Propaganda
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(2014)

El primer plano de Propaganda es una clara muestra del propósito del documental. Una camioneta adornada con afiches de Bachelet va lanzando por unos altavoces los jingles respectivos. El problema es que avanza en medio del mismo desierto. Salvo el conductor, nadie más será convertido por todo ese aparataje publicitario.

¿Qué tanta sustancia hay realmente en una campaña política hoy en día y qué tan conectada está con la gente? Esto es lo que busca responder este trabajo colectivo de 16 realizadores nacionales. Bajo una estricta mirada que implica siempre un plano fijo (sobre un trípode), una distancia y un encuadre muy bien compuesto que devele algo más de lo que estamos acostumbrados a ver. Una forma que ya ha sido más que probada en Mafi.tv, plataforma desde donde nace justamente la idea de este documental.

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Así, el propósito que la película busca instalar es claro: blanqueados, como los dientes que se ven entremedio de sus sonrisas, la política hoy es más pose que ideas, al mismo nivel que promocionar un dulce o un shampoo. Y este mencionado operativo estético, este distanciamiento que implica no tener una voz en off, ni tampoco un retrato acucioso de los personajes (en este caso 5 de las 9 candidatos de la última elección presidencial), ayuda a configurar este discurso. Porque, aunque pareciera que la cámara simplemente filma lo que sucede, todo el tratamiento y la elección que el montaje hace de lo registrado construye un panorama político más que nada irrisorio, cercano a lo patético. De esto nadie se salva.

De esta manera el filme se hace claro y algo crítico, aunque no tanto como lo sería un verdadero documental político. Porque hay que diferenciar, Propaganda es un documental sobre la política (más bien de los dirigentes), que un documental político. Su compromiso es con el registro, la estética y la captación de “EL” momento que sirva a su tesis (el vacío de una campaña electoral), y deja de lado toda mirada macro y todo compromiso evidente con los actuales cuestionamientos sociales. Si bien se oye y se ve la molestia de la gente en las calles, estas apariciones (fragmentadas y distanciadas igual del lente) sirven sólo para instalar la desconexión entre los de arriba y los de abajo.

Si lo comparamos con ese monumento histórico y político que es La batalla de Chile (o con casi cualquier trabajo de esos años), se puede decir que la opción estética de Propaganda, al igual que el documental de Patricio Guzmán, son un poco reflejos de sus épocas. Si antes la cámara (casi siempre móvil e inquieta) se sumergía en la gente, buscaba formar parte de eso y desde ahí configuraba un discurso y lecturas que buscaban crear conciencia y acción, incluso arriesgando su integridad, ahora se prefiere verlo todo desde lejos, casi volviéndose invisible para sus objetivos y sin un involucramiento discursivo claro. En este sentido, la espera del momento preciso, a veces insólito, incluso pone en duda si lo que se capta está maqueteado o es realmente un hecho fortuito. En el caso de Propaganda, esto es coherente con una campaña donde los candidatos efectivamente trabajan construyendo una imagen, están descaradamente maqueteandose. Es un cine de tiempos ambiguos, de límites difusos. De todas maneras, un cine más de la mano de la exhibición (de un “cine puro”, si se quiere) que del llamado a la conciencia y a la acción. Un cine de otra época.

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Surgen preguntas sin respuesta clara todavía frente a esto: ¿existe un miedo por volverse partícipe y claro; es el descreimiento contemporáneo sobre que el cine ya no puede configurar un discurso político siendo el cinismo y la ironía sus más punzantes elementos críticos; o es la fascinación estética que conlleva la tecnología digital de poder captar por largos minutos un momento, lo que arrastraría de manera intrínseca una efectiva reflexión no sólo sobre lo que se ve, sino sobre la realidad misma?

Gran parte del documental chileno actual, casado con este estilo contemplativo, parece engancharse con los dos últimos puntos. Así, se puede decir también que Propaganda, y su propuesta, es también una respuesta al accionar de los medios de comunicación, donde también se puede lograr una gran calidad visual y técnica, pero siempre de la mano de lo evidente y lo obvio. La idea es mostrar lo mismo pero desde una vereda más cuidada y develadora, que, por lo mismo, conllevarían conclusiones más novedosas y profundas de parte de un espectador, además, liberado del peso de un discurso ideológico durante la película. Aunque habría que preguntarse también qué tan libre y reflexivo es un espectador que hoy vive todo el tiempo bombardeado de imágenes y referencias audiovisuales. También, qué tan inocente es la cámara, por muy estática y lejana, y si el director está consciente de ello. Si finalmente el aparentemente “purismo” de la imagen provoca algo o sólo se contenta con ser eso, simplemente un eficiente registro de un momento. Por todos lados aparecen cuchillos con doble filo.

Finalmente, es claro que Propaganda busca convertirse en una mirada irónica del panorama político y eso se logra de manera bastante notable, sobre todo gracias a un notable montaje que mantiene en alta la atención hacia el abundante material que ofrece. Frente a la pregunta ¿son realmente estos los que nos quieren gobernar, tienen la capacidad? el documental responde con una escena cómica, ridícula o patética sobre el candidato, algo que al masticar mejor, se va haciendo luego amargo y a veces indignante. Propaganda cumple eficientemente con lo que se propone y se convierte, sin duda, en una excelente película sobre algo que desde hace rato todos intuían: el cada vez más desvergonzado show electoral. De todas maneras, las consecuencias que conllevan este tipo de accionar aún esperan su película. Quizás, como decía Raúl Ruiz, primero es necesario “registrar antes de mistificar”. Propaganda, en este sentido, hace bien la tarea.