“Los Castores”: El peligro del desequilibrio
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¿Qué pasa cuando para proteger la naturaleza hay que matar animales? El documental Los Castores nos invita a acercarnos a un conflicto ecológico poco conocido en la Patagonia chilena. En la década de los cincuenta, 25 parejas de castores fueron introducidas en la Patagonia para echar a andar la industria peletera. Sin control en su reproducción y sin predadores naturales, hoy son más de 150 mil los castores que habitan el sector y que intervienen el paisaje de la zona causando efectos devastadores en el ecosistema austral. Este es el punto de partida para esta película que sigue a la joven pareja de biólogos Derek y Giorgia dedicados a viajar por Tierra del Fuego evaluando las consecuencias ecológicas del habitar de los castores y eliminándolos.

La propuesta de esta película sigue el estilo de muchos otros documentales “de autor” que por alejarse de un lenguaje televisivo escogen una vía más contemplativa en donde priman los planos fijos y las secuencias cotidianas, entregando poca información al espectador que le ayude a contextualizar lo que está viendo. La película comienza con mensajes escritos en la pantalla que permiten entender cómo se llegó a la situación actual, para luego dedicar el resto del metraje a acompañar a los protagonistas en su cotidianeidad. Pasamos mucho tiempo con ellos, los observamos en sus labores y nos enteramos del sentido de sus actividades a partir de lo que logramos captar de las conversaciones entre ellos y con otros. Y aunque en un sentido general la película se deja entender, queda la impresión de que plantea varios temas interesantes en los que no nos adentramos.

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La paradoja de observar la cotidianeidad de un par de biólogos dedicados a matar animales es lo primero que llama la atención de esta película. Derek y Giorgia son jóvenes y atractivos, viven en una casa rodante y están enamorados. Difícil no simpatizar con ellos cuando los vemos hacer música frente a una fogata o cuando explican a los niños de una escuela en Porvenir el daño que están causando a la flora y fauna de la zona estos simpáticos, pero invasivos animales.  La cámara los acompaña en su investigación, en la que también ellos ocupan cámaras para registrar el trabajo nocturno de los castores y entrevistar a los dueños de grandes extensiones de terreno en Tierra del Fuego para evaluar el daño que estos animales causan en sus dominios. Y allí es donde puede aparecer cierto ruido en la cabeza del espectador, porque ya no es tan fácil empatizar con, por ejemplo, el ex senador Carlos Larraín, uno de los entrevistados y dueño de 96 mil hectáreas en la zona.

Esta tensión entre el daño evidente que hacen los castores a la naturaleza de la zona resultado de la intervención descuidada del hombre hace varias décadas atrás y la actividad de dos biólogos que por cuidar el ecosistema deben matar a estos animales esta explicitada, pero poco trabajada en el filme. Tampoco nos detenemos a reflexionar sobre la propiedad de la tierra en esta zona –que como tantas otras en Chile- esta entregada masivamente a manos de unos pocos terratenientes quienes son los principales afectados por esta plaga.

Los Castores puede ser un filme muy interesante por la gran cantidad de preguntas que plantea y por la potencia de los paisajes en los que se desarrolla, pero narrativamente puede hacerse difícil para un espectador mantener la atención una vez que el problema central ya fue planteado. Quizá en su búsqueda de no instalarse desde un discurso ecológico militante o desde el reportaje televisivo, el documental pierde fuerza en su posibilidad de implicar al espectador en la realidad que le está mostrando.