La última estación, de Catalina Vergara y Cristián Soto
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Un asilo de ancianos, en donde abundan los silencios, esas constantes e incontrolables siestas, las miradas perdidas y, paradójicamente, la soledad. Porque si bien hay muchos, la conexión con el mundo exterior parece cesar en el preciso momento en que se llega ahí. Son estos ambientes en donde se adentra La última estación de Catalina Vergara y Cristián Soto, a través de una serie de planos fijos, rigurosamente diseñados, estéticamente perfectos, se plantea con la intención de disparar efectos que vayan en pos de acercarse a concepciones trascendentes sobre la muerte en contraposición con una vitalidad que ya se les escapó. Planos que acentúan rigurosamente, en todos, sin excepción, actividades cotidianas que buscan una ocupación para agotar minutos, rellenando vidas que no sólo se ven agotadas, sino que constantemente están rebalsadas de nostalgia hacia el hogar, el que abandonaron o del que directamente echaron.

En sus 90 minutos la película hila estos cuadros rutinarios, que los directores lograron establecer en un período de grabación de alrededor de 5 años. Un largo y dedicado rodaje que explica los hilos narrativos que se conforman. Esto queda claro en la historia que es la columna vertical del documental: la de Morena, una anciana que apenas camina, escucha y ve. Ahí llega su hija a dejarla, ahí también están junto a ella un par de compañeras de asilo que la miran con compasión al verla sola y abandonada, transformándose en un espejo horrible de ellas mismas. Ahí se ve su decadencia, su camino irremediable hacia la muerte.

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Imágenes que no dejan indiferente, que además trae la reflexión sobre la ética de qué es digno de filmarse o no. En este sentido, La última estación se emparenta fuertemente con los efectos buscados por otra dupla de realizadores: Bettina Perut e Iván Osnovikoff. Vergara y Soto, en su propuesta de pararse en el límite final entre la vida y la muerte con una libertad abrumadora, están conscientes de que lo que buscan no es el efectismo, ni la mera superficie de lo que registran. Así, esa distancia silenciosa y la quietud que mantienen frente a los ancianos no es ni cómplice, ni fría, sino que son encuadres que están buscando esos huecos que reflejen, más allá de los individuos y sus actos, al asilo como ese lugar amargo en donde la vida no parece entrar. Ahí, en donde lo vivo y alegre es sólo exterior. Resultan así más que conmovedoras esas luminosas ventanas donde se ven niños jugando o árboles florecientes que crecen a la entrada del asilo.

Una confrontación visual que además se da como totalidad y nunca como una manipulación evidente del concepto final: la presencia de la muerte y, como consecuencia, la reflexión sobre la fugacidad de la vida. Algo que finalmente va más allá de la estadía de Morena o de otros notables personajes como el anciano locutor de radio que da continuamente aviso de las muertes del asilo y graba sonidos de la naturaleza, buscando darles las últimas cuotas de vida a los viejos o apelar ya a una frágil nostalgia. Es a través de él, con esas imágenes capturando sonidos en un lago, al borde del mar o en la cima de una montaña, en donde lo onírico también toma cuerpo. Donde lo poético se posa de manera natural sobre la película.

La última estación es un documental ambicioso, deslumbrante en varios momentos, aunque algo excesivo hacia el final en su duración. Pero con todo, sus ansias de remoción conceptual y su delicada búsqueda de construir emociones a través de lo indecible, lo instala como una película importante dentro del cine documental chileno de esta recién iniciada década.