Haydee y el pez volador, de Pachi Bustos
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¿Es necesario seguir haciendo películas sobre las violaciones a los derechos humanos en la dictadura chilena? Esa pregunta esconde varios prejuicios, el primero de ellos es que se ha filmado “demasiado”, que el cine chileno ha hablado hasta el hartazgo de la dictadura y que raramente se refiere a otros temas. Este mismo sitio realizó una investigación al respecto y demostró que menos del 15% de los largometrajes –de ficción y documental- estrenados en los últimos años han referido a hechos vinculados a la dictadura. 

El segundo prejuicio es que hay temas de los que se puede hablar “demasiado”. En un país en que aún no existe una “verdad oficial” -y en donde más de dos tercios de los casos siguen sin tener una resolución de parte de los tribunales de justicia- el rescate del relato, de la experiencia, de la historia tiene un sentido que va más allá de la película misma y les devuelve a las víctimas, y también a la audiencia, un valor trascendente al hecho. 

En Haydee y el pez volador la realizadora Pachi Bustos se acerca a una historia que es consciente de su dolor y de la deuda de justicia, pero que al mismo tiempo está llena de resiliencia y belleza.  Haydee Oberreuter Umazabal es una mujer que fue torturada por miembros de la armada en 1975, cuanto tenía 21 años y estaba embarazada. Producto de estas torturas se transformó en una de las muchas mujeres que perdieron a sus hijos aun por nacer en manos de las fuerzas represoras de la dictadura cívico militar.

El relato de Pachi Bustos se sitúa en el presente del personaje, que está en la etapa final del juicio contra algunos de sus torturadores y que se va a transformar en un hecho histórico al ser la primera vez que se condena por tortura a violadores de los derechos humanos, y además, a miembros de la armada, que hasta ese momento no habían recibido castigos por sus actos ejercidos bajo el liderazgo de la junta militar. Durante el documental vamos conociendo el largo proceso que ha llevado hasta ese momento, la disposición de Haydee de compartir su historia con la periodista Alejandra Matus quien la puso en la portada de una revista que fue leída por el abogado Vicente Bárzana que decidió llevar este caso a la justicia. Así se van tejiendo una serie de solidaridades que buscan rescatar la memoria y buscar la justicia, sobrellevando las dificultades y el tiempo hasta el momento en que, finalmente, se declara la condena de los torturadores y Haydee puede realizar el sueño de –simbólicamente- rescatar a su hijo del centro de torturas y entregarlo al mar.

Desde una cámara intimista, pero no invasiva, vamos acompañando a Haydee y sus cercanos en la búsqueda por una justicia que ha sido extremadamente lenta y esquiva, al mismo tiempo que la protagonista del documental debe enfrentar un cáncer, el debilitamiento de su cuerpo y tratamientos que le recuerdan los horrorosos momentos del pasado. El relato visual es extremadamente cuidadoso en no revictimizar, ni sobre exponer a su protagonista, sino que va dando cuenta de su proceso, permitiendo que la audiencia entre a esta intimidad, se indigne con la poca eficiencia del Estado en proteger a quienes han sido vulnerados, al tiempo que nos conmovemos y asombramos por su particular mezcla de vulnerabilidad y fortaleza.

Necesitamos seguir conociendo estas historias para entender las heridas que definen nuestro presente, para poder mirar los fantasmas a la cara, para poder seguir indignándonos hasta que exista justicia y verdad y, sobre todo, para construir un Chile en donde el “Nunca Más” sea más que una frase inspiradora.