La Cueca Brava, una Fiesta Interminable, de Ricardo Romero
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Cuando la ciudad comienza a teñirse de los colores patrios, la cueca se convierte poco a poco en la gran protagonista del mes de septiembre. En fiestas, fondas, colegios o en cualquier íntimo evento más de algún valiente, con mayor o menor suerte, intenta moverse al ritmo de nuestro baile patrio.

En medio de los festejos patrios el documental La Cueca Brava, una Fiesta Interminable de Ricardo Romero se suma al espíritu nacional y se instala en la cartelera del Centro Cultural Alameda. La producción realiza un recorrido explicativo de la denominada cueca brava o urbana, desde sus orígenes, fechados a comienzos del siglo XIX en las denominadas chinganas, hasta hoy, cuando el género se ha revitalizado gracias a jóvenes bandas como Las Niñas, Las Capitalinas, Los Trukeros y 7X3 21, banda liderada por el actor Daniel Muñoz.

La cueca brava tiene una atmósfera de festividad, jolgorio, alegría, incluso sensualidad en sí misma, características que la diferencian de la denominada cueca tradicional. En este movimiento abunda la improvisación, la osadía, aquello que sólo la urbe, la bohemia y la chilenidad entregan. Lamentablemente ninguno de estos elemetos ni siquiera consiguen asomarse en el documental. Será recién hasta la aparición de Margot Loyola- después de 30 lentos y narrativos minutos- quien entrega anécdotas de su trayectoria y la de “Nano” Núñez y consigue con ello- por fin- impregnarle a la cinta un poco de aquel espíritu tan propio de la cueca y que tan necesario resulta en la narración. Una vez conseguida la atmósfera, una poco acertada decisión del realizador interrumpe el momento con las delcaraciones de la ministra de cultura Paulina Urrutía quien se refiere a la internacionalización de la cueca.

Tras esa interrupción volvemos al largo camino en que la producción consigue alejarse de la excesiva narración, alcanzándolo sólo cuando se llega a la figura de Roberto Parra, exponente del género que es abordado desde la perspectiva de Álvaro Henríquez, vocalista del grupo Los Tres, quien a punta de anécdotas y datos poco conocidos respecto al folclorista consigue reencantarnos nuevamente con el relato.

La Cueca Brava, una Fiesta Interminable concentró sus esfuerzos en que quedase claro qué es la cueca urbana, cuáles son los elementos que la distinguen de la tradicional, quienes son sus exponentes y como ellos la definen, más que en permitir al espectador empaparse del contagioso ritmo, estilo y chilenidad que le son tan propios. Carente de aquella construcción y mirada personal, auténtica y que genera empatía, la producción es más efectiva como un extenso reportaje- que con éxito ocuparía minutos en las tardes dedicadas a ellos en los canales de televisión abierta- que como un trabajo documental.

En relación a los aspectos técnicos, las transiciones entre los planos le restan fluidez al relato, impidiéndole además transitar con naturalidad entre los distintos aspectos de la cueca como las historias de músicos, bailarines, barrios y dotándola de una excesiva narración que a ratos hace eterno el recorrido por los exponentes del género.

A La Cueca Brava, una Fiesta Interminable le falta aquello que está tan presente en la cueca, aquel espíritu, atmósfera, ritmo, chilenidad, autenticidad e incluso prepotencia que son el condimento de este movimiento. Porque más que comprender a cabalidad qué entendemos por cueca brava y de dónde proviene el término, este género tiene que ver con barrios, historias, ritos y tradiciones, algo que no se consigue instalar en la pantalla por el sólo hecho de conseguir que todos los involucrados hablen al respecto.