La Batalla de Chile: La trizadura del reflejo chileno

Un Chile que fue y que ya no existe refleja La Batalla de Chile, como el efecto de un espejo deformado por los años y cuya trizada imagen nos pregunta qué pasó con ese país. La panorámica de un Chile que para millones de ciudadanos -igual que para mí nacido en la UP, un mes antes del Golpe-, parece sacado de una película, lo que en rigor ocurre, pues la realidad ha sido reconstruida por la cámara y el montaje a partir de la elocuente mirada de Patricio Guzmán. A fin de cuentas para las generaciones post 11,  la única manera de aprender esa desconocida historia ocurre a través de las chispas que entrega el cine, los archivos de prensa y las expresiones del arte que preservan la huella de esos años. Testimonio de una época tan diferente a la que vivimos hoy, que 40 años parece una cifra cronológica minúscula respecto al abismo entre la realidad del Chile retratado y el actual. No sólo por el apasionamiento y el sentido de clases -sin contar con la polarización inherente a la Guerra Fría, detonada en un país que llegó al socialismo por el voto-, sino que admira, y a la vez da envidia, la capacidad de cualquiera de los ciudadanos entrevistados para articular, con sus más y menos, un discurso coherente. En los tiempos que corren, ese ejercicio intelectual de hablar a una cámara a escala popular no se avizora muy optimista, sino basta con vitrinear a nuestros compatriotas en youtube. Ese desastre educacional para generaciones, hoy tan visible, inicia su oscurantismo con el conocido “apagón cultural” y la escolaridad pública administrada por los municipios durante la dictadura.

En más de una manera los rostros que se exhiben nos parecen conocidos, incluso los mayores de 50 sentirán cierta familiaridad, pero aún así a cuatro décadas de su filmación el relato de los personajes suena a ciencia ficción. Extrañeza no porque se desconozcan los antecedente políticos e históricos, sino porque esa vital vehemencia por querer cambiar el mundo en Chile fue anulada por completo. La gente en las calles, el clamor popular, la política en sintonía con las demandas ciudadanas surgen como fotos a un país que resulta casi imposible de reconocer. Tal vez no sea exclusivo de Chile en el planeta, las grandes utopías y su manifestaciones no se han repetido desde el Mayo francés, Woodstock, la lucha por los derechos civiles en EE.UU. El grave problema es que acá, frente de la evidencia que entrega La Batalla de Chile, abandonamos el compromiso ciudadano para degradarnos en consumidores.

Un puzzle trágico resulta verse el espejo y no encontrar el reflejo esperado, momento cuando la película despega de su condición narrativa y abre un espacio a la grandeza, que consiste en revisar la memoria y preguntarse el por qué de la desaparición de esa identidad. Aún más abrumador; dilucidar la respuesta sobre cuál es nuestra identidad actual. En esa confusión de emociones que aviva el lúcido y  sereno análisis que propone La Batalla de Chile, se nos plantea la representación de la realidad durante la UP en tres capítulos diferentes y no uniformes: La insurrección de la burguesía, El Golpe de estado y El poder popular.

Quizás por ese afán idealista, esencial e indispensable en los jóvenes realizadores, la narración no recarga tintas con la esperanza de proyectar con transparencia los hechos. “Pluralista” ha definido Guzmán el tono del trabajo, y mantiene una cautela que acompaña con particular énfasis la narración y montaje de La insurrección de la burguesía, el primer episodio del documental.  En comparación, muy distinto a la apuesta estética de El poder popular en forma y fondo, pues el acento ilustrativo y didáctico del capítulo inicial varía a uno más arriesgado y lúdico en el segundo (El golpe de Estado) y tercer episodio. Audacias audiovisuales que se grafican en la tercera entrega como el magnífico plano secuencia de una panorámica aérea al interior de una fábrica destinada al área social o los zoom out a la misma empresa al son de música de fondo. Una  manera artística de poner de relieve, sin frases altisonantes, la adhesión de la película a la defensa de la participación de los trabajadores en las riendas del capital.  

