Gringuito, de Sergio Castilla
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20 de junio de 1942
Santiago, Chile

La exploración de la identidad nacional ha sido una de las conquistas importantes obtenidas por nuestro cine post dictadura. Esta película está nítidamente orientada en esta línea, lo que no significa que se trate de “otra película política”, como fue el slogan repetido, sin mucha lucidez, por alguna prensa poco perspicaz. Por el contrario, Gringuito sabe dosificar bien sus ingredientes y no entrar en los más socorridos lugares comunes sobre el retorno y sus consecuencias.

Esto no quiere decir que la película esté libre de convencionalismos, pero los asume con la conciencia de lo que son y de su utilidad. La historia de un tierno niño, educado en EE.UU., que se pierde por las calles de Santiago tiene mucho de recurso útil y de materiales conocidos, pero con prudencia el cineasta Sergio Castilla logra esquivar algunos de los peligros inherentes a una historia así, pero cayendo inevitablemente en las trampas emocionales y en los tópicos urbanos, ya algo añejos a estas alturas.

El prólogo en Nueva York no promete ningún futuro esplendor narrativo, como tampoco evita ninguno de los clichés posibles en la situación del niño obligado a abandonar su mundo conocido por irse de regreso a la patria de sus padres. Antes de subirse al taxi que lo alejará definitivamente de la única ciudad que ha conocido, el niño corre hasta el borde del río para contemplar el imponente panorama urbano. Por supuesto llegará el padre para tomarlo de la mano y hacerlo subir al vehículo. Todo de lo más predecible y poco útil para el desarrollo futuro de la aventura infantil. Las cosas no mejoran mucho con la llegada a Santiago, donde lo reciben una pareja de abuelos insoportables y un ambiente con muy poco interés. Cuesta empatizar con las situaciones y con la mayoría de los personajes, a la vez distantes y esquemáticos. Sólo la madre, embarazada y próxima al parto, entiende silenciosamente lo que le sucede al niño. Hay que añadir que la actriz Catalina Guerra es perfecta en el rol, además de resplandecer de belleza. Características que se pueden extender con matices a todo el reparto femenino de la película.

El lento despegue del relato comienza con la huída del niño y su posterior extravío, que es el nudo central del relato. Aquí algunas imágenes se despegan de la medianía visual para transmitir algo parecido a una sensación. La llegada a la Vega posee algo más que valor documental y se aventura a sugerir la magia, que se encarnará en la amistad que el protagonista entablará con un carretonero. Que el personaje sea bastante bizarro y nunca se le ocurra que a ese niñito lo pueden estar buscando, nos lo distancia del mundo real del que proviene, perjudicando parte del efecto mágico que tal relación pudo provocar.

Por estas alturas es que Gringuito alcanza sus mejores momentos y arruina también sus mejores posibilidades, ya que en vez de descubrir una realidad social inesperada y exótica para los ojos del niño, lo que vemos son las excentricidades de un personaje que más parece deberle a las ocurrencias del actor que a su diseño en el guión. En cambio algunos apuntes cotidianos tienen su encanto y algunos momentos, como el de la carreta desplazándose a gran velocidad, o la estupenda secuencia de los raperos, permiten imaginar lo que pudo ser la película si no estuviera atrapada en sus añejas convenciones. No podía faltar una secuencia en un prostíbulo con el niño cantando “Un bel dì vedremo” de “Madama Butterfly”, mientras las mujeres pintarrajeadas se emocionan, porque después de todo son prostitutas, pero de buen corazón.

Que todas las partes del relato coincidan en el momento oportuno y nada logre nunca sorprender al espectador, es lo que hace lamentar que las bondades contenidas por aquí y por allá, no logren empinar el resultado más allá de una medianía circunstancial.

El reparto masculino, más débil que el femenino, deja en evidencia el esquematismo de sus personajes. Bueno sería que se descubra quién le dijo a José Manuel Salcedo que era un actor. Resulta improbable que una chica tan interesante como la empleada interpretada por Tamara Acosta ande con un taxista tan idiota. Y el mismo padre es poco más que un estereotipo. Curiosamente la escena en que enfrenta a su suegra es la que le da mayor relieve al personaje y permite a Liliana Ross tener su momento de lucimiento. El niño protagonista es adecuado y se mueve con soltura, aunque parezca hijo adoptado de esos padres tan blancos. El problema es que Castilla lo exige más allá de sus posibilidades y al final la que conmueve de verdad es la hermanita recién nacida.

Amable y simpático el filme de Castilla no despega mucho de sus asumidas convenciones, pero se deja ver todavía con agrado y amenidad.