Johnny 100 Pesos, de Gustavo Graef Marino
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25 de septiembre de 1955
Santiago, Chile

Al momento de su estreno uno de los productores apodó a la película como “Johnny mil pesos”, anticipando el éxito amplio que la película tendría, en Chile y el extranjero. Y no podía ser de otra forma tratándose de un thriller de acción que no conoce momentos de relajo en todo su desarrollo. Pero no está ahí su interés mayor, tampoco en el hecho de basarse en un hecho real que recuerda mucho al de Tarde de perros de Sidney Lumet. Lo que importa en una historia de estas características es la cantidad de implicancias individuales de los personajes y por extensión, cómo ellas dan cuenta de una situación más amplia, en la que está involucrada una sociedad entera, con sus tensiones políticas y sociales.

Ambientada en el primer año de democracia en Chile, después de diecisiete años de dictadura, la acción de un hecho delictual se transforma en una aguda observación sobre el tejido de nuevos intereses políticos y comprensibles aprehensiones sobre el uso de las fuerzas armadas en contra de representantes de un proletariado aplastado por una miseria más moral que física, cuya sola existencia es un dedo acusador a todo el sistema. Afortunadamente Graef Marino no es un cineasta político, sino que uno que aprecia la acción y la intriga, dejando la responsabilidad de las extensiones significativas a la habilidad del guionista Gerardo Cáceres, quien supo construir también una galería de personajes tan realistas como expresivos de una situación de cambios, sobre los que pesa una historia reciente y presente de fragilidades e incertidumbres.

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Ejemplar en este caso es la utilización de la prensa, sus excesos caricaturescos e insuficiencias en la captación de una realidad cuya violencia hace estallar simbólicamente los medios técnicos que podrían ayudar a denunciar esa misma violencia. También el duelo entre el funcionario de gobierno, representante de la alta burguesía progresista, y el puntilloso juez de origen más modesto, alcanza puntos de intensa ironía, mientras que el coro de buenas intenciones del colegio de Johnny contiene una mofa sobre la educación que resulta difícilmente olvidable. Pero lo que prima es la acción y Graef Marino la sabe manejar con propiedad evitando caer en la sobre significación, mal endémico del cine latinoamericano progresista. Lo que importa es la tensión que se acumula en el encierro y la trama de hechos y personajes externos que contribuyen a hacer del secuestro una trampa sin salida, pero al mismo tiempo una exploración sobre los hilos del poder y el juego de las apariencias, tema recurrente en el cine chileno de los noventa.

Lo que puede atentar contra un interés más profundo es la escasa simpatía que el director concede a sus personajes, incluyendo el protagonista, quien solo en la escena final parece conmover al narrador con el gesto trágico de cubrirse con una sábana blanca. Todos los demás son vistos bajo un prisma de distancia que deja la sensación de una tácita condena repartida entre víctimas y victimarios, o tal vez una simple aridez en la mirada del realizador. En compensación la película contiene un buen número de actuaciones destacadas (inolvidables Paulina Urrutia, Luís Alarcón y Aldo Parodi), una saludable dosis de sátira, algunos comentarios ácidos sobre la realidad y la eficacia convencional de una buena película de género, todo lo cual sumado no se da a menudo en una cinematografía como la chilena, que no conoce todavía las certidumbres de la producción industrial.