Los Rockers, Rebelde Rock and Roll, de Matías Pinochet
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2 de diciembre 1980

No se inscriban en los registros electorales. No saquen tarjetas de crédito ni compren en cuotas. Si tienen su dinero en el banco, sáquenlo y adminístrenlo ustedes mismos, si pueden reunirlo con otros y hacer una cooperativa, mucho mejor. Si son músicos entérense que a la SCD les importa un carajo sus vidas y su música. Si no nos creen, inscríbanse y pidan agregar más de una carga a su plan de salud… y si tienen buen oído y prestan atención… los dejaran sordos con la tapa!… pero sorpresa!, eso SI pueden hacerlo los miembros de la directiva y los socios de 4ta categoría (porque está dividida en categorías…el que más produce derechos de autor tiene más ventajas y beneficios… pues adivina quienes son los que más producen derechos de autor y más importante aún: como y por qué)”. (Entrevista a Pato Rocker para http://chileanroll.blogspot.com, abril de 2010).

 

Pato y Walter Eddie han sido los miembros más estables de la banda pionera del neo-rockabilly en Chile. Los Rockers, fundada el 1992 y que este 2012 estrena un documental que cierra (o inicia) un gran periodo, esto de la mano de su baterista Matías Pinochet (publicista y cineasta, integrante del grupo desde 2010). Con notorias influencias de Los Prisioneros, pero sobre todo de aquel rock primitivo de Bill Halley, Little Richard o Elvis, luego del fin nominal de la dictadura –y, a la vez, luego de la primera oleada de rock/pop latino y otros experimentos new wave–, la banda acaba desarrollando un autodenominado “rebelde rock & roll”. Una especie de subgénero que se distancia de los asuntos más superficiales y adolescentes del estilo cincuentero revitalizando los problemas que importaban en los ’90 en Chile. Entrar en un nuevo experimento político y social, el trabajo, los barrios, e incluso la autogestión, todo, a partir melodías y ritmos bailables que terminan solo en apariencia siendo cándidos (sin por ello renunciar a la estética del jopo y la chaqueta de cuero).

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Los Rockers; Rebelde Rock & Roll, proyecto ganador del Fondo de Fomento Audiovisual 2011, es una película en el más amplio sentido de la palabra. Si bien reúne varios esquemas de lógica documental (y así llegó a In-Edit 2012), desde un enfoque testimonial en toda su primera parte donde se rememora y problematizan qué han sido Los Rockers durante estos últimos 20 años. Pero también se comienza a tejer una trama donde se perfilan personajes claramente indentificables por sus muchas mañas y virtudes, además de situaciones de una ubicuidad sorprendente (¿ficcionalizadas?, da igual). Luego, con mayor intensidad, se aprecian todas las tensiones, giros y caídas que van consolidando un estable desmoronamiento cuyo objetivo concreto es grabar un –tal vez– último disco y hacer una anhelada gira por México (el bautizo de fuego, el funeral o el triunfo definitivo de todo músico criollo).

De manera inteligente una de sus primeras escenas sitúa a la banda dando una entrevista a un indeterminado medio mexicano, en donde los miembros esbozan algunas palabras de emoción y algunas ideas sobre lo que han logrado. Desde el principio, entonces, sabemos que aquel gran objetivo de alguna manera se cumplirá, pero lo fascinante es que no sabemos –y dudamos– cómo diablos fue posible, pues luego comenzamos a ver en qué estado se encuentra la banda antes de llegar a eso: sus más antiguos y estables músicos evidencian un cansancio y deterioro generalizado luego de las mil y un caídas y los no pocos errores cometidos que van evacuándose y cruzándose. Algunas de estas caídas tienen que ver con el desengaño sufrido a raíz de experimentar el poder de los sellos y el –muchas veces- sucio medio en general, lo que ha llevado a la banda a aplicar un método independiente casi pro-piratería, haciendo hincapié, entonces, en la importancia, por ejemplo, de la irrupción de Internet en un momento clave de su trote (a finales de los ’90).

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Se acude entonces a músicos antiguos, amigos cercanos, un ex-manager y otros testimonios que entre graves e irónicos van dando una idea de cómo se ha mantenido el grupo. Agonizante en algunas etapas, con media docena de bateristas fluctuando, siendo estafados en más de una ocasión o siendo derechamente imprudentes, etc. “Para ganar cuarenta lucas haciendo esta hueá; mejor trabajo”, dice choriado, Flavio, el contrabajista, luego de otro fallido evento. Y es que las reiteradas irresponsabilidades de Walter y la ausencia de un manager dedicado a darle unidad y existencia sustentable al grupo han sido los dos elementos recurrentes, según como la película va apuntando los conflictos a resolver.

Matías Pinochet –o Matt Ronn en la película y la banda–  si bien como es baterista tiene su cuota de participación en cámara, no adquiere un protagonismo ególatra ni desproporcionado. La fotografía la hace en su mayoria Diego Pequeño y el resultado es simplemente formidable, tanto por la dirección en su totalidad, como el mencionado trabajo de cámara y el riguroso montaje. La verdad es que el largometraje se nutre de un sinnúmero de recursos, tanto de diálogos ácidos como muchísimas situaciones cómicas-tensas que hacen progresar la historia hasta tal punto que realmente no es posible recordar todos los pequeños pero sustanciosos detalles que acontecen minuto a minuto, ni menos aun creer que estamos frente a un mero documental sobre una banda de rock veterana.

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De repente salimos por un momento del revisionismo, la nostalgia y los dimes y diretes para situarnos de golpe en un acto político (de izquierda) en la actualidad, cuya maestra de ceremonias es una tal Nata….la nueva y radiante manager del grupo. Nata dice que le dará dignidad al grupo, que lo levantará y que dará un nuevo empuje, realmente profesional. Los Rockers comienzan a tocar en lugares que parecen geriátricos, pero que en realidad son salones adornados con afiches de Allende y sendas proclamas sociales que terminan con el mantra “pueblo”. Esta Nata, un personaje curioso, algo entre Yoko Ono y Jeanine Pettibon, es malhablada, confrontacional y puntuda a más no poder, e implacable a la hora de señalar las torpezas del grupo sin ahorrar, por supuesto, en su repertorio de descalificaciones que ya sabemos dónde aprendió. Con un discurso cada vez más exaltado y demagógico, Nata hace que el grupo comience a ahorrar en base a esta pequeña licencia ideológica: tocar en recintos donde rock&roll es sinómino de imperialismo yankee, música burguesa, u otros denominativos del mismo nivel. Este mal necesario, asumido de mala gana, sigue pavimentando el camino hacia el gran objetivo final con situaciones que continúan esta suerte de sátira mezclada con realismo tabernero; la farsa o el registro documental, es algo que siempre está pendiendo de un hilo pero que en definitiva le da la seductora riqueza híbrida –le creas o no, te guste o no– a aquel “rebelde rock&roll”.