Mi Mejor Enemigo, de Alex Bowen
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10 de enero de 1967
Viña del Mar, Chile

La amenaza latente de un enfrentamiento bélico que no llega a producirse no es un tema muy original y el referente cinéfilo no puede ser más prestigioso: El desierto de los tártaros de Valerio Zurlini, suntuosa adaptación de la brillante novela de Dino Buzzati. Pero afortunadamente la película de Bowen no tiene que medirse con ella, pero sí con otra más cercana: El último día, producción bosnia que ganara el Oscar hace algunos años y que narra la suspensión momentánea de la guerra balcánica por obra de una circunstancia casi risible. Probablemente conciente de ello es que la producción chilena no busca nunca la originalidad, ni exhibir una creatividad a la que no aspira. Eso le permite caminar en la tierra firme del oficio y la solvencia formal, lo que se cumple a la perfección, manteniendo al espectador entretenido durante todo el desarrollo, lo que no es poco mérito en nuestro cine, en el que las caídas de tono y de gusto suelen alargar anécdotas que no tenían la ambición suficiente como para sujetarse a la pantalla. Defectos de la inmadurez de un cine joven. Pero Mi mejor enemigo es también obra joven de un cineasta joven, Alex Bowen, en la que jóvenes se ven enfrentados a un mundo de categorías viejas como el mundo.

Bowen para entretener no recurre a expedientes deshonestos, sino que confía plenamente en servir a la sencillez de su guión y a sus simples personajes, todos los cuales provienen de un repertorio de caracteres probados y de situaciones más o menos anticipables, lo que permite al espectador confiar plenamente en las posibilidades de salir satisfecho de la exhibición. Existe la bella que sugiere un amor de los de antes, un gordo simpaticón, el torpe de la tropa, el oficial rígido como un poste y una perra traviesa que ayudará a suavizar las tensiones entre dos ejércitos juveniles que no quisieran tener que entrar en combate.

La modestia del lineal relato comienza a tropezarse consigo misma cuando los aspectos dramáticos toman la delantera. Ahí los actores llegan a su límite manifiesto, mientras por contraste el oficial argentino evidencia a un intérprete fogueado y vital. El director no logra armonizarlo todo con su forma cinematográfica, pero prudentemente la lleva al terreno de la acción física que más le parece congenial. A pérdida va cualquier intento de decir algo más profundo sobre la aterradora situación de una guerra inminente y la película nunca se arriesga más allá de sí misma.

El paisaje es elemento de los menos utilizados por el cine chileno, cuando podría ser nuestra marca de fábrica cinematográfica, pero la cuna burguesa de los cineastas locales los aleja poco de sus encierros urbanos. Afortunadamente a Bowen el paisaje lo ayuda y su fotógrafo tiene la capacidad para captarlo. La Patagonia es de por sí una obra maestra de la fotogenia y como el paisaje es fundamental en el logro de esta historia, estamos ya al otro lado.

Un buen ejemplo de cine narrativo simple y eficaz, que reemplaza con simpatía y amenidad lo que no posee en profundidad ni riqueza formal. Cabría esperar otro intento del cineasta Bowen para alcanzar un espesor de mayor enjundia.