Raíz: Hacia el Chile profundo
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(2013)

Ganar la competencia chilena del Festival de Cine de Valdivia no es poca cosa. En los últimos años ese espacio ha sido el escogido por parte importante de los cineastas chilenos para estrenar sus películas. La competencia nacional de este certamen –considerado por muchos el más importante festival de cine que se hace en nuestro territorio- se ha transformado en un buen lugar para tomarle el pulso a la producción reciente y para hacerse una idea de las tendencias que se hacen espacio en el cine nacional.

La película Raíz –que esta semana llegó a cartelera- posee un buen equilibrio en varios elementos que han sido una constante en las películas chilenas de los últimos años. Es una cinta con pocos personajes, filmada con un tono intimista y con un cuidado trabajo de fotografía. El mérito, a mi parecer, es que esta obra logra ir más allá de esa fórmula y construir un relato con una naturalidad tal que permite que el espectador puede empatizar con los personajes y sus situaciones.

Amanda (una interesante Mercedes Mujica, haciendo estreno en pantalla grande) regresa a Puerto Varas para asistir al funeral de la mujer que la crió. Su madre –una viuda con quien tiene una muy tensa relación- decide que no puede hacerse cargo del hijo de 9 años de la empleada que hasta entonces vivía con ella, por lo que Amanda acompaña al niño en busca de su desconocido padre hacia el interior de Puerto Varas. En el camino los dos personajes sin padre van conociéndose y desarrollando lazos que los salvarán de su orfandad, todo esto en el verde y húmedo paisaje del campo sureño.

Hay varias cosas que andan muy bien en esta primera película del recién egresado de la Universidad Mayor, Matías Rojas. El trabajo en de la dirección permite que la naturalidad de los no actores, como el niño Cristóbal Ruiz y la inolvidable señora Chela, no desafine ante la profesionalidad de la tremenda Elsa Poblete y la joven Mercedes Mujica, creando un tono continuo y creíble a lo largo de la película. Rojas les da espacio, permite al espectador observarlos con calma, pero sin dejar de generar puntos de interés.

Por otra parte, a pesar de la innegable belleza de los paisajes sureños, el director y su equipo no sucumben ante la tentación de transformar los planos en imágenes turísticas, sino que ocupan de manera astuta la presencia de la naturaleza, su riqueza, su verdor, su humedad, como una manera de entender también el aislamiento de los personajes.

Raíz consigue instalar una historia verosímil, crear personajes que logran importarnos y, a pesar de algunos detalles que pueden resultar algo ingenuos, deja abierta una invitación para preguntarnos por ese padre ausente, figura central del Chile profundo que nos habita a todos.