La restauración de Caliche Sangriento: el rescate de una odisea fílmica
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21 de febrero de 1930
Santiago, Chile

«Deberíamos aceptar la idea de hacer un cine insulso, sin contenido y para mentalidades primarias». Esta fue la irónica réplica que en 1969 dio Helvio Soto (1930-2001) a la medida del comité de calificación cinematográfica que censuraba su nueva película, Caliche Sangriento, por «herir la dignidad nacional». Hasta Salvador Allende, tras ver el filme junto al director, quedó impresionado con la visión crítica que la cinta poseía respecto de la Guerra del Pacífico, plasmada en la historia de un maltrecho batallón chileno que cruza el desierto. Para Soto, esa guerra se había peleado a favor de los intereses comerciales norteamericanos. Toda la gloria y heroísmo del ejército chileno había sido en vano.

Pocos recuerdan que el filme logró estrenarse finalmente, debido a que la prensa no informó de ello, pasando a la historia como una película prohibida. Tras el golpe de Estado los negativos originales se perdieron sin remedio y, aunque ha sido exhibida en TV, sigue siendo una película muy poco vista. Todas estas historias -apoyadas también por las buenas referencias que la llevaron incluso a ser proyectada en Cannes en 1970- la han convertido en una verdadera leyenda del cine chileno.

Ante ello, a fines de la década pasada dos alumnos de Helvio Soto en la Universidad Arcis, Luis Horta (actual subdirector de la Cineteca de la U. de Chile) y Carlos Ovando, tuvieron la idea de restaurarla. Pero al proponérselo a su maestro, recibieron una recriminación. «Nos dijo que no la recuperáramos, que no era tan buena, pero en el fondo la consideraba su película más lograda», recuerda Horta.

Pero no dieron pie atrás y el proyecto tomó fuerza, obteniendo fondos que posibilitaron una empresa poco común entonces. De eso ya han pasado casi 10 años de arduo trabajo técnico e investigativo, que vio su fin el 18 de enero del 2008. Dos copias totalmente restauradas del filme pasaron primero por México -donde se afinó el sonido- y luego arribaron a Chile para exhibirse en el Arte Normandie, lugar de su estreno original. Fue ahí mismo donde Horta y Ovando encontraron dos copias en pésimo estado de conservación, pero que sirvieron -junto a una copia en video de la televisión alemana- para reconstruirla íntegramente.

Con miras a editarla luego en DVD, los restauradores han acumulado detalles inéditos de la filmación, como el hecho de que para crear el efecto de neblina había que reunir a varias personas para que fumaran alrededor de la cámara. Según Horta, «a pesar de ser a color era una película de muy bajo presupuesto, que Soto logró hacer gracias al financiamiento del productor Alejandro Villaseca, quien creó conjuntamente con el cineasta la productora «ICLA Films» (Industria Cinematográfica Latinoamericana». Con ese dinero, el equipo técnico de sólo cinco personas -entre las que se contaba Silvio Caiozzi como director de fotografía junto a los actores protagónicos –Héctor Duvachelle y Jaime Vadell, entre otros- se instalaron en Antofagasta para comenzar el rodaje.

El ejército supuestamente leyó el guión y vio en él una cinta que enaltecía a la institución, por lo que prestó toda la ayuda técnica posible y los traslados diarios al desierto, donde filmaban hasta que el sol se ponía. Desmayos e insolaciones hicieron merma en el equipo, pese a que cada toma jamás se repetía por el poco material fílmico con que contaban. El resultado final -un sólido filme épico con tintes de spaguetti western- satisfizo a Soto.

Casi 40 años después, esa fuerza y las ganas que le impregnó fueron la inspiración para que dos de sus alumnos la rescataran del olvido.