Se entiende La insurrección de la burguesía como un mapa sinóptico del estado de las cosas, con un énfasis informativo y analítico, y donde incluso la prudencia deja al sustantivo dictadura apenas audible. De hecho, si se compara con La memoria obstinada o Nostalgia de la luz se vislumbra como un documental no desapasionado pero si muy consciente de los equilibrios. Si el registro en contadas ocasiones no se centra en los protagonistas de los hechos, prefiere hacer foco en personajes secundarios significativos, e incluso por momentos la cámara se pone juguetona como cuando en plena trifulca callejera el cameraman se detiene en el letrero de “Violencia en la ciudad” con Charles Bronson. Un guiño de metalenguaje en el fragor de correrías con cámara al hombro. Ideas fugaces que cruzan casi como un pestañeo, mientras otras más contemplativas surgen al escrutar la totalidad de las intervenciones de Allende, vistazo en el que se confirma los virajes anímicos frente la convulsionada realidad. Desde el combativo lenguaje que denuncia a la “oligarquía terrateniente bancaria feudal”, a instancias más propicias al diálogo y así sumar fuerzas para salvaguardar al gobierno. Matices que eluden la figura canónica y marmórea sobre Allende, además porque el documental no se centra sobre él y su sacrificio final sino en “La lucha de un pueblo sin armas” como señala el subtítulo de la obra. El triunfo de Allende detona los cambios, pero estos sobrepasaron la dirección que podía ejercer el Ejecutivo, tal como se desliza del contexto de La batalla de Chile. La acción de las masas en la calle, el tejido social que se nutre en las multitudes va mutando a medida que pasan los días. Si bien, en las manifestaciones de derecha nadie confiesa a cámara sus reales intenciones, si descoloca que los partidarios de la oposición en marzo de 1973, respecto a las elecciones parlamentarias, declaren frente al pregunta “Ud. cree en la vía electoral o en otra vías” que la mayoría de los encuestados mencione el camino electoral como la única salida para derrotar la UP. Frases que más allá de la condescendencia aclaran que a partir de la derrota de los partidos de derecha y DC -sobre sus propias expectativas en las parlamentarias- aceleran la intención golpista.

Prueba de ello es el vibrante e inolvidable final de La insurrección de la burguesía, donde somos testigos del “Tancazo” ocurrido el 29 de junio de 1973, a partir de la imagen trágica e imborrable de la muerte del mártir del periodismo, el argentino Leonardo Henrichsen. El asesinato del camarógrafo Henrichsen, filmado por él mismo, supera la habitual seguridad que siente tener la prensa en conflictos armados, y hace parecer como un intelectualismo el concepto planteado por “Pepping Tom” (1960), al transformar ese trozo de celuloide en una snuff movie involuntaria y aterradora. Pocas imágenes plasman con mayor crudeza la fragilidad del estado de derecho (además de Henrichsen murieron 25 personas más) y confirma cómo el Golpe estaba a un paso de concretarse.  De este modo doloroso, nos enteramos que La batalla de Chile no sólo es una cápsula de la historia que no quisieron contarnos, sino que constituye un esfuerzo cinematográfico de largo aliento y teñido de leyenda. Épica que tiene su aspecto más funesto en la desaparición en 1974 de su camarógrafo Jorge Müller Silva, a quién está dedicado el documental. Tras un epílogo perturbador, se da comienzo al capítulo El Golpe de estado, que surge en su rol antítesis al interior de un drama de 3 actos -aunque en rigor El poder popular no es la conclusión sino una respuesta a los dos capítulos anteriores- con un ímpetu que deslumbra y un uso lírico de la imagen y el montaje que nos regalan algunos de las secuencias más memorables de todo el documental.

El documental como espejo del futuro 

En la variedad de atractivos que ostenta el segundo episodio, existen escenas que fascinan, revelaciones palpitantes que logra el equipo de Guzmán y que subyugan a mirarlas compulsivamente, con la expectativa de que en la repetición se pudiese escudriñar un poco más de verdad, casi como si uno fuese un detective con su lupa.

No puedo dejar de comentar la escena a la que vuelvo una y otra vez en el reproductor de dvd, la vociferante y encendida oratoria de Jaime Gazmuri. En apenas 2 tiros de cámara (plano general al estrado, plano medio a Gazmuri de costado algo contrapicado -enfoque incómodo pero con una vista única- y que luego repite el plano general), vemos la energía desbordante con que Gazmuri, secretario general del Mapu Obrero Campesino, insta a que los sectores no golpistas de la DC a incorporarse a la búsqueda de un entendimiento con el gobierno. En el metraje minutos antes la locución menciona el nombre de Fernando Castillo Velasco como una opción para integrar el gabinete, incluso hay un par de declaraciones del propio Castillo Velasco, pero a la postre no se concretó el ingreso a la UP del recientemente fallecido arquitecto.

