Irrespirable, de Matías Pinochet
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2 de diciembre 1980

En honor a la verdad, leer la sinopsis de Irrespirable, primera cinta de Matías Pinochet, no entusiasma mucho. El debutante director nos ofrece la historia de una joven pareja que aburrida de su vida en Chile decide viajar a México en busca de nuevos rumbos. Para materializar dicho anhelo, organizan una fiesta para recaudar fondos y así poder costear el viaje. Nada muy nuevo, nada muy original. Al contrario, la temática bien podría calificar en la de los jóvenes realizadores nacionales que reflexionan sobre el amor, desamor, soledad y pretenden abarcar la complejidad de dichos conceptos a través de una historia cotidiana, algo que no siempre consiguen.

Distante de todos estos estereotipos y pretensiones, Irrespirable no busca marcar un antes y después de la cinematografía chilena, tampoco cuestionar alguno de los recurrentes tópicos de nuestro séptimo arte. Aquí los traumas de la dictadura, el modelo católico nacional, la familia, sexo, infidelidad y marginalidad, por suerte no figuran. El énfasis está puesto en la pulcra propuesta visual, que evidencia la habilidad narrativa de Pinochet y su dominio de los recursos cinematográficos (en la cinta está a cargo de la dirección, guión, cámara y montaje). Más que mal, las primeras impresiones son fundamentales.

Filmada en blanco y negro, la película reconstruye a través de racontos los sucesos ocurridos antes, durante y después de la fiesta, instancia que cambia trascendentalmente el destino de la joven y voluble pareja. A pesar que hay un hecho específico que no conocemos hasta el final de la narración, los saltos temporales no alteran la comprensión de los sucesos. Los simples cambios de vestuarios y aspectos físicos de los protagonistas nos sitúan en el momento exacto en que nos encontramos. Otro punto a favor de la cinta, ya que utilizar esta estructura no lineal adiciona dificultad y si no funciona puede ser nefasto e incluso echar todo por la borda.

Si bien la decisión de filmar en blanco y negro puede sorprender al comienzo de la cinta y parecer incluso un asunto pretensioso, a poco andar este recurso contribuye en la creación de la atmósfera, tensa, compleja y, haciendo honor a su nombre, a ratos irrespirable, consiguiendo traspasar el ahogo del protagonista a los espectadores.

Mención honrosa merecen las actuaciones secundarias, que ponen un toque de humor justo y necesario. El taxista que enarbola un discurso sobre las torpezas cometidas por Pedro de Valdivia al fundar Santiago o el encargado de la casa de empeño que comparte con el protagonista sus conocimientos sobre el porno internacional y su máximo exponente, Roco, a quien califica como “el padre del neorrealismo poético pornográfico”.

Con un argumento simple, un final que no es explícito más si claro, pero sobre todo sin enormes pretensiones artísticas, una cualidad fundamental pero pocas veces conseguida, Irrespirable no sólo es un buen debut, sino también un buen ejercicio de experimentación y una entretenida y bien lograda producción.