Papelucho y el Marciano, de Alejandro Rojas
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Los grandes desafíos que implican realizar adaptaciones cinematográficas de clásicos de la literatura no son tan raros en Chile como se suele pensar. La chica del Crillón, La hechizada, Palomita blanca, Coronación, Subterra, Cautiverio feliz, por citar algunos, son ejemplos de una vieja práctica que ha dado resultados dispares y alguna película realmente exitosa. Era cosa de tiempo para que se llegara al mayor ejemplo de nuestra literatura infantil.

Desde el principio era posible imaginar que lo de Papelucho sólo sería posible en dibujos animados, dada la fuerte asociación que las novelas tienen con su gráfica, un caso único en nuestro medio. Por lo que es difícil no tener una imagen previa del larguirucho personaje, implicando un desafío aun mayor, pero que evidentemente no amilanó al responsable de Ogú y Mampato en Rapa Nui . La experiencia de aquella película podía considerarse una garantía de la capacidad del grupo realizador. Y así fue efectivamente considerado a la hora de ganar todos los fondos concursables posibles. Pero eso, claro, nunca garantiza las bondades del resultado.

De partida elegir de todas las novelas la menos adaptable cinematográficamente, aquella en que el marciano está incorporado al organismo del protagonista, tiene algo de imprudente y temerario. Se necesitaba ahí un guionista muy experto para hacer que tal intriga funcionara y eso parte faltando. El efecto invisible del marciano literario aquí se pierde por la obligación que tenemos de verlo, con lo que se resiente enormemente la efectividad de la historia.

Los dibujos buscando modernizar a Papelucho le hacen un grave servicio al despojarlo de algunas de sus características más señeras, olvidando que el personaje siempre estuvo bien anclado en un pretérito indefinido, es decir en una eterna infancia, que puesta en el presente de la pantalla banaliza los alcances imaginativos de sus entrañables aventuras.

Pero eso podría ser un defecto sutil y a buenas cuentas menor si la historia estuviera bien contada. Todos los que hemos admirado ciertos personajes literarios podemos sentirnos decepcionados cuando los vemos en pantalla. La cosa se pone grave cuando comprobamos que los cambios traicionan profundamente lo que imaginamos, especialmente si eso afecta alguna de las cualidades básicas por las que los personajes se definen y en donde se mueven y que en definitiva es lo que los justifica. La película le borra a Papelucho las coordenadas espaciales en las que se vive y algunas de sus peores travesuras se suavizan hasta deslavar lo más delicioso de su trasgresora personalidad.

Lo peor ocurre cuando los personajes abren la boca y un inexplicable acento mexicano termina por descolocar a cualquiera que no lo sea. Pensando en asegurar un mercado internacional los responsables de la película terminaron por diluir torpemente cualquier referencia local. Crimen de lesa cultura que hunde definitivamente la simpatía que el proyecto pudo tener. Todo se vuelve absurdamente de ninguna parte: la ciudad, las calles, los personajes secundarios. El único que no se ve afectado es el marciano, justamente el que debiera estar fuera de su contexto. Pero por otro lado los burdos avisos comerciales nos recuerdan grotescamente que esto debió ocurrir en un Chile, radicalmente negado en la pantalla.

Carente de ingenio, de belleza en los dibujos y de personalidad, Papelucho es un raro ejemplo de desastre total cinematográfico, que compromete seriamente las posibilidades de desarrollo del cine de animación nacional. Que la crítica en su momento no haya señalado nada de esto es una demostración de la buena voluntad que seguimos demostrando hacia nuestros propios productos, a pesar que el producto quiera negar su identidad. Afortunadamente el público fue claro en su veredicto, que de lo contrario correríamos el riesgo de vernos enfrentados a otra posible perpetración de esta índole.