Stefan V/S Kramer: Esto no es lo que parece
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Hace cerca de una década atrás el cine chileno vivía un momento de gran efervescencia, cintas como El chacotero sentimental o Sexo con amor lograban cifras de audiencia por sobre el millón de espectadores, compitiendo en taquilla con las grandes producciones internacionales. En los diez años siguientes, y a pesar de la significativa proliferación de cine producido en Chile, no hubo películas que superaran esas cifras, de hecho entre Machuca del 2004 y hasta Violeta se fue a los cielos el 2011 -ambas de Andrés Wood-, no existieron películas chilenas que lograran más de 500 mil espectadores en salas. Las razones son muchas, están relacionadas y son todas discutibles. Hay quienes culpan a los distribuidores y exhibidores por no darle a las cintas nacionales salas y horarios competitivos, al Estado por no apoyar la distribución, a los privados por no involucrarse en el desarrollo del cine nacional, a los medios por no difundir con mayor énfasis la producción local, al público por no interesarse por las películas chilenas y a los realizadores por dedicarse a desarrollar proyectos demasiado personales, enfocados en los festivales de cine y, en ocasiones, de difícil acceso para un público amplio.

El éxito del estreno de Stefan v/s Kramer –co dirigida y co escrita junto a Lalo Prieto y Sebastián Freund- parece demostrar que una película nacional si puede lograr el interés de inversores privados, distribución internacional y llenar salas. Es evidente que se trata de un caso excepcional, de un actor de gran reconocimiento y valoración masiva que además incluye la presencia de numerosos famosos televisivos lo que sumado, resulta en un producto de entretención y venta asegurada. La gracias es que es bastante más que eso.

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Quienes crean que la película es una seguidilla de gags, de imitaciones graciosas pero desvinculadas o un desfile sin sentido de figuras de la farándula, se equivocan. En Stefan v/s Kramer hay un esfuerzo por contar una historia, una historia de valores familiares, emotiva y accesible. Una historia que, por supuesto, utiliza los cameos, las imitaciones y el humor para dinamizarse y que, por lo tanto, resulta muy entretenida. Pero en mi perspectiva, allí no está toda su potencia.

En un país en donde el humor político casi no existe, y en donde la irreverencia rápidamente se encuentra con amenazas de “acciones legales”, lo que propone Kramer es un respiro. Reírse de los poderosos ha sido, desde hace siglos, un espacio de subversión de la sociedad, de catarsis de los más débiles, un espacio de profundo poder político. Allí me parece que Kramer corre con ventaja. No creo que se pueda decir que esta sea una película militante ni mucho menos, de hecho hay un esfuerzo por reivindicar, de una y otra manera, a casi todas las partes. Pero aún así, en esa exposición de las debilidades, de los puntos ciegos de nuestros “lideres” también hay una posibilidad de reflexionar sobre lo que somos como sociedad, que es lo que admiramos, que es lo que consumimos. Eso en noventa minutos de película me parece que eso es más que meritorio y mucho más que mera entretención.