Esta persecución de acuerdos para dar solvencia al gobierno y que algunos líderes lo entendían como algo prioritario para detener la posible debacle, como Gazmuri quien era un convencido de ello. La secuencia que ejemplifica su postura es asombrosa, más allá de la escasez de recursos y en consecuencia se hace vista gorda al audio fuera de sincronía con la imagen de Gazmuri, (se nota que Bernardo Menz era el responsable de tener todas las “cuñas” enteras frente a la carencia de rollos de celuloide). Una trivialidad que no empaña el vigor de la secuencia, porque Gazmuri, un rockstar, con los brazos en resuelta arenga a sus correligionarios impresiona, y por eso a pesar del desfase, las palabras “sintonizaban” con la actitud visual de un político osado. A pesar de haber escrito antes sobre La Batalla de Chile, cuando en 1997 se editó acá por primera vez en VHS tras el término de su prohibición, aún me cuesta imaginar a Gazmuri -más allá de la porfía demoledora del registro- en ese escenario, con la prestancia de un líder juvenil que convoca al bravo entusiasmo. Si bien todavía es un político de fuste, aunque tras la vuelta a la democracia y sus casi 20 años como senador no alcanzó el protagonismo de un Ricardo Lagos, por ejemplo, si sorprende su potencia histriónica y carisma. Gazmuri fue un actor de primera línea, de origen acomodado al igual que otros importantes y jóvenes líderes de las facciones gobiernistas como Óscar Guillermo Garretón, secretario del Mapu, y Miguel Enríquez, secretario general del MIR quien, de forma heroica, pagó con su vida sus ideales tras el Golpe. Gazmuri sin pelos en la lengua, el ingeniero agrónomo y otrora alumno del Verbo Divino al igual que el actual presidente Piñera, se lanza en picada respecto al peligro que conlleva el desdén a integrar a nuevas fuerzas políticas al gobierno de Allende. Con un vozarrón y el dominio de una métrica verbal que maquilla su sonsonete burgués nativo, (la fonética “ch” para fascista, mapucista), insta a la  audiencia con un potente: “Tenemos compañeros que hacer un llamado a la sensatez y al patriotismo de los sectores de la Democracia Cristiana que piensan con su propia cabeza y que no siguen los dictados del Pentágono, de la CIA, los Yarur o de los Dunny Edwards, para que se opongan con toda su fuerza en la base del pueblo, en los sindicatos, en todas partes a la ofensiva fascista, a la ofensiva reaccionaria. Porque si el fascismo, compañeros, lograra vencer no le preguntarían al obrero del cobre si es comunista, si es mapucista, si es socialista o si es demócrata cristiano para reprimirlo”. Tremendo discurso. Sintético y sinóptico, con el fervor del acorralado que entiende que se están jugando los descuentos antes del derrumbe de la democracia y en ese sentido un augurio no atendido del temible futuro que se avecinó.

Sin duda, en El Golpe de Estado la urgencia de los sucesos instala una expectación en el espectador insuperable respecto a los dos otros episodios, y si se analiza en una mirada global al corpus de La Batalla de Chile también se avizora como el capítulo de mayor potencia narrativa y que posee aciertos fílmicos inolvidables por su fuerza y sofisticación.

Uno de esos instantes claves, se exhibe en el tratamiento al crimen del comandante Arturo Araya Peeters. El Edecán naval de Allende es asesinado por un comando de Patria y Libertad y su concreción es un hecho que interrumpe cualquier posible diálogo con la DC. Una táctica de la oposición para mantener el cronograma golpista y un mensaje no muy discreto para Allende sobre su seguridad personal. Guzmán y sus colaboradores consiguen algo muy raro en el documental, que los planos en el funeral generan tal atmósfera conspiratoria y de tanta intensidad que la acción casi parece actuada. La prueba audiovisual que confirma el cliché de que la realidad supera la ficción.

