«Fiesta falsa», de Daniel Peralta
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En su nuevo largometraje, Fiesta Falsa, Daniel Peralta acude otra vez a Tomás Verdejo para interpretar el rol protagónico del trabajo que se estrenó en el marco de la vigésima edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia.

En este, el segundo largometraje de Peralta (Mejor no fumes, 2011), Verdejo interpreta a Álvaro, un joven profesor que no ha podido superar un quiebre sentimental. Con apatía y desgano enfrenta sus labores diarias, amistades y la vida en general. Sólo evidencia un ápice de interés cuando se acerca a una colega de universidad, con quien se involucra fugazmente.

A través de un recorrido que se siente lento y largo- el director se toma casi dos horas en este proyecto- Peralta expone una historia carente de acontecimientos, giros o emociones, en la que únicamente las problemáticas internas del protagonista y su reducido círculo cercano son expuestas, pero sin un trabajo argumental o rítmico que haga atractivo el recorrido. Apuesta por ciertos recursos, como los saltos temporales, cuya utilización no se justifica dentro del relato, quedando descontextualizada y solo entendida  como un gusto del realizador.

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Peralta construye un protagonista inmóvil, apático, deprimido y frustrado que es incapaz de empatizar- incluso con sus amigos- y tomar decisiones. Imposible no recordar la columna del crítico Héctor Soto en la que analiza el tipo de hombre que expone el cine chileno contemporáneo, un sujeto incapaz de tener iniciativa, seducir o mostrarse fuera de la esfera autodestructiva de sus problemas existenciales.

Casi al final de la cinta el protagonista por fin toma una decisión, la que a modo de metáfora podría representar un cambio de índole más existencial. Sin embargo, la analogía resulta demasiado obvia.

En momentos, se producen diálogos bastante interesantes, sin embargo, son esporádicos y no alcanzan a constituir un  tono del film.

Tras ver Fiesta Falsa surge la inquietud respecto a las motivaciones que dan vida a este proyecto. Es evidente que no se trata de un trabajo de corte social o ideológico, y su autor ha manifestado su interés por el registro de la intimidad. Entendiendo aquello, y no pidiéndole al largometraje nada fuera de estos marcos, tampoco queda claro qué se quiso lograr.

La gran falencia de esta película es que en casi dos horas no es capaz de contarnos nada distinto a lo expuesto durante los primeros quince minutos.