I am from Chile: En busca de la identidad perdida
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Punta del Este, Uruguay. En los últimos años el cine chileno ha logrado una importante ventana de exhibición en el Festival de Punta del Este, el tradicional certamen uruguayo que tiene entre otras glorias el haber “descubierto” en sus primeras ediciones -a comienzos de los 50- a Ingmar Bergman. Películas nacionales como La vida de los peces, Violeta se fue a los cielos, Carne de Perro (filme por el que ganó Alejandro Goic mejor actor en 2013) y este año I am from Chile tienen acostumbrado al público y críticos uruguayos a cierto tipo de relato que da cuenta de nuestra idiosincrasia. Costumbres y manías chilenas que se reflejan en el largometraje protagonizado por Diego Ruiz -quien recibió una mención como mejor actor durante la clausura en la sala Cantegril- y que si bien tuvo buena recepción del público, separó las aguas entre los críticos acreditados al festival.

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Para varios especialistas costó de aceptar el carácter apollerado y torpe de Salvador (Ruiz) con las mujeres, el joven chileno que llega hasta Londres a la casa de su tía María (Paulina García), quien tiene una pensión al estilo de L’auberge espagnole. Sin embargo, precisamente esos rasgos de inmadurez y provincianismo del protagonista son lo que transforman a esta ópera prima de Gonzalo Díaz en un expresivo reflejo de nuestros temores y miserias. Sombras que al ser contrastadas por un ambiente distinto al habitual, el extranjero, se vuelven más visibles y a ratos grotescas. Una apuesta fílmica que se instala en el hábito de nuestro audiovisual por proyectar, como si fuese un striptease emocional, las zonas oscuras y equívocas de nuestro actuar dentro del imaginario de lo que significa “ser chileno”. Identidad difícil de asir pero que en jirones de imágenes podemos reconocer en Tres tristes tigres, Nemesio, Largo viaje, 199 recetas para ser feliz e incluso en los intentos del pintoresquismo como El gran circo Chamorro. En ese sentido, existe una pulsión subterránea y también visible del cine chileno, tal vez lo más propio de nuestra pantalla grande, por buscar un retrato y así poder sentirnos identificados, imagen  que nos confiera características propias y distingan de la representación de otras nacionalidades. La embriaguez y búsqueda continua por quedar a medio filo de la tía María, la irresponsabilidad espontánea y afán enamoradizo de Salvador, los cachureos y desorden de la vivienda de María que la hacen ver “tan latinoamericana”, son elementos que colaboran en I am from Chile a perfilar ese ansiada y difusa semblanza del chileno. Sin duda, dentro de los momentos más atractivos del filme surge la ineptitud como galán de protagonista frente a las oportunidades que le ofrece Virginia (Catalina Aguayo), la española que se asombra e indigna porque la estadía de Salvador en Londres depende del envío de dinero de los padres del chileno. También la falta de gallardía para asumir los errores del joven afuerino, como le ocurre en su trabajo en el taller mecánico o en la cobardía para enfrentar a Nicolás (Santiago Meneghello), su compatriota y novio de Virginia, surgen como dispositivos eficaces para caracterizar, quizás para caricaturizar en el peor de los casos, la chilenidad. Instantes que mejor nos ilustran como una sociedad con rasgos endogámicos, temerosa del cambio y con aversión a la incertidumbre radican en las conversaciones por skype de Salvador con sus padres (Schlomit Baytelman y Alejandro Goic). Sarcasmo sobre quiénes somos, en particular a cierto sector del ABC1, que sólo gracias a las risas que arranca matiza la feroz crítica que encubre y sugiere.

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Si los elementos anteriores son los que asignan sustancia, además de comicidad, al relato, los personajes extranjeros aparecen, por su dimensión unívoca y trazos demasiado gruesos para ser descritos, como una parodia mal concluida. Así, sucede con Iván, el ruso violento y delictivo interpretado por Iván Álvarez de Araya, que constituye un personaje poco creíble y que llama al mayor escepticismo cuando en un momento de ira extrema lanza improperios e insultos en inglés en vez de hacerlo instintivamente en su nativo ruso. Igual remedo de personificación resulta Yoshiko (Tamara Ferreira), la novia japonesa del ruso, que -obviamente, y cómo no- es una excelsa caricaturista y un prodigio para la computación. El director ha comentado que el guión tiene claros tintes autobiográficos, pero incluso si los compañeros de pensión con los que le tocó compartir son la simiente para sus personajes, la simple traslación de lo vivido a la pantalla no basta para que resulten verosímiles. Esta incredulidad aleja al espectador, distancia que aumenta hacia el epílogo del metraje cuando se presentan soluciones algo ridículas, como que tras perder el material en bruto de un cortometraje dirigido por Salvador y actuado por sus roomates y tía, lo recupera la japonesa y lo envía a un codiciado concurso -que obviamente, y cómo no- el protagonista gana. La pregunta instantánea es, si el material era en bruto y luego triunfa en una competencia de cortometrajes, no habría que asignarle tal victoria a quien editó tales imágenes, labor que el espectador no observa pero que habría de suponer que realizó Yoshiko. Ni por asomo algún comentario a tal imprecisión, situación similar a la vista cuando el personaje de Paulina García, agobiada por el desprecio de su hija y la imposibilidad de acercarse a su nieto, sufre una sobredosis de cocaína. Momento que aspira al dramatismo pero que se siente forzado para cerrar los conflictos secundarios, y que se contradice con el tono amable y risueño por el que transitan los momentos más atractivos e inspirados del largometraje.