La inquietud que provoca en el espectador cómo el equipo de Guzmán registra el funeral con el nervio de ser infiltrados -estaban rodeados de golpistas-, pero a la vez con la gracia de pasar inadvertidos, sólo se logra con el verdadero viaje que significa un plano secuencia. Con una cámara que se mueve pausadamente, acotada  al primer plano en los concurrentes de la ceremonia, proyecta tras la sonrisa de un oficial de carabineros una progresiva falta de parsimonia, complicidades siniestras y una indolencia inimaginable por el asesinato de un hermano de armas. Recorrido de varios travellings, a no mucha distancia (hay que tener agallas para estar tan cerca de quienes después serán tus verdugos), que nos pasean entre barras, estrellas, guantes y fumadores uniformados -con acertados tilt up y una calmada “muñeca”-, y que cuenta con un magistral remate. Luego de que observamos el ambiente distendido y de mínima formalidad, la secuencia concluye gracias al montaje (detalles como este desnudan la importancia de Pedro Chaskel en el cine chileno) con el almirante José Toribio Merino. Una decisión que pareciese simple pero que en su encadenamiento con las imágenes anteriores brota como  una clase de cine a partir del registro en vivo y sin una puesta en escena programada, debido a las imprevisibles condiciones del rodaje. 

La cotidianeidad que se filtra por los muros de la realidad social

El material recogido de grabaciones a programas de debate o noticieros se presenta más que como un apoyo audiovisual, y se transforma en un punto de inflexión para sugerir la risa del absurdo frente a la polarización. Si en La insurrección de la burguesía genera más de una carcajada la invasiva entrada de una cámara al departamento de una pareja de opositores durante el día de elecciones parlamentarias de 1973, es gracias a que  el camarógrafo se deleita con los objetos decorativos y nerviosismo de los entrevistados más que hacer foco en el relato “textual”. En ese aspecto, las imágenes de archivo –Guzmán reconoce que al menos 20% del metraje corresponde a  material ajeno- son trascendentes para despeinar la seriedad de tesis que posee el documental. A pesar que se comprende la economía de guerrilla para el rodaje y su estricto diagrama de filmación, si faltan aquellos momentos de ocio que respira la sociedad entre tanta virulencia y que resultan tan significativos para comprender el modo de los tiempos como puede ser una marcha. Los hábitos de la juventud o la efervescencia desatada por el Colo-Colo 73 podrían haber ayudado a dimensionar con otras aristas la situación social de la UP, pero no fue así. El objetivo del documental al parecer, y si llevamos al extremo el supuesto mencionado, era incompatible con tales licencias burguesas. Marchas, concentraciones, desórdenes callejeros, asambleas pero nada de romance en el parque.

En ese sentido, la discusión televisada entre el joven diputado comunista Alejandro Rojas y el veterano Víctor García Garzena, diputado del Partido Nacional, que al ser la grabación a una emisión televisiva nos aleja como espectadores de la tesis de Guzmán y nos acerca a esa cotidianeidad que capta involuntariamente la TV. Verdades del día a día que se traslucen en los opiniones de los rivales políticos. El guiño al conflicto generacional, que el gobierno de la UP experimenta y simboliza de manera política como el fin de un antiguo régimen por otro revolucionario -ya sea su evidencia en Piedra Roja o las huestes de Silo- se confirma en el representante nacionalista que recurre a la descalificación del modo más simple “El joven estudiante me ha emplazado a mí, diciéndome que soy sedicioso. Pero mírenlo a él y mírenme a mí. Miren esa vida y miren la mía. Yo no sé cómo no se han caído las cámaras de vergüenza”. La caricatura que simboliza y la intolerancia de García Garzena, que incluye la insalvable brecha generacional, atraviesa la dimensión de lo tragicómico en el debate y expone los prejuicios cotidianos para una época de pugna entre “gente bien” y “coléricos”. Tan exagerado parece el discurso reaccionario de García Garzena que gatilla la risa de Rojas (de las pocas actitudes alegres en el documental junto al testimonio de la mujer que mientras come un helado niega el desabastecimiento al argumentar que “No he bajado ni un kilo”). Sonrisas que en breve borra Rojas, quien antes de concluir su discurso más serio y consternado, augura el golpe militar y le asigna a García Garzena parte  de las responsabilidades en el futuro acontecimiento.

