Música Campesina, de Alberto Fuguet
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7 de marzo de 1964
Santiago, Chile

Existe una secuencia en Música Campesina (2011) que nos resulta reveladora, no sólo porque nos permite introducirnos a fondo en el mundo interno de Alejandro Tazo, personaje que seguiremos durante toda la película, sino también porque es una pieza clave que nos entrega algunas coordenadas que definen gran parte de la obra audiovisual de Alberto Fuguet. En la mencionada secuencia, un chileno cualquiera, treintañero y “perdido” a consciencia en la mítica localidad de Nashville, EE.UU. se encuentra solo repitiendo frases en inglés del tipo “I do myself, I go by myself, I made myself…”. La escena no refiere más que a un soliloquio personal, un diálogo interno donde el personaje busca diversos usos del “myself”, sin embargo esa sencilla acción nos permite conectar con un momento significativo, un cambio de nivel en donde la metáfora del “yo” se carga de múltiples sentidos. El valor de sobrevivir por cuenta propia, de proyectar una vida en la más absoluta y radical soledad, lejos de la tierra, el idioma y los códigos adquiridos son algunos vértices que Fuguet explora con acierto y a tono muy personal, con una renovada solidez tras Se Arrienda (2005) y Velódromo (2010), sus anteriores largometrajes.

Durante los primeros cuarenta minutos, Alejandro se encuentra solo en una pieza de motel en la periferia de Nashville. Llama por teléfono a su hermano en Chile y la conversación nos indica que todo marcha perfecto; la ciudad es genial, hay buenas oportunidades de trabajo y se aloja en un hotel cinco estrellas lleno de famosos. Sumergido en una ficción de la que también somos cómplices, le escuchamos decir entre pausas “sí, nos dimos un tiempo” y no sabemos muy bien a que se refiere, como llegó ahí, o a que se dedica. La cámara dispuesta tras la ventana nos invita a contemplarlo a distancia y esa sencilla puesta en escena, diáfana, que también nos reflecta lo que transcurre en el exterior apela al reconocimiento de los espacios internos que se vacían tras el quiebre de las expectativas, el desmoronamiento de un sentido de vida que en el caso de Alejandro lo mantiene en la incertidumbre de regresar a su país o partir de cero en un lugar que le es ajeno.

La poética presente en Fuguet nos despeja caminos ahí donde el personaje transita perdido buscando señaléticas: Alejandro está sólo y confundido en un rincón de América, no sabemos cómo y porqué llegó ahí (ya lo descubriremos avanzado el relato) pero entre retornar a Chile antes de lo previsto o apostar por el desafío de permanecer en un territorio impropio opta por el segundo camino, repactando todo lo que ha construido de sí mismo a sus treinta y tantos y viéndose expuesto a situaciones que tal vez en su país le fueron desconocidas. En su nueva vida, sus oportunidades de trabajo no varían entre la limpieza de baños o piscinas, su alimentación se vuelve un problema (“ustedes los gringos se alimentan pésimo”), sus cálculos financieros son cada vez más frecuentes, le frustra no lograr comunicar plenamente sus sentimientos en otro idioma y el constante “I don’t understand man” lo agota, pero todo este proceso desgastador es una clara consecuencia de las elecciones que ha tomado, el resultado de escoger una vida improvisada que no le deja una huella en negativo, sino que representa un paso adelante en relación al conocimiento de sus límites, ambiciones y temores, y a fin de cuentas, de su propia madurez.

Nashville, capital del estado de Tennessee y sitio emblemático de la música country también  tendrá en este punto mucho que ofrecer a la historia. La ciudad es presentada en un comienzo con una fotografía que remite a postales de espacios de flujo (carreteras, moteles, puentes, carros de comida rápida), generalmente vacíos, austeros y hasta cierto punto casi amenazantes. Transcurrida la primera mitad, la cámara, al igual que el personaje, comienza a transitar por nuevos rincones más acogedores y amables a la interacción, como viejos bares con mesas de pool y pista de baile, pequeños locales de ropa típica y las clásicas tiendas de música, en una de las cuales Alejandro declara al dependiente su profunda admiración por Johnny Cash entremedio de una petición de trabajo.

Todos estos escenarios, siempre con cierto tono de frialdad, amparan al personaje desde la lógica del “lugar común”, figuras que de una u otra forma la cultura popular americana ha transferido más allá de sus fronteras a través del arte, el cine o la música; íconos que Fuguet utiliza también para explicarnos que a pesar de la multiplicidad de diferencias, existen puntos de encuentro imposibles de eludir. Todos estos códigos se visibilizan sutilmente a través de diálogos y coincidencias, como por ejemplo el encuentro de Alejandro con una argentina en una lavandería, secuencia donde por fin puede desahogar su historia de amor frustrado en su idioma nativo, brindándonos las piezas que faltaban para ordenar el rompecabezas de su viaje a EE.UU.

Música Campesina (2011), nos habla de la determinación, de aprender a rescatarse del vacío, de las diferencias y coincidencias culturales, de la integración, la comunicación, la sobrevivencia, la soledad, la música y las posibilidades de conectar ahí donde los lugares comunes no tienen fecha de vencimiento ni límites temporales o espaciales. Una apuesta que Fuguet desarrolla con notable simpleza desde ese territorio íntimo, silencioso y personal donde las incertidumbres derivan en pocas certezas y éstas en metas claras de vida. Del amor como premisa y de la capacidad de abandonarlo todo por un otro que creemos eterno. De la valentía de vaciarse a los “treinta y algo” de todo lo que somos para llenarnos de algo nuevo y del proceso de construirse, deconstruirse y reconstruirse a sí mismo. Del “myself” y sus infinitas posibilidades.