La Última Luna, de Miguel Littin
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9 de agosto de 1942
Palmilla, Chile

En cierta ocasión un estudiante de cine preguntaba sobre lo que habría podido filmar Littin si no hubiera habido un golpe de estado en Chile. Es poco probable que el aludido haya escuchado esta pregunta, pero lo cierto es que La última luna es una respuesta plausible.

Lo autobiográfico puede ser una trampa narrativa de la que sea difícil salir. Especialmente cuando entre escritores y cineastas las dimensiones del ego suelen ser hipertrofiadas. Casos hay, brillantes, pero escasos, en que el desafío ha potenciado la creatividad, sin mengua del interés ni de los referentes personales. Pero 8 ½  y Fellini  es un caso raro, mientras que de narcisismo narrativo han caído cascadas sobre autores destacables como Truffaut, Godard, Angelopoulos, Pasolini o Cocteau.

Littin no estaba libre de pecado, después de todo Los náufragos no se empinaba muchos centímetros sobre la auto referencia. Pero el probable ejemplo de Elia Kazan en América, América pudo haber sido un aliciente para enfrentar su propia historia familiar con la amable distancia que el tiempo da a los hechos que nos determinan antes de ser nosotros mismos. Eso ayuda a delinear una perspectiva y una lucidez que le estaba haciendo falta a su cine.

Un buen fragmento inicial de la película nos introduce en las coordenadas en que se origina la emigración palestina hacia Chile, aunque no logre explicarlas muy a cabalidad. Después de todo reducir un enorme problema político como el vivido por Palestina entre ocupantes turcos, luego ingleses, en paralelo con la continua llegada de judíos, no es de muy sintética reducción narrativa. Pero en aras de una claridad, quizás algo didáctica, Littin busca contextualizar la anécdota central dentro del problema político y no siempre las soluciones a las que llega son las más felices y originales: documentales de época y una voz narradora que no siempre es congruente con lo que vemos en pantalla. Pero los más perjudicados son sus personajes, a menudo obligados a responder a las necesidades de la explicación más que a su propia vida narrativa. En todo caso el oficio del bien elegido reparto ayuda bastante a paliar la unidimensionalidad con que están descritos los personajes.

El mérito mayor está en la convincente puesta en escena, la que en todo momento hace creíble ambientes, costumbres y circunstancias, lo que no es poco decir al tratarse de una cultura completamente distinta a la nuestra. La escena del matrimonio de los jóvenes hijos es la mejor muestra de ello, aunque no veamos la partida de los niños hacia la lejana tierra chilena. Aquí se manifiesta la difícil relación entre lo individual y lo colectivo que suele asolar al cine de Littin, en el que lo emocional se termina doblegando a las necesidades del discurso político, o en este caso a lo histórico, que es otra forma de lo mismo.

La casa que el protagonista ayuda a construir a su amigo judío, proceso que termina contándose más que viéndose, debiera ser un símbolo que rápidamente pasa a pérdida en términos narrativos y la llegada de una mujer judía herida concluye fracturando el delicado relato para transformarse en una nueva acentuación de la ingenuidad bondadosa del protagonista. A poco andar la pareja de judíos terminarán en la cama, en la escena menos convincente del relato, precipitando hacia un maniqueísmo conclusivo que parece forzar todo hacia un final que tiene la obligación de recordarnos el muro que hoy divide a las dos nacionalidades en conflicto.

De esta manera la interesante premisa inicial se ve traicionada por la voluntad de decir algo específico, impuesta quizás por las exigencias productivas, pero que el relato no necesitaba para justificarse. Había material suficiente como para que todo hablara por sí mismo sin necesidad de imponer desde fuera la lectura interpretativa que el cineasta hace sobre un guión de personajes.

Quedan la bella remembranza de una cultura periclitada, la evocación de la ingenuidad porfiada del protagonista, de la dulce belleza de su mujer, (Tamara Acosta con su habitual solvencia), de un paisaje árido amado por los que lo habitan y de la más singular película chilena nunca filmada, íntegramente hablada en árabe y cuya única presencia visual en pantalla es la de un grabado de Arturo Prat.