Otra de esas vistas que evidencian incoherencias entre la teoría y la práctica del ideario de la UP, con su cuota de comicidad involuntaria y que de paso confirma la improvisación en algunas soluciones para alcanzar el poder popular, se aprecian con nitidez en el tercer episodio. Si tomamos las palabras del secretario general del PS, Carlos Altamirano, captadas en primer plano entre medio de las cabezas de los concurrentes, queda en claro que en la batalla por el dominio de la economía no hay vuelta atrás. “Nuestro partido piensa de que la toma de empresas, fabricas, fundos es una respuesta legítima de la clase obrera y de los trabajadores a la actitud sediciosa y golpista de la derecha. Hemos dicho que la reacción debe pensar cada uno de sus pasos”. Frente a las palabras de Altamirano, que en su sencillez develan la responsabilidad histórica que le cabe, un cándido asistente pregunta a la sapiencia del secretario general socialista cuándo es legal o no expropiar. El vacío a la interrogante, que encierra el legítimo temor del pueblo frente a las consecuencias de las tomas, lo suple la voz en off del narrador Abilio Fernández al mencionar el desacuerdo entre las fuerzas leales a la UP, pues los comunistas -a diferencia de los demás colaboradores- consideran un error la expropiación arbitraria ya que se debilita la imagen legal del gobierno. Sin duda, ahí radica el núcleo de la tesis de Guzmán al subtitular el documental como “La lucha de un pueblo sin armas”, que observado en retrospectiva es una feroz crítica al proceder de la UP respecto a “enviar a los leones” a las masas de convencidos proletarios.  

En esa misma tónica aparece la explicación no escuchada de un dirigente de la CUT respecto al peligro que conlleva la nacionalización de bancos extranjeros, al razonar que es un asunto delicado pues nuestra deuda externa se negocia en el Club de París. Premisa demasiado elaborada para un envalentonado compañero  que le contradice, y que pareciese que su único interés en el debate es el timbre de su propia voz frente a una audiencia. Crónicas al natural de la revolución con sabor a empanada y vino tinto, que tiene uno de sus momentos más pintorescos -en la perspectiva que humor puede ser tragedia + tiempo- cuando trabajadores urbanos apoyan el levantamiento campesino y las tomas a fundos. Brigadas de obreros y campesinos se apoderan de las tierras, con el uso de guardia permanente para que los patrones no recuperen los predios, tal como se grafica con la toma de campo Santa Carolina. Instantáneas de la época que relatan las contradicciones, paradojas y espontaneidad de la lucha social como se atisba en la apatía del líder del piquete que apuesta a “echar para abajo a los patrones” y también en el trabajador proveniente del cordón Vicuña Mackenna que afirma que son la “muestra clara de lo fuerte y efectiva que es la unión obrero campesina”. Perorata, con casco incluido, mientras la cámara se aleja y muestra a un  lánguido grupo que espera que hierva la choca. Unos fuman, otros parecen dormir. La comicidad es inevitable cuando se advierte que hay uno de los integrantes que intenta ocultarse de la cámara, doble esfuerzo fallido porque además se vislumbra que tiene una garrafa de vino en la mano. Postales vívidas e incontestables respecto al curso de los acontecimientos, y que al aparecer en el montaje de Chaskel también revela que Guzmán y su equipo tampoco están dispuestos a “comulgar con ruedas de carreta”. En ese sentido, se grafica que La batalla de Chile si a todas luces posee una sensibilidad próxima al gobierno de Allende, pero que también su óptica se posiciona en las antípodas de las pretensiones de un filme de propaganda.

La gloria a la que aspira y conquista La batalla de Chile, precisamente, se transmite en el amor al cine y como en el uso de sus recursos protegen a esta historia de la amnesia colectiva que se perpetró en dictadura. A través de la máxima expresividad de la cámara y la edición, es que nos acercamos y revivimos una historia mutilada. De este modo, quizás, una de las imágenes que simboliza a cabalidad el proyecto de la UP es en el plano secuencia -a estas alturas icónico- del carretonero que avanza en un frágil equilibrio entre el peso que transporta en la carreta y sus veloces pies que apenas tocan el suelo. La imagen que sugiere fantasía desde una realidad callejera, asemeja al sueño que experimentó Chile durante la UP, un recorrido rápido y a pulso con una pesada carga que transporta el pueblo sin cautelar las señalizaciones que aparecen en el camino. No es coincidencia que esta escena integre el capítulo El poder popular, donde la visión del carretonero, en un extenso travelling que hipnotiza por su carácter casi mágico, es la máxima alusión a los bríos de la clases trabajadoras en un destino manifiesto y que fue interrumpido a sangre y metralla.