«Miguel San Miguel»: la candidez previa a la explosión
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Mucho trabajó el director Matías Cruz para llevar a cabo este proyecto. Al parecer, pesaron mucho los insalvables roces que persisten entre los ex miembros de Los Prisioneros. Todos esos intereses y egos que hay de por medio, que retrasaron bastante su producción y estreno. Al final, el equilibrio se logró centrándose en la figura de Miguel Tapia, el acá protagonista de Miguel, San Miguel, y en desentrañar los orígenes mismos de la banda más influyente del rock chileno, justo antes del éxito.

En su presentación en el Festival de  Valdivia el mismo Tapia (que tiene un cameo en la película) señaló que lo que presenta el filme “es la auténtica verdad” de lo que pasó en esos años previos al álbum “La voz de los 80”. Ahí donde se configuraron los intereses comunes mientras eran compañeros del liceo y caminaban por las calles de una San Miguel combativa frente a una severa dictadura militar que achicaba cualquier aspiración, ya sea profesional o de una vida mejor.

Pero al contrario de esta idea de “realidad” que Tapia mencionó, la película parece correr siempre por otro camino: el de una cándida idealización. Primero, desde el punto de vista formal, la película es de un fuerte (casi exagerado) blanco y negro, como buscando plantar una idea de época a través de esto, aunque la construcción visual de la banda nunca tuvo esta estética. Luego está su desequilibrado montaje de claras costuras, lleno de pequeños saltos temporales (casi de videoclip por momentos) y que también estructura la historia en pequeñas escenas “alumbradas” de momentos y frases trascendentes para el futuro, como aquella maqueteada escena en donde el personaje de Tapia le dice a González: “- ¿Porqué no formamos una banda?” y el otro sorprendido se voltea y le responde: «- ¿Estás hablando en serio? Yo pensaba lo mismo». O también en esa referencia a “Porqué los ricos?” en donde un profesor les dice que sólo el trabajo duro y no el estudio los puede salvar.

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Esta estrategia de aglutinar uno tras otro momentos trascendentes, casi sin intermedios, trae la consecuencia narrativa de que el filme cede obviamente ante la idealización y se aleja del realismo, así también peligrosamente del contexto social y político que los aglutina, al cual (literalmente) los personajes miran por la ventana, pero que paradójicamente todos sabemos que es finalmente el motor de la explosión musical que significaron Los Prisioneros en su momento. Así, San Miguel parece a veces un lugar casi provinciano y por instantes deudor de un realismo mágico criollo, y por otro lado, los tres jóvenes finalmente están más aproblemados por la falta de mejores instrumentos que en saber cómo encarar el duro presente, pareciendo a veces extremadamente cándidos y maqueteados en sus acciones y diálogos. Ello, mientras escuchan a los Beatles, Devo, Gary Numan, The Clash y, paralelamente, de a poco surgen las primeras melodías como la de “Quién mató a Marilyn”, canción compuesta por Tapia y la única de la banda que se escucha en el filme (además, justamente una de las más ilusas canciones de todo el catálogo del grupo).

Con esto, Miguel San Miguel efectivamente logra comenzar a perfilar las personalidades de cada uno: el entusiasmo de Tapia, el genio de González y la inseguridad de Narea, pero todo bastante por la superficie y sin rastrear el germen de esa labia tan ácida como justa de las canciones que vendrían. Así, la explosión de ellos como banda, como concepto contracultural, es algo que aquí se avizora muy poco y siempre más desde lo musical que desde lo político-social, ahí donde se configuraba una generación atosigada y desde donde brotarán las mejores canciones. Acá se muestra una previa bastante adolescente e inocente de todo ello, y con esos elementos busca la emoción y la cercanía. Pero aunque Tapia diga que todo es real, es probable que a los más acérrimos fanáticos les cueste pensar lo mismo ante la falta del nervio que hizo de Los Prisioneros un hito generacional.