntaban si Villagra era o no era actor. El gesto facial y la voz son acá fundamentales, no sólo por la trama dramática y la miseria del personaje, sino también por la experticia formal de la cámara de Héctor Ríos y el montaje de Pedro Chaskel, que pareciera que le hacen más difícil la tarea a Villagra para conmover al espectador. Cada momento emotivo en la película de Littín, tiene un movimiento o un corte brusco que rompe la linealidad y deja la voz de Villagra en off. La emoción se mantiene.

De fines de los 60 también es Tres Tristes Tigres, la entrañable cinta de Raúl Ruiz, que tuvo como protagonista también a Villagra, pero con un personaje diametralmente opuesto al de El Chacal de Nahueltoro. El Tito es un paria chileno, que pretende ser más inteligente de lo que es, ideando planes que no resultan junto a su pandilla de perdedores. Representa a ese personaje que nadie respeta mucho, es ingenuo y pareciera que siempre lo están vacilando, como en la graciosa escena del bar. Un grupo de comensales de una mesa vecina cantan a viva voz, y el barman traduce el significado de las canciones que atormentan al Tito. Villagra compone a un personaje que se mueve cadencioso por diversos interiores, esperando que su destino cambie para tener una mejor posición en sus negocios de poca monta. Lo único que cambia es su paciencia, cuando se hastía de su “jefe” (Jaime Vadell) y le da una golpiza.

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Nelson Villagra en Tres Tristes Tigres (1968)

Contreras hace a un profesor que está exiliado en su propio país en La Frontera, y hay en la mirada del personaje una sensación de vacío y resignación, que está por sobre algunas secuencias que nos ejemplifican su situación. Al igual que otras películas de principios de los 90, La Frontera posee un español muy bien modulado, que ha quedado lejano en el tiempo en relación a la actualidad, donde lo que más se busca en el cine latinoamericano, es el habla coloquial y casual. En este contexto, asoma como una virtud que Contreras quiebre los tonos en los diálogos, matizando desde lo vocal la angustia del exilio. Esto queda de manifiesto en la recordada escena en que su personaje Ramiro, tiene un encuentro a distancia con su hijo Hernán, y le canta una estrofa del himno del club Universidad de Chile. Probablemente es la mejor escena de la película. Se mezcla la crueldad y ridiculez de la situación, de un padre y un hijo que deben hablar a unos metros de distancia, pero también la nostalgia y el dolor de la separación. La voz agónica de Contreras aporta emoción a ese dolor que se expone al espectador. También la música instrumental, también la bruma. La escena es un ícono del cine chileno en la vuelta a la democracia.

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Patricio Contreras en La Frontera (1991)

En la antítesis de lo anterior, el mismo Contreras es el protagonista de la recordada película Sexo con Amor (Boris Quercia, 2003), que antes de la aparición de las cintas de Stefan Kramer, tenía el antecedente de ser lo más visto del cine chileno con cerca de un millón de espectadores. Jorge es el nombre de su personaje, que tiene una relación clandestina con el personaje de Sigrid Alegría. Al igual que en La Frontera, es la fuerza vocal el respaldo que tiene Contreras, a la hora de crear un personaje encantador, que se mueve entre la ternura y la desfachatez. No tiene reparos en mostrar su infidelidad frente a los ojos de su pequeño hijo y tampoco logra comprender que su amante esté en plan de reconciliación con su marido (Francisco Pérez Bannen), en la escena en que los ve entrar cariñosos a su casa, escondido dentro de su auto. Lo que viene es otro momento de culto del cine chileno. Su famoso monólogo que encumbra la frase “mala persona” a una expresión de carácter popular, se extiende más allá de la película. La escena está subida a Youtube con numerosas reproducciones y comentarios.  

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Patricio Contreras en Sexo con Amor (2003)

Villagra y Contreras poseen también otra gran coincidencia que los destaca en el panorama del cine latinoamericano. Ambos son protagonistas de dos de las películas más importantes de esta parte del mundo en los 70 y 80. Villagra se luce como el personaje central de La Última Cena, cinta cubana de Tomás Gutiérrez Alea (Memorias del Subdesarrollo), que debe tener una de las escenas más virtuosas en torno a un mismo espacio físico (una mesa en que un conde cena con sus esclavos). Son 40 minutos de estilo cinematográfico, de transición de roles, de talento de un actor que pasa de un estado de lucidez a una borrachera de forma casi imperceptible. Una gran escena de una película poco conocida en Chile (lamentablemente), pero que debiera ser materia obligada para cualquier estudiante de teatro y cine, y para el público interesado en la actuación ante la cámara.

Contreras, por su parte, tiene un papel secundario en La Historia Oficial (1985), película argentina de Luis Puenzo, que tiene en su currículum el logro de ser la primera cinta latinoamericana en ganar el Oscar a la mejor película extranjera. Su rol es el de Benítez, un profesor irreverente y lanzado, que quiere remover la consciencia de sus estudiantes y de su colega Alicia, interpretada por Norma Aleandro. Las escenas de flirteo entre ambos rompen el esquema de un drama que sacudió a la Argentina, al mostrar el caso de los niños robados en la dictadura. Su papel es pequeño, pero es determinante en el giro que tendrá Alicia, en relación a las dudas sobre el origen de su pequeña hija.

La Última Cena y La Historia Oficial representan con autoridad esa idea del orgullo nacional, que cada tanto nos entregan algunos de nuestros artistas con sus trabajos en el extranjero. Una idea de orgullo nacional que para un sector es un lugar común o un cliché, pero lo cierto es que el visionado de cualquiera de estos dos filmes habla por sí solo. 

El entusiasmo de este texto no es más que una invitación para que el público chileno tenga en cuenta a estos dos grandes actores del cine nacional, poseedores de una amplia y diversa filmografía por descubrir.

Hacia el final de este texto se me ocurre interactuar con Villagra y Contreras (1) , para darles la palabra sobre su arte: la actuación.

 

La actuación en cine según Contreras:

La dio James Cagney: «Ponte en tu marca, mira a los ojos a tu compañero y dile la verdad». No es casual la importancia que siempre se le ha dado a la mirada en el cine. Por medio de ella sabemos » la verdad» del personaje. Es la mirada la que nos revela lo que pasa por la mente del personaje, lo que pasa en su interior. Por eso mismo el cine exige a sus intérpretes ser particularmente agudos. Es decir, que comprendan lo más cabalmente posible los pliegues y complejidades de los personajes. (El teatro, en cambio, que no tiene la amplificación del rostro del intérprete y está en general basado en la palabra y el cuerpo en el espacio, en ocasiones puede seducirnos con actuaciones sostenidas sólo en la intuición, el histrionismo, la técnica o la «música» de un intérprete).

La actuación en cine según Villagra:

El cine permite jugar con el espacio-tiempo casi como la realidad de la naturaleza. Además, es un arte de fácil traslado.

 

 


*Periodista, Escritor y Profesor en la Universidad de Chile y la Universidad Mayor. Conductor y Editor Periodístico del programa radial “El Mundo Sin Brando». Autor de los libros “Al Pacino estuvo en Malloco” y “Elogio del Maracanazo”. 

1.  Opiniones extraídas de una entrevista personal realizada a ambos por correo electrónico.