La Rabia Chilena
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(2006)
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1971
Coyhaique, Chile

La película chilena Rabia (sí, chilena, valga la aclaración, ante la similitud del título con otras cintas), realizada por el cineasta Oscar Cárdenas en el año 2006, se instala con propiedad en ese tipo de cine que sin hacer alarde de sus cualidades, expone una temática y un problema, desdramatizado, que invita al espectador a cuestionarse el estado de las cosas en su sociedad. Probablemente esa búsqueda de cuestionamiento no sea ni haya sido el principal objetivo de su director, pero eso poco importa, cuando los elementos expuestos en la pantalla se conectan con eso que uno reconoce en la vida diaria e identifica de forma inconsciente.

Una de las cosas más gratificantes para un espectador de cine es que la película hable por sí sola y no sea necesario buscar las voces de su equipo creativo, para comprobar o confirmar lecturas y apreciaciones. Voces que a veces hablan más de la cuenta y no son coherentes ni honestas con lo que uno ve en pantalla.

Rabia es una película autónoma de cualquier adorno e información complementaria. En sus virtudes y en sus errancias. Es una película social, sin recurrir a imágenes de sufrimiento explícito. Es marginal, sin estereotipar poblaciones desoladas. Es graciosa, sin que sus momentos de gracia alteren sus intenciones críticas. Es precaria, sin que sus personajes lo sean. Es resentida y se siente orgullosa de serlo, porque refleja con honestidad a través de miradas y gestos sutiles, lo que un personaje vivencia en un contexto de inequidades de todo tipo.

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Una película social, no es otra cosa que una película que habla de una sociedad, sin importar sus tratamientos o formas fílmicas. Muchas cintas se configuran de esta manera como películas sociales y lo logran, pero evidencian problemas que alteran sus ambiciones y la credibilidad de sus contenidos. Uno de los principales, es el no conocimiento que tienen sus realizadores del problema a tratar.

En el caso de Rabia, la exploración de un personaje que busca trabajo en Santiago de Chile, con la espera como mecanismo reiterativo y extenso, es sumamente certera. Tan certera que agobia. Agota. Repele. Y esa es la razón de que la película pueda ser incómoda para un público impaciente. En su afán de coherencia, Rabia podría perder su conexión con una audiencia acostumbrada a ver un cine donde pasan grandes cosas. Ahora, superando el prejuicio, tenemos una película fresca, que se las ingenia para, a partir de la indagación en la cesantía, atraer al público que llega a ella.

Camila Sepúlveda (Carola Carrasco), una secretaria de 25 años, busca trabajo en Santiago. Va a distintas oficinas, informada por el diario, para asistir a entrevistas laborales. Estas se van intercalando con sus momentos de espera en los distintos lugares.

Camila se va encontrando con otras mujeres que están en la misma búsqueda y así vamos conociendo su carácter, su pasado y su historia. Así también vamos encontrándonos con personajes reconocibles en nuestra sociedad. La mujer atractiva, segura de sí misma que le saca partido a su coquetería, la mujer madura, que aproblemada, piensa que no la seleccionarán por ser vieja, entre otras. Camila Sepúlveda es un personaje marginal. Está al margen de un factor de validación social, como es el tener trabajo. Está cesante hace un año en una sociedad chilena que ha utilizado la consigna «creación de empleo», como principal promesa política en los últimos años. Pero a diferencia de otros personajes marginales del cine chileno, no anda amargada por la vida, ni tampoco es violenta. Es simpática, amable, cordial, características que la hacen empatizar con un espectador que ya insertado en el contexto de la historia, se convierte en testigo del drama de esta mujer. Un drama que está lejos del melodrama. La película se esfuerza en desdramatizar sus acciones. En hacerlas parcas y frías. Sin embargo, pese a esos intentos, Rabia y su estructura hermética, poco a poco va acercándose al espectador. Nos hace cómplices. Nos emociona y nos disgusta a la vez. Y en esto, es importante destacar a la actriz Carola Carrasco, rostro no habitual en el cine chileno. Su forma de manejar los tiempos en los diálogos y en los gestos, hacen que el personaje sea creíble. Su rol es medido, jamás se sale de la norma de templanza que tiene la situación en que está inmersa. La actriz resiste el primer plano con dignidad, sin la tentación del gesto postizo. Tal como su personaje resiste la espera y sus consecuencias. Camila Sepúlveda es un personaje de resistencia.

