Mirageman, de Ernesto Díaz
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(2007)
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1978
Santiago, Chile

Con una excelente recepción de parte del público Mirageman se transformó en una de las películas chilenas más exitosas del 2008. Y es que hay que reconocer que, además de una astuta campaña de marketing, esta cinta posee varios elementos que la hacen destacar al interior de nuestra limitada producción nacional.

Lo primero es valorar la honestidad de este trabajo. El realizador Ernesto Díaz y el actor/productor Marko Zaror – quienes se hicieron un espacio en nuestro cine cuando en el 2006 sorprendieron con Kiltro, la primera cinta de artes marciales filmada en Chile- comprenden las posibilidades y los límites de su género, comprenden también que su protagonista no se mueve en los glamorosos escenarios europeos, ni tiene los recursos técnicos de un héroe hollywoodense. Es un héroe chileno que no tiene poderes sobrenaturales y vive en Santiago. Esto que podría ser un problema, se transforma en la mayor fortaleza de este film.

No hay aquí espacio para las estilizadas coreografías de Kiltro. Mirageman se alimenta del cine de género B, tanto en lo que refiere a las secuencias de peleas –que son toscas y eficientes- como a la estética general de la película que le da un toque setentero a la ciudad en que nos movilizamos todos los días.

Maco es un atlético joven que trabaja como guardia de seguridad en un reconocido club nocturno de la capital. En un violento hecho sus padres fueron asesinados y su hermano menor maltratado al punto de quedar con serios problemas sicológicos. Con esa dura realidad a cuestas el protagonista se aficiona a los ejercicios de artes marciales, hasta que un día decide utilizar sus habilidades para defender a una familia de un brutal asalto. A partir de allí todo cambia.

Cambia tanto en la vida privada, como en la vida pública de este personaje. Desde su aparición, Mirageman comienza a formar parte del panorama mediático. Y he aquí uno de los mayores aciertos de esta película, una mirada novedosa acerca de cómo los chilenos nos relacionamos con la celebridad y la opinión pública. Aparece aquí una juguetona, pero no por eso menos asertiva, crítica a los medios de comunicación y a nuestra idiosincrasia desconfiada y “chaquetera”. En este contexto el heroísmo del protagonista se hace aún más evidente, allí –en el mundo de los medios- en donde los villanos son la mayoría.

Vale la pena destacar que es la voluntad la mayor arma de Mirageman. La voluntad de involucrarse para cambiar las cosas, de transformar su cuerpo en un instrumento eficaz contra los delincuentes y de no darse por vencido cuando todo va mal. Allí esta su poder y su gran potencial de empatía. Por supuesto que a estas alturas, uno podría encontrar demasiado inocente aquello de que “si te lo propones, cualquier cosa es posible” -un mantra muchas veces repetido desde la pantalla grande-, pero eso no cambia que en la lógica de Mirageman todos tenemos la posibilidad de convertirnos en seres extraordinarios. Ese pensamiento poderoso moviliza esta película entretenida y encantadora, un aporte a nuestra mirada sobre nosotros mismos.