Sentados frente al fuego, de Alejandro Fernández
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Uno de los signos de la creciente madurez del cine chileno es la aparición de obras provenientes de las provincias y no ya del epicentro santiaguino. Nada hay de peyorativo en esto, por el contrario. Es ahí donde mejor se guardan los ingredientes de la identidad cultural nacional, donde la memoria no requiere de aparatos con botones para conservarse y donde la contaminación de lo global es filtrado por el gusto común, esa sabia respuesta transmitida por generaciones de empatías con la naturaleza.

El chillanejo Alejandro Fernández se ha colocado justo ahí para observar cambios y emociones familiares que afectan al hombre común de una zona determinada, como lo demostró con su anterior película Huacho. Lo que pudiera ser una opción riesgosa para saciar el afán de consumo cinematográfico es una apuesta segura para descubrir verdades más permanentes y sinceras, aquellas que todavía estarán ahí cuando la moda haya cambiado la veleta del gusto transitorio.

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Sentados frente al fuego es un caso raro de narración cinematográfica chilena que se atreve con una historia de amor. Por razones que no podemos explorar en esta ocasión, el romántico es un tema cuidadosamente ausente en nuestro cine, quizás un poco menos en la literatura narrativa y abundante en la poesía. No siempre fue así. Pero podemos suponer que ha sido otro de los temas detenidos o desaparecidos en los últimos cuarenta años. Fernández lo enfrenta y con el pudor de las emociones que manejamos con destreza cotidiana, acepta el desafío muy despacio. Quizás demasiado para el ritmo habitual del organismo del espectador acostumbrado a los sobresaltos y vértigos del consumo cinematográfico promedio, pero eso mismo se transforma en virtud cardinal cuando nos ayuda a descubrir la transfiguración de lo poético contenido en lo doméstico.

Si uno acelera el horizonte permanece inalcanzable, mientras que lo que pasa cerca se vuelve imperceptible y quedamos en un nimbo vertiginoso de fácil precariedad. Fernández opta por los pies en la tierra y su cámara está reposada para develar los ritmos naturales de sentimientos y acciones internas. La escena del gatito sobre la mesa del comedor debiera ser texto de estudio para los cineastas jóvenes, que pensando en los espectadores de la televisión colocan la cámara sobre el rostro de sus actores a tan escasa distancia que podríamos contar los poros del intérprete. Acá en vez hay actuación fina, ritmo cansino y acciones completas. ¡Qué reposo!

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También hay paisaje, porque los personajes surgen de ahí, como toda la cultura nuestra. El paisaje envuelve y suavemente dicta las acciones. Inti Briones, el notable director de fotografía peruano, (también responsable de esa maravilla que es La noche de enfrente, la última película de Raúl Ruiz), ha obtenido bellos resultados con su cámara sin recurrir a “bonituras”, ni énfasis ajenos al relato. Ejemplar es el pudor empleado en la escena sexual, que prima sobre el efecto inmediato que suele exhibir agresivamente nuestro cine. La distancia precisa y la mesura permite describir la relación existente entre la pareja de amantes convirtiendo la escena en un eslabón importante de la historia y no en un elemento ajeno a ella. Nada falta ni nada sobra para entender el cariño implícito en los maduros protagonistas, amenazados por una separación que no buscan y de la que nunca hablan. Las contenidas actuaciones se insertan a la perfección en este cuadro de vida rural, contemporánea y melancólica. Daniel Muñoz muestra una vez más su certero registro en la interpretación de personajes profundamente emocionales y socialmente muy determinados. Con recursos histriónicos contenidos se empareja a la perfección con su co-protagonista, una no profesional de natural talento (Alejandra Yáñez), lo que es una señal más del cuidado del director en su exploración de la verdad más fina del relato.

Sentados frente al fuego es una de esas películas que “andan en batalla de sencillez” y que requieren de un espectador sensible y atento para descubrir sus riquezas. Si se traspasa la valla de su aparente medianía formal se puede descubrir una belleza equilibrada, silenciosa y duradera, es decir las cualidades que en el arte designan lo clásico.