Morir un poco, de Álvaro Covacevich
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3 de noviembre de 1933
Santiago, Chile

Aunque hoy parezca increíble esta película fue un éxito extraordinario en su estreno: 200.000 espectadores en una época en que eso no sucedía con nuestro cine. Ya por eso merecería prestarle atención. Afortunadamente no es la única razón.

Hay que partir reconociendo que el tiempo ha pasado por la película y ha sido inmisericorde en muchos aspectos. Es evidente que hoy no tendría mucho eco y que lo que alguna vez fue una bocanada de aire fresco para un cine anquilosado en las convenciones, hoy resulta ingenuo y elemental. Pero esto está indicando también en que el camino recorrido después fue el que Morir un poco señaló en ese momento. Hoy está superada porque el del realismo sería la avenida más transitada por el cine chileno posterior. Y eso no se debe desconocer.

Un documental sobre la pobreza no es novedad en ninguna parte, tampoco lo era en el Chile de los sesenta. Probablemente conciente de eso es que Covacevich, debutante como cineasta, buscó con más intuición que sistema una estrategia narrativa que le permitiera contrastar realidades sociales sin recurrir a lo discursivo de un análisis político. El expediente utilizado puede que no sea el más feliz, pero en ese momento fue eficaz: el hombre común, o lo que suponemos sea ese concepto, más estadístico que real. De hecho el protagonista no abre la boca (no hay diálogos en toda la película), no se comunica con nadie y excepto por aquello que le vemos hacer en pantalla, que es muy poco, nada sabremos ni podremos suponer de él. Es decir, un anti-personaje. Su vagabundeo sin rumbo y sin ningún otro objetivo que no fuera el de permitir al cineasta detenerse a observar lo que le interesaba, hoy resulta inverosímil narrativamente, pero de todos modos significativo. Nos habla de las escasas luces que tenía un sector social con respecto a sus propias aspiraciones, o tal vez es como lo veía el cineasta en ese momento, que es lo más probable, ya que el personaje protagónico es, como dijimos, demasiado lacónico. Lo que más expresa la cámara es su reiteración de la mirada sobre ciertos fenómenos: pobreza como condición natural de un cierto paisaje, indolencia absoluta de unos por otros, tiempos muertos, diversión del sector acomodado, playas atestadas, una fingida escolar que hace strip-tease.

Es en la duración de estos fragmentos en donde la verdad se impone y termina transmitiendo un pálpito de vida auténtica, que las insuficiencias sonoras no logran amortiguar. La falta de un sentido narrativo claro contribuye por su parte a fijar nuestra atención en lo documental. Que no todo lo sea es más que evidente. La inclusión de un cine que presenta una película sobre los campos de concentración, con leyendas explicativas del mensaje, es de una obviedad casi insultante y parece existir por razones que el cineasta no explica. Como tampoco las vitrinas anunciando viajes al Oriente, o las noticias de los diarios. Todas expresiones de una visión más impostada que real, más ingenua que auténtica.

Si después de todo el recorrido lo único que queda es la rebelión del protagonista, esta se traduce en cortar flores donde está prohibido y entrar a una pileta a bañarse. Como conclusión y gesto contestatario la secuencia es de una insuficiencia absoluta, especialmente si se tiene en cuenta que las formas de expresión social estaban alcanzando en el país niveles mucho mayores que en épocas anteriores.

Pero lo que valida a Morir un poco es su radical distancia con respecto a lo que se hacía por aquel entonces en nuestro cine. Su voluntad de ir a la realidad para permitirle hablar por sí sola ya posee un nivel de expresividad sincera, aun en sus contradicciones intermitentes. De todo eso quedan algunas escenas resistentes a las injurias del tiempo: como la de los niños imitando una banda de rock con guitarras de cartón y la del strip-tease. Eso era parte de lo que éramos y que tal vez seguimos siendo: imitadores, falsos inocentes, vitales a pesar de todo.