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Oscar Cárdenas es un realizador astuto. Las situaciones dramáticas naturales que se dan por las cualidades de la película, él las frena, esquivando recursos facilistas y exacerbando el principio básico de Rabia: la espera. Camila espera y, en tiempo real, el espectador espera con ella. Camila fotografía una pared en una sala vacía y no importa por qué lo hace. Ese gesto insignificante propicia la naturalidad y espontaneidad de su personaje, que evita la desesperación. En este instante, cuando han entrado dos mujeres más a la escena, que también esperan que las llamen para la entrevista laboral, sucede uno de los momentos más graciosos de la película. El sicólogo llama a la siguiente, que es Camila, y entre las otras dos chicas que esperan -que andan juntas-, hay una que conoce al entrevistador. Es un viejo amigo. Presenciamos una escena de recuerdos estúpidos del pasado, que nos evidencia uno de los grandes baches de la sociedad chilena, “el pituto”, como nunca antes se había mostrado en el cine chileno. La cámara se queda con la mujer, que se ríe por haberse encontrado con este sicólogo laboral, ex novio de su hermana. Su amiga la mira con odio. Camila sigue esperando.

Rabia expone situaciones y personajes variados. Pese a ser una película de pocos recursos, es ambiciosa retóricamente. Desde su sitio, pretende extender sus ideas a todos los sectores sociales. Quizás en esa búsqueda es que cae en algunas exageraciones, como la escena en que Camila se encuentra con una ex compañera de colegio, que hoy es una exitosa publicista. O la escena en que vemos a Camila en lo que podría ser su primer día de trabajo (o día de prueba) y su jefe la reta furibundo, por un error. Este es el único momento de quiebre que posee la película. Fallido, exagerado, pero desde el punto de vista del guión y la dramaturgia, necesario. Es el instante en que Rabia se desmarca de otras referencias cinematográficas con las que tiene similitudes. El director es un reconocido admirador de Aki Kaurismaki. Varios primeros planos y planos medios de Carola Carrasco, recuerdan a Kati Outinen, actriz finlandesa fetiche de Kaurismaki, en películas como La chica de la fábrica de cerillas (1989) y El hombre sin pasado (2001). Hay similitudes también entre el personaje de Carrasco y el personaje de Mirella Pascual, en la gran película uruguaya, Whisky (Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll; 2004). Rabia mantiene ciertos vínculos en torno al desaliento con estas películas, pero se diferencia de ellas al entregar una sensación más cruda en su totalidad. Recordemos que el momento “gracioso” de la película de Cárdenas, citado anteriormente como la escena del pituto, es gracioso justamente porque provoca rabia.

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En la escena final del filme, vemos a Camila en una entrevista laboral (la misma que se intercala con los otros momentos de la película). ¿Eres feliz?, pregunta un personaje fuera de campo. Ella responde “no” y luego sonríe. En su rostro risueño, podemos ver el dolor y la impotencia de este personaje chileno, afectado por la cesantía. Es un final inusual y lleno de poesía.

Rabia es una película especial en el cine chileno del nuevo siglo. Es una película crítica, pero crítica de verdad. Su director podrá negar o afirmar su interés de haber hecho una cinta sobre una problemática social chilena, pero eso poco importa. Rabia habla por sí sola.

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* Periodista. Profesor de la Universidad de Chile y de la Universidad de Santiago. Conductor y Editor Periodístico del programa radial “El Mundo Sin Brando» (www.elmundosinbrando.cl).